CASAS DE GARCIMOLINA, UN RECOGIDO PUEBLECITO SERRANO

 


Foto: José Luis Muñoz

Con frecuencia, mientras recorro de cabo a rabo el territorio provincial y alcanzo lugares que en el mapa figuran en posiciones recónditas, me pregunto cuántos de ellos vienen manteniendo una existencia prácticamente anónima, sin que ningún suceso destacado interrumpa la cotidianeidad de la vida diaria para otorgarles un pequeño resquicio en el amplio libro de la historia o, por concretar y reducir el ámbito conceptual, en el cercano sistema informativo que nos cuenta las cosas del día a día. Son, claro, elucubraciones mentales que no conducen a ninguna parte pero que quizá tendrían su interés para un sesudo análisis sociológico que desde luego supera mis capacidades. En eso (y en cosas parecidas) voy pensando mientras consumo kilómetros por la carretera que desde Cañete penetra en el marquesado de Moya, sin duda uno de los territorios provinciales de más clara definición, tanto geográfica como histórica.

Estos son, podríamos decir, campos de soledad y más en los duros meses del invierno. Por aquí se puede caminar muchas horas sin encontrar ni un alma, no ya en los sembrados, que es normal pues ahora las faenas están muy limitadas a ciertos periodos de tiempo, sino en la mismísima carretera, como si nadie tuviera necesidad de circular por ella por motivo alguno. Entre parcelas cultivadas, de las que se desprende el limpio olor de la tierra arada, regada y abonada, el asfalto, felizmente restaurado después de algunas felices intervenciones que han mejorado su ancestral deterioro, avanza de manera suave, sin sobresaltos, hasta encontrar, al margen, el cementerio diminuto que anuncia la inmediata presencia de Casas de Garcimolina. En la línea blanca que contornea el recinto donde los vecinos idos encuentran el eterno descanso se podría delimitar el espacio que corresponde a la ermita de San Miguel; tarea casi imposible, de tal manera se ha incorporado al camposanto esta diminuta dedicación al santo que en la Edad Media marcaba el límite de los años agrícolas y ganaderos.

Hasta llegar aquí hay que cruzar por un espacio natural ciertamente abrupto pero de incontenible atractivo, tanta es la belleza que se desprende de esta magnífica conjunción de montañas y valles alternando briosamente su disposición cubierta por un potente manto vegetal, con los pinares en situación dominante. Es esta una topografía propia de sierra, con el punto culminante situado en El Talayón, a 1.600 metros de altitud. Dos sectores diferenciados se pueden apreciar, separados ambos por el río Algarra. Hacia el N predomina la alta montaña, distribuida en cordales paralelos que se orientan de NO a SE; al sur del río el relieve se suaviza, aún manteniéndose siempre por encima de los 1000 metros de altitud, Como es normal en un municipio netamente serrano, abundan las fuentes, tradicionalmente utilizadas por los vecinos para el suministro cotidiano, antes de que llegara la modernidad del sistema de distribución a domicilio. Naturalmente, como se puede imaginar, nadie recuerda, ni siquiera sospecha, quien fue ese Garcimolina que dejó su nombre para bautizar el lugar, allá por los tiempos medievales, cuando el tal sujeto acudió a repoblar estas tierras dando lugar a un establecimiento de interés ganadero que al cabo del tiempo fue creciendo, no mucho, porque siempre ha tenido escasa población, hasta dar forma al espacio urbano que hoy conocemos.

El pueblo está situado en la ladera de un cerrete no muy elevado, que contrasta con la espectacularidad abrupta de las sierras inmediatas, cuya delimitación asegura la carretera, que lo circunda en buena parte, adosada al caserío, ayudando a definir su forma. El recorrido urbano discurre a través de cuestas y escaleras que permiten salvar los diversos niveles en que se distribuye la edificación y en el que pueden encontrarse varias fuentes antiguas. En las inmediaciones del casco urbano aún puede apreciarse una buena cantidad de antiguos pajares, que proporcionan un evidente encanto natural al paisaje.

La calle del Postiguillo llama la atención por el sugerente nombre, que trae resonancias medievales, tan de agradecer en tiempos de tecnología punta. Va por la parte de arriba del pueblo y conduce hacia la calle de la Fuente de arriba, que es mucho más agradable de ver que la Fuente de abajo, dicho sea de paso. En la calle de Moya está el Ayuntamiento, un edificio pintado de amarillo que parece una casa normal, embutido entre otras viviendas, sin que nada especial lo signifique, salvo el letrero.

En lo más alto –conviene matizar esto de la altura, no vaya nadie a asustarse: es poca cosa- hay un amplio espacio amesetado que ocupa en su mayor parte la voluminosa iglesia, enorme en sus proporciones para la escasa población que puede acudir a ella. Al viajero le parece disforme, no bien calculada por el arte arquitectónico, como hecha a ojo de buen albañil, con una bonita y original espadaña colocada en posición lateral.

Dedicada a san Juan Bautista, se encuentra en posición excéntrica desde la que se domina prácticamente todo el pueblo es de arquitectura popular de fábrica muy sencilla y funcional. Construida de sillarejo, con sillares en las esquinas, tiene dos elementos adosados al cuerpo principal: la espadaña, en el piecero, en posición lateral, con la parte superior en que se alojan los dos ojos para otras tantas campanas de construcción moderna (el antiguo se derrumbó) y al otro lado la sacristía, que tiene las mismas dimensiones que los brazos del crucero. La entrada se hace por una sencilla portada de arco de medio punto sin ningún adorno especial. Hay otra puerta antigua, tapiada, en la cara norte del edificio. En el interior, en el muro del crucero se lee en un sillar “Hizo esta obra... Año de 1732”. En el altar mayor se conservan dos columnas neoclásicas que pertenecieron al antiguo retablo. Es fácil deducir, por la fecha indicada, que anteriormente, en ese mismo lugar urbano, hubo otra iglesia, probablemente de origen románico. En cierta ocasión, el Visitador del obispado dejó una nota contundente: “Que se desmonte la iglesia antigua por la fealdad y daño que hace a la nueva”, escribió y sin duda que orden tan terminante fue obedecida sin discutir.

Frente a la iglesia, en la plaza, había una notable casa solariega de estructura tradicional, con portada formada por un arco de medio punto en sillería y blasón señorial en la fachada. Construida hacia el siglo XV y descuidada en su conservación, tuvo que ser derribada en 1943, aunque el escudo se ha incorporado a otro edificio y es un detalle digno de agradecer, cuando hay tantos otros que dan fe de lo contrario. A la salida del pueblo se puede echar un vistazo al modernizado lavadero que recuerda la importancia antigua de garantizar estas funciones sociales.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

18 12 2025 CUANDO CARRETERÍA ERA UN BARRIZAL

08 01 2026 UN IMPORTANTE CAMBIO EN EL PAISAJE URBANO

12 03 2026 MANHATTAN, LAS MÁS BELLA PROSA ESCRITA SOBRE CUENCA