CARRASCOSA, EN UN APARTADO RINCÓN DE LA SERRANÍA
Foto; José Luis Muñoz
Lo primero de todo, la
precisión. En muchos mapas, en algunas referencias literarias o periodísticas,
encontramos la cita de un pueblo llamado Carrascosa de la Sierra. El apelativo
que acompaña al nombre principal es un añadido de propina, no se si innecesario
o redundante, pero en cualquier caso, añadido. Basta con decir Carrascosa, que
es la denominación única y oficial de este pueblo afincado, eso sí, sin
discusión, en un atrevido escarpe de la Serranía conquense. Llámelo cada cual
como quiera, pues al fin y al cabo estos dilemas nominalistas no pasan de ser
disquisiciones que no afectan al fondo de la cuestión y, desde luego, no sirven
para ocultar o disimular siquiera el hecho fundamental de que este es uno de
los pueblos situados en más complicada ubicación en el mapa de la provincia o
por decirlo con palabras directas, históricamente ha sido señalado por su
aislamiento. Se puede comprobar fácilmente dirigiendo una mirada a ese mapa. En
él, en la parte superior está señalizado el pueblo, en solitario, en medio de
una inmensa mancha verde propia de los parajes serranos. Para llegar hasta allí
hay solo un camino, una pequeña carretera que surge a la salida de la Hoz de
Beteta, a la izquierda y que atravesando unos paisajes maravillosos desemboca
en Carrascosa y no sigue luego a ninguna parte, porque para llegar al pueblo
siguiente, El Pozuelo, hacen falta ganas de aventura carreteril.
En cambio, los amantes de la naturaleza en estado puro, tienen por aquí
sobrados motivos para disfrutar y pasar buenos ratos. Entre poderosas montañas
pobladas por una generosa vegetación y corrientes fluviales que corren
serpenteando alegremente entre ellas el ánimo se serena, como diría nuestro
emblemático poeta, y la vista se reconforta ante tanta belleza. El Guadiela, que
por aquí empieza a crecer después de su nacimiento, forma una línea sinuosa,
adaptándose a la sucesión incansable de cerros y colinas de apabullante
vegetación. En uno de esos recodos aparece una señal de la iniciativa humana,
la central eléctrica de El Infiernillo, una excelente obra de ingeniería de
los inicios del siglo XX, a cuyo lado pervive parte del poblado de los
trabajadores (parece innecesario decir que ya no queda ninguno) y también
algunos restos de lo que fue herrería hasta finales del siglo XIX. Todo ello
está en la falda del encumbramiento en que se encuentra Santa Cristina, una aldea de Carrascosa, cuya existencia estaba ligada
a fantásticas riquezas mineras en épocas de esperanzas frustradas. La realidad
impuso su ley: los tesoros de la tierra, si es que los hay, permanecen
escondidos y las gentes decidieron irse a otra parte, transformando el lugar en
un simple despoblado, finalmente abocado a la ruina total. Emigrantes
frustrados de la gran ciudad volvieron luego los ojos hacia donde quedaron sus
raíces y quizá algunas escuetas propiedades, con lo que el antiguo caserío
volvió a entrar, nadie sabe si de manera definitiva o solo provisional, en el
catálogo de lugares habitados.
A Santa Cristina volveré luego, al final de este escrito. Por ahora,
elucubraciones aparte, es hora de entrar abiertamente en Carrascosa, pueblo al
que en cierta ocasión llegué en plena ventisca de nieve, en compañía de Rafael
de la Rosa, compañero de tantas expediciones campestres temiendo no poder
alcanzar la meta, a pesar de los denodados esfuerzos del todo terreno. El
lugar, como se puede imaginar, es pequeño, tanto en población como en
dimensiones urbanísticas, pero tiene un encanto singular, el que corresponde a
un espacio que no ha sido totalmente contaminado, sino que mantiene con cierta
pureza ese espíritu popular que fue siempre la gracia de estos pueblos hasta
que llegaron las comodidades modernizadoras y todo se empezó a modificar y, lo
que es peor, a adulterar, pero eso, como digo, aquí no ha sucedido de manera
muy acusada. Al contrario, se mantienen en pie varias construcciones que
encajan perfectamente en lo que se viene denominando arquitectura popular, con
predominio de la piedra y audaces tejados elaborados con la teja tradicional.
Hay severos portalones, vistosas balconadas, rincones muy atractivos en el
breve paseo por un callejero reducido en el que sobresale la elegancia discreta
del edificio municipal que contrasta con la humildad de la iglesia, un edificio
de fábrica muy sólida, que estuvo dedicado a la Natividad y ahora lo es a
Nuestra Señora del Carmen, la virgen marinera que tanto predicamento tiene en
estas tierras tan alejadas del mar. La puerta, formada por un arco de medio punto
con grandes dovelas, tiene delante un porche cuadrado, también muy propio de
los enclaves serranos. Todo aquí, incluida la torre, sobria y potente, trasmite
esa idea de sencillez sin alharacas que vengo señalando como característica
esencial de este lugar tan escondido como encantador, en el que sobrevive, como
edificio verdaderamente singular, el que sirvió como Pósito, en tiempos en que
estas instalaciones encargadas de regular el mercado de granos formaban parte
de la organización económica de casi todos los pueblos y es una pena que solo
muy pocos se conserven. Este de Carrascosa tiene una estructura ciertamente
original, organizado en una sola planta cubierta a dos aguas de grandes
dimensiones, con una elegante portada de sillería en la que luce un excelente
arco de medio punto a la que se llega por una escalera lateral con seis
escalones. Al lado de la puerta, en la fachada principal, han colocado una
lápida moderna que proclama una cosa en verdad sorprendente: Casa de Miguel de
Cervantes. Y uno debe tirar de imaginación, que no me falta, para intentar
adivinar cuándo y cómo el genio de las letras hispánicas pudo hospedarse en
este recinto.
Se
trata, seguramente, de un episodio más de esa curiosa tendencia que están
alimentando algunas mentes calenturientas para demostrar que en Carrascosa y
especialmente en la Herrería de Santa Cristina vivió el Príncipe de los
Ingenios, en casa de su yerno Luis de Molina, concesionario de una herrería en
la que se trabajaba mineral extraído de Cueva del Hierro. Y no solo eso, porque
puestos a inventar han montado una película en la que el bien conocido trayecto
de Don Quijote por la Mancha se convierte en otro que se desarrolla por la
Serranía de Cuenca, a pesar de que en la obra no existe la menor señal, dato o
referencia a tal cosa. Más aún, casi podría afirmarse, sin temor, que Cervantes
no tenía la menor idea de cómo era el paisaje serrano, al que no se alude en
ningún momento del relato. Como digo, imaginar está bien y el mundo de la
creación, literaria, cinematográfica o artística en general está lleno de
maravillosas fantasías de todo tipo que nos ayudan a transitar felizmente entre
las realidades de este mundo. Pero una cosa es fantasear y otra vender
supercherías que pueden actuar de modo engañoso entre las buenas gentes que
pueblan estos lugares.
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