UNA BELLA Y TRANQUILA CIUDAD, AMENAZADA (1)

 


La playa de Calamocarro, en 1995 [Foto José Luis Muñoz]

Llegué a Cuenca hace 63 años. Desde entonces, he publicado varias docenas de libros y miles de artículos. En este tiempo, no he escrito una sola palabra sobra la ciudad en que nací, Tetuán, ni sobre la ciudad en que estudié, Ceuta. Me parece que este es el momento adecuado para empezar a saldar una deuda tan considerable.

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Aprendí a nadar en la playa de Benítez, a pescar en la playa del Tarajal y a navegar a vela en una pequeña ensenada junto al puerto deportivo, frente al muelle de España, donde atracaba el único ferry que entonces existía y junto al foso que rodea el antiguo castillo levantado por los portugueses.

Ceuta es un gran promontorio rocoso, rodeado de agua por todas partes menos por un istmo, un brazo de tierra que lo enlaza con el continente, o sea, con África, o sea, con Marruecos. El mar es el elemento definidor y característico de la ciudad, visible por todas partes, salvo por el núcleo central del espacio urbano, que cruza el interior arrancando desde el Paseo del Revellín para prolongarse por la calle Real, estrecha y sinuosa, muy comercial y parecida, a gran distancia, de lo que es un zoco musulmán y que continúa subiendo hasta llegar al monte Hacho, famoso por su histórico presidio y en el que había (no se si la memoria histórica lo ha eliminado) un pedestal en piedra con dos huellas grabadas que, decían, eran las de los pies de Franco mientras desde allí vigilaba el paso de sus tropas a través del Estrecho de Gibraltar.

Todas las playas de Ceuta son pedregosas, con duros guijarros grisáceos, nada que ver con esas enormes longitudes de arena fina amarillenta propias de las costas levantinas y andaluzas; hay muchas rocas cerca de las orillas, que son a la vez una dificultad y un atractivo. La playa de Benitez está al norte, abierta al Mediterráneo y el estreho, con cuatro peñascos a cierta distancia de la orilla; llegar a ellos y, sobre todo, enlazar los cuatro nadando era el doctorado para los aprendices. Después de eso, ya se podía ir a cualquier sitio. Continuando el recorrido por la costa se llega a un espacio rocoso que entonces era rico en lapas, mejillones, bígaros, cangrejos y, si había suerte, algún pulpo; todos ellos quedaban al descubierto e indefensos cuando bajaba la marea y la pandilla nos dedicábamos a capturarlos, muy en contra de su voluntad. Todos, menos los pulpos, que son animales resbaladizos y con una tremenda habilidad para esconderse entre los intersticios de las rocas. Jamás pude capturar ninguno.

Más allá se encuentra una playa preciosa, Calamocarro, una ensenada de agua limpísima y transparente entre la envoltura rocosa. Y continuando el camino se llega a Benzú, ya en el límite con la zona marroquí, pero sin frontera legalmente organizada, porque no había carretera, solo un camino de tierra. En la zona española la playa es incómoda, mucho más atractiva la del vecino musulmán, así que lo normal era cruzar la línea despreocupadamente, ante la mirada indiferente de la pareja de la Guardia Civil, en este lado y de la gendarmería marroquí, al otro. Nuestros padres advertían: “Tened cuidado, que algún día os van a dar un disgusto”. Como es cosa propia de la edad ser inconscientes, nunca hicimos caso y tampoco pasó nada. Claro que eran otros tiempos, de convivencia y tolerancia mutua. Ahora, ese amistoso intercambio es imposible, porque lo impide una rígida alambrada espinosa que separa con diáfana claridad los dos sectores.

Benzú es un pequeño poblado de agricultores y pescadores, situado en la falda de una poderosa montaña de nombre sugerente, la Mujer Muerta y ciertamente que su forma se asemeja a esa figura, aunque su nombre correcto es el de monte Musa. Algo que no sabía entonces y descubrí muchos años más tarde, ya de adulto, es la existencia de unos pequeños cafetines musulmanes donde elaboran el más exquisito te que se puede imaginar, nada que ver con ese brebaje que se obtiene de los sobrecitos comerciales. Aquello es una deliciosa obra de artesanía. Tampoco sabíamos entonces que uno de los grandes peñascos que hay enfrente del poblado se llama Perejil, que andando el tiempo daría lugar a una de las más ridículas historias que se puede imaginar.

Eso, como digo, forma parte de la costa mediterránea, sacudida de vez en cuando por la poderosa marejada del levante, que arroja sobre la playa olas inmensas y furiosas a la vez que interrumpe el tráfico marítimo y deja a la ciudad aislada, aunque a nosotros nos divertía sobremanera: nos poníamos en fila, en la orilla, esperando el rompiente de las olas y cuando se formaba la potente muralla de agua, salíamos corriendo y nos lanzábamos de cabeza contra las olas, que nos respondían con un aparatoso revolcón sobre la grava. Mentira me parece que nadie saliera descalabrado de semejante despropósito.

Al otro lado del istmo, orientada hacia el  sur, está la playa del Tarajal, junto a la almadraba, que siempre me parecía un espectáculo maravilloso, con las casitas de pescadores, las redes tendidas, las barcazas suavemente apoyadas en la orilla, esperando la llegada de la noche para salir a la mar y algo que no se si sigue haciéndose: poner a los volaores a secar al sol, una práctica que consiste en poner a secar esos peces azules, típicos de estas costas, donde se les encuentra en la época estival y que da lugar a un espectáculo ciertamente muy atractivo, además de típico., con un resultado sabroso.

Nosotros nos poníamos en el acantilado y allí aprendí a engarzar la lombriz en el anzuelo y voltear el sedal para que cayera en el mar lo más lejos posible. Al final de la carretera está la frontera, esta sí formal, con todos los ingredientes: guardias a un lado y otro, banderas marcando el territorio, barreras, control de pasaportes, registro de vehículos y toda la parafernalia que acompaña a tales instalaciones. Puedo afirmar y afirmo que jamás vimos un emigrante intentando saltarse las barreras y menos aún hacerlo a nado.

Por el paso de peatones iban las gentes en un sentido y en otro, sobre todo desde Marruecos hacia Ceuta, abundando las mujeres, cargadas con enormes fardos, que desde allí venían a vender frutas, leche recién ordeñada y pescado también fresquísimo. Luego se repartían por los barrios e iban de casa en casa vendiendo el producto y participando estoicamente en el inevitable proceso de regateo, que a mi madre la parecía cosa imprescindible y lo practicaba con absoluto convencimiento de que algo que se compra sin regatear no merece la pena.

 

 

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