MANHATTAN, LAS MÁS BELLA PROSA ESCRITA SOBRE CUENCA



Raúl del Pozo con la directora de la Biblioteca Municipal del Centro Aguirre, Olga Muñoz
durante un Encuentro con los lectores, en noviembre de 2010 [Foto José Luis Muñoz]


Cuando yo llegué a Diario de Cuenca, a finales de septiembre de 1965, a ocupar una plaza de auxiliar de redacción que se había quedado vacante, me asignaron la única mesa que había libre en aquella desvencijada (y, sin embargo, tan entrañable) redacción, me dieron una hermosa y enorme Underwood, bien negra, que era preciso aporrear con toda la fuerza que pudiera haber en las manos, para hacer un ruido enorme, que repiqueteaba por todo el piso. Nadie me dijo, entonces, que estaba ocupando el puesto que había dejado vacante Raúl del Pozo, cuya nerviosa inquietud le hacía abandonar la Cuenca pueblerina y limitada en la que había empezado a aprender las nociones del periodismo en el que entonces se llamaba todavía Ofensiva, título de resonancias postbélicas, muy propias de la época, para pasar a sumergirse en la marabunta informativa, social, literaria y pendenciera que habría de encontrar en Madrid y en la que pronto, como si nada, se encontró como el pez en el agua.

En Cuenca ya había realizado una tarea rompedora, que probablemente sería bueno estudiar para analizar cómo fue posible que en un periódico editado por el Movimiento Nacional, en el seno de una sociedad rigurosamente conservadora y en un ambiente de catolicismo a ultranza, un joven aprendiz de periodista se atreviera a destrozar moldes con un estilo rompedor, fragmentario, como escrito a golpetazos, escasamente respetuoso con las normas establecidas. Los trabajadores del periódico, cuando empezaron a tener confianza conmigo, contaban entre sorprendidos y divertidos algunas de las fechorías que Raúl había desarrollado durante ese tiempo, en que se atrevió a asomarse a la puerta de un territorio vedado.  Él mismo lo dejó escrito: "En Ofensiva es donde me hice adicto a la tinta de imprenta y donde conocí a los linotipistas y a los cajistas, fogoneros de las ideas. El periódico, como el tren, es un invento del siglo XIX, antes de que llegara la barbarie de la televisión". Desde aquellos inicios, Raúl del Pozo mostró una evidente agudeza en la captación de temas, una juvenil osadía en el tratamiento y una pureza estilística en el manejo del idioma, virtudes todas que acentuaría con el paso del tiempo, cuando entró a saco en el terreno de los clásicos y leyó todo lo que se puede leer pero, además, asimilando lo que leía, de manera que acumuló un impresionante rimero de citas que luego fue desgranando, con singular oportunidad, en sus artículos, impregnados así de una nobleza literaria que ya casi nadie practica.

Raúl dejó tras sí no solo un imborrable recuerdo entre el personal del periódico, dando lugar a una leyenda que sobrevivió durante mucho tiempo, sino también una montonera de ejemplares de sus dos primeras novelas, Hay gorriones en la tumba de Judas (1961) y El cielo sobre mis párpados (1965), que se imprimieron precisamente en los mismos talleres del periódico, que fuera del horario laboral hacía trabajos particulares de cualquier tipo, incluyendo libros. Esos dos primeros de Raúl del Pozo ciertamente no fueron bestsellers y por eso sobraron cientos de ejemplares que estaban allí, amontonados, hasta que no se cuándo alguna mano limpiadora decidió cancelarlos.

Si hay una característica inalterable en la personalidad del periodista que acaba de morir es la de haber ejercido de manera voluntaria y sin fisuras una decidida vocación hacia su tierra natal. Son incontables los casos que se pueden mencionar, la fidelidad absoluta con la que Raúl del Pozo ha tratado siempre las cosas de Cuenca, la manera desprendida y generosa con la que respondió a las llamadas que desde aquí se le hacían (a las mías, desde luego, no falló nunca), lo mismo para pronunciar el pregón de la Feria del Libro en 1989 que para darnos a un centenar de escritores la charla final de un congreso que hicimos en 1998. No puedo evitar, desde la distancia, sonreírme recordando el final de aquel pregón literario, con ese estilo entre jocoso y desaliñado que formaba parte de su expresión, cuando animó a todos a entregarse alegremente a la lectura, dejando por unos días la costumbre de ir a las tabernas para acudir a emborracharse de filosofía, aventuras y poesía. Pero no solo de letras vive el ser humano. Fue siempre un firme aficionado que acudía a ver los partidos de la Balompédica en aquellos tiempos en que el equipo jugaba habitualmente en Madrid.

A pesar de su permanente devoción hacia Cuenca y lo conquense, nunca recibió reconocimiento alguno de su propia ciudad, a la que ensalzó con apasionadas palabras. No sólo no fue pregonero de las fiestas de San Julián sino que incluso fue vetado por la Junta de Cofradías cuando fue propuesto su nombre para pregonar la Semana Santa. Y en la hora del reparto de calles, plazas, rincones y miradores, no hubo ninguna para Raúl del Pozo. Supongo que ahora, como es costumbre, habrá para él un reconocimiento a título póstumo.ç

La prolífica obra de Raúl del Pozo se cerró en el año 2024 con un libro maravilloso: Cuenca. La primera Manhattan. No es una novela, como he leído por ahí en algún comentario precipitado, sino un libro de viajes, una guía para visitar y conocer Cuenca de la mano de un cicerone excepcional, que con una habilidad pasmosa ofrece los datos informativos necesarios pero aderezados con sus propios y asombrosos comentarios, que vienen a ser como el aderezo exquisito para un plato bien cocinado, una auténtica pieza de gourmet. No se cuántos conquenses han leído ese libro, que bien merece estar en la cabecera de cada uno de nosotros. Personalmente me conmueve lo que el autor dice de Cuenca: “Es la ciudad más bella del mundo y el lugar donde se habla el mejor español, patria de gancheros protagonistas de westerns medievales, de cowboys de río que a pesar de sus vidas difíciles supieron respetar la lengua de sus antepasados y convertir cualquier conversación en el párrafo de un libro que ansiamos leer sin descanso. Lo que soy se lo debo a Cuenca y este es el mejor modo que he encontrado de pagarle tanto cuanto hizo por mí”. Desde este amargo mes de marzo, envuelto en las guerras provocadas por un necio narcisista, saludo a Raúl del Pozo y le deseo buen viaje hacia el lugar donde finalmente nos encontraremos todos.

 

 

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