MUÑOZ DURÁN, VÍCTIMA DE UN EXTRAÑO SUCESO POLÍTICO


Muñoz Durán leyendo su discurso de despedida. En el centro, el gobernador civil, Moisés Arrimadas y al otro lado, el nuevo presidente, Constantino Palomino [Foto José Luis Pinós]

Hace unos días ha fallecido Alfonso Muñoz Durán, a la respetable edad de 96 años. Ingeniero agrónomo, ejemplar funcionario del Estado (cuando ese oficio daba carácter y marcaba distancias), presidente de la Diputación Provincial de Cuenca durante un corto periodo. Los escasos comentarios que se han publicado sobre él ignoran que fue, muy a su pesar, protagonista de uno de los más extraños casos que ha deparado la actividad política en el último siglo. Lo contaré tal como fue, puesto que ahora soy uno de los pocos supervivientes de aquel memorable suceso y puedo relatarlo en primera persona.

Conviene estar en situación, cosa difícil, porque al parecer como el mundo va tan deprisa, ya casi nadie recuerda lo qué pasó o cómo eran las cosas hace apenas medio siglo. Hace falta ponerse en los últimos meses de la dictadura franquista y en los primeros de algo que viene a continuación y que casi nadie sabe predecir de qué va, pero que a unos ilusiona y a otros asusta o preocupa.

Hay un nuevo gobernador civil, de nombre Moisés Arrimadas, también funcionario del Estado, en el ministerio de la Vivienda. Es un hombre totalmente fiel al sistema, pero forma parte del grupo desconcertado que se pregunta qué va a pasar después. Presiente, o intuye, que algo, mucho o poco, va a tener que cambiar. Cuando llega a Cuenca prescinde de los miembros veteranos del régimen, los de siempre, y busca gente nueva. Para presidir la Diputación encuentra a Alfonso Muñoz Durán, que toma posesión el 26 de junio de 1974; en el sector político, nombra subjefe provincial del Movimiento a Constantino Palomino de Lucas, otro funcionario del Estado, gerente del PPO, organismo autónomo del ministerio de Trabajo.

Lo que tenía que pasar efectivamente ocurrió y el 20 de noviembre de 1975 Franco muere. El día anterior había entrado en vigor la nueva Ley de Bases de Régimen Local que, entre otras cosas, introducía un tímido mecanismo electoral para cubrir la presidencia de las Diputaciones, poniendo así fin al sistemático nombramiento a dedo vigente durante toda la Dictadura. Algunos tratadistas opinan que, teniendo en cuenta las circunstancias, esa norma debería haber sido suspendida por el gobierno de transición encabezado por Carlos Arias Navarro, en espera de que se definiera el futuro del país, pero no se hizo, sino que se mantuvo. Y así se produce la extraña paradoja de que la todavía inexistente democracia se implante por la cúspide de las Diputaciones provinciales, y no por otros niveles de la estructura administrativa.

Naturalmente, todo el mundo pensaba que en Cuenca habría un solo candidato, Muñoz Durán, que tenía la confianza de todos los diputados, incluyendo también la del gobernador. De ahí el estupor colectivo cuando se presentó otra candidatura, la de Constantino Palomino de Lucas, el hombre que se encargaba de controlar el aparato del partido único. Ahorraré aquí el repertorio de comentarios y rumores de aquellos días, que no puede decirse de manera estricta que fueran una campaña electoral tal como hoy la conocemos, pero cada cual procuraba mover sus hilos dentro de una exquisita cortesía, muy lejos de los comportamientos actuales.

Estas peculiares elecciones se celebraron en el Palacio provincial el 18 de enero de 1976, día en el que fueron convocados los 12 diputados provinciales que en esos momentos formaban la corporación, si bien el alcalde de Huete, Manuel Cruces Santiago, no asistió alegando enfermedad grave de un familiar. La presidencia de la mesa electoral la ocupó el titular de la Audiencia provincial, Rafael Caballero Bonald. La elección estuvo adornada de todos los ingredientes propios de una buena intriga política. Se daba por supuesto, en aplicación de la inercia heredada del pasado más reciente, que habría un claro resultado a favor de quien ocupaba la presidencia de la corporación, entre otros motivos porque se sabía contaba con la preferencia manifiesta del gobernador civil y a este hecho se le atribuía un carácter determinante, mientras que la presencia de un candidato alternativo merecía poco menos que la valoración de una pequeña broma, por aquello de darle interés y variedad al procedimiento. La votación se inició a las diez y media de la mañana y ofreció inicialmente el resultado que podía esperarse: siete votos para Muñoz Durán y cuatro para Palomino de Lucas. Como la reglamentación electoral exigía mayoría de dos tercios en primera votación y ésta no se había alcanzado, era preciso votar en segunda vuelta, donde bastaría la mayoría simple, mientras los asistentes al acto daban por seguro que se repetiría el resultado anterior, con la consiguiente elección de quien ya había obtenido mayor número de votos. Ante el estupor general, la urna ofreció un balance radicalmente distinto: seis votos a favor de Palomino de Lucas, cinco para Muñoz Durán. De una forma sorprendente e inexplicable, dos diputados cambiaron el sentido de su voto y con él dieron un vuelco espectacular a la composición política de la Diputación provincial, en forma no conocida hasta ese momento en siglo y medio de historia.

El cambio se escenificó el 8 de febrero, en el mismo escenario, el salón rojo de la Diputación. En su despedida, el presidente saliente, que no ocultó en ningún momento un profundo sentimiento de amargura, pronunció un discurso con acusados tintes dramáticos, incluso en el uso del plural mayestático: “Nos gustaría evocar aquí un pasado próximo, en el que tanta fe e ilusión hemos puesto y en el que hemos dejado desgarrones de nuestra alma… Hemos trabajado hasta la fatiga, hasta el agotamiento. No hemos tenido tiempo ni de ganar amigos; tal vez de perderlos. Ni siquiera el sagrado tiempo para la convivencia familiar… Yo os digo que una provincia descapitalizada, si es que no quiere seguir en la cuesta abajo del olvido y de la postración, si es que no quiere perpetuar la dolorosa emigración, habrá de acudir a un remedio: inversión, inversión e inversión. Porque no podemos resignarnos serenamente a esa idea de ver a Cuenca convertida en un gran coto de caza o en una zona residencial sólo para jubilados. Y si la inversión privada es lamentablemente insuficiente, hay que pedir y recabar inversión pública”.

Alfonso Muñoz Durán regresó a su puesto de funcionario del Estado y no volvió a ocupar ningún cargo político. Hasta donde yo se, no quiso nunca hablar de lo que había sucedido aquel sorprendente día. Alguna vez intenté comentarlo con él, pero siempre lo rechazó educada y amablemente pero con firmeza. Y me parece que la muerte se ha llevado de manera definitiva el secreto.

 


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