UNA ESPECTACULAR IGLESIA EN CARRASCOSA DEL CAMPO
Foto: José Luis Muñoz
Durante muchos años, casi hasta hace cuatro días, la carretera nacional que comunicaba Cuenca con Madrid cruzaba por el interior de la villa de Carrascosa del Campo, siguiendo un trazado en verdad algo turbulento, pero que pasaba justo por delante de la iglesia parroquial, cuya bellísima portada dejaba anonadados a algunos viajeros que no esperaban encontrar casi de sopetón semejante maravilla visual. Eso era antes. Ahora, la autovía pasa a centenares de metros de la población y para ver la iglesia hay que entrar en ella, aparcar y disfrutarla, ejercicio siempre recomendable.
Carrascosa
del Campo es lugar de larga y antigua historia, con un origen que se pierde en
la noche de los tiempos. El nombre no ofrece especiales misterios etimológicos.
Como ya reconocían en la Relación Topográfica el topónimo se debe a que en sus
alrededores había muchas carrascas y por eso el escudo tradicional, diseñado en
tiempos de Carlos I, se formaba con una carrasca con sus bellotas. Desde
siempre, el lugar estuvo vinculado a Huete hasta que sus habitantes compraron
los derechos de villazgo al rey Carlos I, que lo concedió en 1537. Ahora, desde
1971 el municipio está fusionado con
los vecinos Loranca del Campo, Olmedilla del Campo, Valparaíso de Arriba y
Valparaíso de Abajo, para formar un nuevo ente municipal bautizado como Campos
del Paraíso cuya sede central, o sea, el Ayuntamiento, ha quedado
implantado en el más importante de todos, Carrascosa. Antes de todo eso, mucho
antes diría yo, estas tierras fueron muy generosas en proporcionar a la
curiosidad y el interés de los investigadores abundantes datos del pasado en
dos importantes yacimientos arqueológicos, Las Madrigueras y El Cerro de la
Muela, al que modernamente se ha añadido un tercero, El Esplegar. Sin olvidar
el paleontológico situado en el antiguo término de Loranca y del que
seguramente van a surgir no pocas noticias maravillosas.
Dichas
estas cosas que nos han permitido hacer una ligera referencia a los tiempos
pasados, llega la hora de volver al presente, lo que realmente interesa, para
recorrer las calles del actual Carrascosa del Campo, que pese a todos los
pesares de la modernización urbanística, conserva algo de su carácter antiguo,
especialmente en el espacio central, que aunque ofrece un cierto nivel de
deterioro, sigue teniendo un alto valor ambiental el formado por la Plaza de la
Villa, donde se encuentran la iglesia y un par de casonas de mérito
arquitectónico y enfrente, por una pequeña calle de acceso, el edificio
municipal.
Por más vueltas que demos por estas calles,
el punto esencial, la referencia puntual, es la iglesia, dedicada inicialmente
a la Asunción de la Virgen y hoy a la Natividad de Nuestra Señora, un espléndido
edificio, un auténtico monumento nacional, declarado
en 1972. Se trata de una construcción realizada en su mayor parte en el siglo
XVI, durante el periodo gótico isabelino, por iniciativa y bajo el impulso
económico de Miguel de Carrascosa, canónigo que actuó como gobernador del
obispado de Cuenca y que fue el principal financiador de la obra. Destaca, al
exterior, la magnífica portada orientada al sur, construida en piedra de
arenisca con un gran arco de medio punto sostenido por pilastras, bajo una
bóveda de medio cañón, que sirve de cobijo a la puerta, coronada por un arco
conopial isabelino y rodeada de una bella decoración. Este pórtico exterior da
paso a la auténtica portada, que destaca y abruma por su extraordinaria
riquísima decoración, propia del gótico flamígero que alcanzó su esplendor
durante el reinado de los Reyes Católicos. Es, por decirlo con palabras claras
y precisas, uno de los más bellos espectáculos visuales que es posible
encontrar por estos caminos provinciales. Y ello, desde luego, sin olvidar la
esbelta torre cuadrada que se remata en una crestería renacentista bellamente
decorada. Aunque la maravilla absoluta nos espera en el interior, con tres
naves, siendo las dos laterales un poco más bajas que la central, separadas
todas ellas por cinco pares de columnas; es un templo de grandes proporciones,
pero muy equilibrado, en el que se advierte con claridad el predominio del
gótico, con una elegante cubierta formada por bóvedas de nervios entrecruzados,
de muy bella factura.
Por
detrás de la iglesia está el edificio municipal fue construido en el siglo XVI,
también por iniciativa del canónigo Miguel de Carrascosa; es de estilo
renacentista, destacando especialmente la arquería principal compuesta por
cuatro arcos de medio punto y cinco columnas, sobre la que apoya una gran
balconada; como edificio anexo se encuentra el antiguo palacio episcopal o casa
del curato, o sea, residencia de los párrocos del lugar.
En el lateral de la iglesia se encuentra
la calle de San Bartolomé, seguramente la más larga de la villa y quizá la más
importante. En ella, en el número 2, se encuentra la Casa de los Escribanos,
construida en 1840 sobre la antigua Plaza del Mercado y con una excelente
disposición arquitectónica en la que destaca el magnífico portalón de entrada y
la vistosa rejería. La Casa Manolo es la antigua residencia del canónigo
Carrascosa, quien la edificó en el siglo XVI, pasando de mano en mano hasta que
en el XIX la compró Manolo Plaza. En la calle del Caño se encuentra otra vistosa residencia familiar, la Casa
de los Madero, de construcción moderna, con un escudo nobiliario en su fachada.
Fuera
del casco urbano, al otro lado de la carretera, sobre un pequeño cerrete, se
levanta la ermita de Santa Ana, la única que permanece en pie de la media
docena que mencionan los repertorios históricos. Comenzó a edificarse en 1518,
por iniciativa también del omnipresente Miguel de Carrascosa, en estilo
renacentista, pero en el siglo XVIII ya estaba totalmente arruinada y así la
encontró en los primeros años del siglo XX el párroco Francisco Rodríguez
Priego, quien tomó la iniciativa de reconstruirla y ahí la tenemos, con su
sencillo aspecto exterior, propio de la arquitectura rural sin pretensiones. El
paraje, muy visitado por los naturales del lugar, cobra toda su importancia
cuando cada año llega el 26 de julio, el día de la patrona. En las afueras inmediatas al edificio, se
mantiene en pie la Cruz de Piedra, fechada en el siglo XII y construida sobre
un miliario romano asentado en la calzada que pasaba por las inmediaciones.
Desde este lugar, una ubicación excepcional, se divisa todo el paisaje circundante,
y enfrente, la villa. En las afueras del pueblo está el antiguo molino de
viento, lo que queda de él. Se encuentra solitario, aunque a solo unos menos se
alzan las viviendas del lugar, pero esta proximidad no empalidece la sensación
de aislamiento que cae sobre este cubo desmochado cuya única utilidad visible
es la de servir de adorno al paisaje.

Comentarios
Publicar un comentario