10 09 2026 UNA BELLA Y TRANQUILA CIUDAD, AMENAZADA (y 2)
El promontorio rocoso y escarpado en el que se asienta Ceuta sirvió de apoyo a Hércules para que levantara sus mitológicas columnas que servían de acceso y cierre al mundo conocido por los griegos, el Mediterráneo. Más allá no había nada. Esos dos famosos pilares creados por un maravilloso mundo fantástico estaban a un lado en el peñón de Gibraltar (Calpe) y el otro en Ceuta (Abila). La leyenda cuenta que esos dos peñascos se mantenían unidos, formando un todo hasta que Hércules, ejercitando su portentosa fuerza, los separó. Desde este pórtico se podía apreciar la puesta de sol que ayudaba a los seres humanos a imaginar que, quizá, al otro lado podría haber algo más que la nada.
El espacio central que ocupa la ciudad es
una curiosa combinación de estilo europeo, con edificios de cierta nobleza
arquitectónica y una leve envoltura africana, proporcionada sobre todo por la
abundancia de palmeras. Plaza de África se llama y en ella están los más
importantes edificios públicos, desde la Asamblea, que sustituye al que
antiguamente fue el Ayuntamiento, la delegación del gobierno, la comandancia
general, la catedral, el parador de turismo y la iglesia de Nuestra Señora de
África, donde yo fui bautizado por el párroco Bernabé Perpén, un sujeto
legendario en los anales ceutíes, por su desbordante personalidad y al que
andando los años encontré como profesor de latín en el Instituto. Aún le
recuerdo recorriendo los pasillos del aula esforzándose con su portentosa voz
para que pudiéramos captar los delicados matices de las declinaciones latinas. Por
cierto, en el centro de la plaza hay un monumento a los soldados muertos en la
guerra de África.
Si en Ceuta hay catedral es que también
hay obispo; en realidad, medio obispo y ahora quizá todavía menos. La diócesis
se llama de Cádiz-Ceuta lo que significa que el prelado de turno pasa casi todo
su tiempo en la primera parte del binomio y a la segunda va de uvas a peras, en
circunstancias excepcionales. De hecho, yo no recuerdo haberlo visto nunca.
Pero la situación ahora incluso es más precaria, porque el obispo titular ha
sido retirado a toda prisa por el Vaticano, a causa de unos deslices sexuales y
en su lugar actúa como administrador apostólico uno de los obispos auxiliares
del arzobispo de Sevilla, o sea, que en la medio diócesis ceutí ahora hay menos
que nada a efectos episcopales.
Ello no tiene nada que ver con la
presencia de un acusado sentido religioso en la población de a pie, al menos a
efectos formales, que se manifiesta sobre todo cuando la gente pasa por delante
de la hornacina en la que se encuentra una imagen del Cristo de los Afligidos
situada en el puente que cubre el foso del castillo, camino del puerto. Ahí, en
ese punto, todo el mundo se santiguaba con auténtica devoción (estoy seguro que
lo siguen haciendo) y muchos se detenían a rezar. Por ahí se llega a las
Puertas del Campo, título que indica que más allá empezaba el espacio exterior,
aunque ese concepto ya no existe, porque la ciudad se ha extendido tanto que
esas afueras ya se han quedado dentro. De hecho, ahí estaba el Instituto, el
único que entonces había (ahora hay más), sin nombre definido; era solo eso, el
instituto. Cuando terminé el Bachillerato pasé de inmediato a la Asociación de
Antiguos Alumnos, en la que me esperaba el debut teatral con un destacado papel
en “La torre sobre el gallinero”, de Italo Calvino.
El puerto de Ceuta es un espacio
maravilloso cuyos amplios matices han tenido siempre un punto especial de
referencia: el transbordador que comunicaba la ciudad con la península. Había
un solo barco para hacer el viaje y como era de un blanco reluciente se le
llamaba coloquialmente “La Paloma”. Todo eso ha cambiado de manera radical:
ahora hay varios ferrys al día y cuando llega el verano el transporte se
multiplica para llevar a cabo eso que llaman operación paso del estrecho. La
dependencia que tiene Ceuta del barco es total, porque cuando el mar decide
alborotarse no hay manera de navegar y la ciudad queda totalmente incomunicada,
produciendo en la población un sentimiento de aislamiento que llega a inspirar
situaciones de auténtica angustia. Por su naturaleza rocosa, no es posible
habilitar un aeropuerto, pero sí existe desde hace años un servicio de
helicópteros aunque, como se puede adivinar, su capacidad de transportar
viajeros es muy limitada.
Desde el puerto se llega al centro de la
ciudad por el Paseo de la Marina, cuya sola mención permite adivinar a qué me
refiero. Caminar por ese sendero urbano, teniendo siempre al lado la presencia
del mar y los barcos del puerto pesquero y del puerto deportivo es una
experiencia deliciosa, muy reconfortante. La entrada al bloque urbano más
importante presenta un notable edificio señorial, el Edificio Trujillo,
inaugurado en 1927 y en el que se asentaba el Centro de Hijos de Ceuta, entidad
que podríamos calificar como un casino provinciano al uso, si no fuera mucho
más, un auténtico centro social y cultural. Ahí gané mi primer premio
literario, cuando todavía era estudiante. Convocaron un concurso de cuentos y
me dieron el accésit, que tenía como premio un libro. Elegí las Obras Completas
de Federico García Lorca y ese fue el primer libro de mi propiedad, la base
sobre la que se ha desarrollado la biblioteca familiar que ahora cubre las
paredes de mi casa.
Subiendo por la calle Real se encuentra la
Plaza dedicada al teniente Ruiz, que con los capitanes Daoiz y Velarde alzó la
bandera de la insurrección contra Napoleón, con la natural consecuencia de ser
fusilados de inmediato. Más allá, en una calle lateral, estaba el periódico El
Faro de Ceuta en el que me presenté un día con todo el descaro juvenil para
pedir un hueco y me lo dieron. Y ya puestos, junto con otros dos colegas de
generación, nos plantamos en Radio Ceuta, una pequeña emisora independiente
(luego entraría en la cadena Ser) para poner en marcha un programa deportivo.
Todo eso se me aparece con claridad pero
difuminado por la imagen idílica de aquella ciudad limpia, bellísima, tranquila,
acogedora, rodeada de mar por todas partes e inmersa en un admirable nivel de
convivencia humana. Veo ahora las imágenes de suciedad, miseria y destrucción
que desde allí llegan y siento una inmensa congoja. Realmente, Ceuta no se
merecía lo que está pasando y lo peor es que no parece que nadie tenga la
fórmula para poner término a tan desastrosa situación sobre la que pende, como
la de Damocles, la espada amenazante que Marruecos tiene siempre dispuesta.

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