CARRASCOSA, PRIMERA ETAPA DEL SEÑORÍO DE HARO

 


Foto: José Luis Muñoz

Tres pueblos de la provincia de Cuenca responden al topónimo carrascosa y aún hay que añadir una aldea de título Carrascosilla, repetición que por sí sola nos informa de la importancia que para las gentes de esta provincia tiene la presencia abundante de ese simpático árbol o arbusto, la carrasca (ilex aquifolium), hermana pequeña de la encina, que no suele formar bosques frondosos sino que lo más fácil es encontrarla distribuida por el campo, a veces solitaria pero por lo común formando pequeñas agrupaciones muy características. Una Carrascosa, la del Campo, está al borde de la Alcarria; la otra, titulada de la Sierra, se localizo donde dice este nombre; la tercera, a la que llegamos hoy, tiene un apelativo señorial que bien merece unas indicaciones previas, sin necesidad de entrar demasiado en el farragoso terreno de la historia. Carrascosa de Haro se llama este lugar, enclavado en las profundidades del territorio manchego, compartiendo el apelativo con otros varios pueblos de alrededor que fácilmente nos permite deducir alguna relación entre ellos.

El topónimo Haro, tan repetido en estas tierras nos recuerda a Diego López de Haro, señor de Vizcaya y alférez mayor de Alfonso VIII, con quien participó en la conquista de esta provincia, que al final de la pelea recibió como sustancioso regalo un amplio territorio que pobló con muchos de sus soldados, reconvertidos de inmediato en labradores y ganaderos, implantando un dominio feudal que, si bien duró poco tiempo, ha podido sobrevivir durante siglos manteniendo en vigor su apellido. El centro neurálgico de este señorío estuvo en el castillo también llamado de Haro que se puede ver, decadente y abandonado, al borde de la carretera. En él asentó su residencia el noble y en ese punto, durante mucho tiempo, se cobraban las rentas que debían tributar los siervos que estaban a su servicio. Todo esto, como se sabe, son historias ya casi olvidadas, como el propio señorío, que tras una corta vigencia, desapareció dejando como herencia ese topónimo tan repetido-

Lo encontramos aquí, en Carrascosa de Haro, un lugar tímidamente escondido entre vericuetos camineros que discurren por una tierra levemente ondulada, apenas interrumpida por algún cerro aislado cuya configuración ayuda a la formación de los suaves valles totalmente ocupados por los cultivos tradicionales, como el trigo o la cebada, a los que van ganando terreno otros aún minoritarios, como el maíz o el pistacho, que parece haberse puesto de moda por las tierras manchegas y al parecer con buenas perspectivas económicas, que al cabo es lo que importa siempre.

El pueblo está situado en la ladera de un pequeño cerro y eso, como es lógico, condiciona su organización topográfica, porque el callejero está dispuesto mediante una sucesión de cuestas, que sí no son muy elevadas sí determinan que casi siempre hay que estar subiendo o bajando para ir de un sitio a otro y también influye en la disposición de las calles, algo enrevesadas en su mayor parte. En lo alto está la iglesia, tan alto que después de ella ya no queda nada más. El aire sopla fuerte por aquí, mientras desde la plazuela inmediata se puede contemplar el dilatado paisaje de los campos que se extienden hasta donde la vista alcanza, con su despliegue de cultivos y árboles, algún almacén lejano, el cementerio y poco más y, sin embargo, espléndida visión en la que la vista se recrea abarcando más, mucho más, de los ciento ochenta grados.

La iglesia de Carrascosa de Haro es muy original, porque el material que más destaca en ella es el ladrillo, muy poco frecuente en este tipo de construcciones en la provincia de Cuenca, pero hay una razón para ello, como en seguida diré. La fábrica es de mampostería, con sillares enladrillados en las esquinas y también en la torre y en el cerco que se forma alrededor de la puerta de entrada. En otras zonas, este material nos haría pensar en la arquitectura mudéjar, espléndida, pero aquí no tiene nada que ver. Aunque no he conseguido encontrar documentación explícita sobre lo que pudo suceder, parece deducirse que la iglesia anterior se arruinó porque, anotan los visitadores del obispado, su estado en el siglo XVIII ya era ruinoso. Cualquiera que fueran los motivos concretos, a comienzos del siglo XX hubo que construir el nuevo edificio y aquí aparece un nombre muy explícito, Luis Triguero, el mismo constructor que levantó la torre de la iglesia de El Salvador, en Cuenca, hacia 1920. Se ve que le gustó la obra realizada en la capital y trasladó idéntico espíritu a Carrascosa de Haro y eso explica la presencia del ladrillo en ambas edificaciones. Por lo demás, salvo esta originalidad exterior, el edificio eclesial tiene poco más que ver.

Desde aquí, desde lo alto del pueblo, frente a la iglesia, baja la calle de la Salud, que a simple vista es muy larga, pues llega hasta la parte baja del lugar y presenta en este segmento elevado algunas construcciones de tipo popular. Un poco más abajo, hacia la izquierda, se llega al Ayuntamiento que también es de nueva planta e incluso parece estar como inacabado, idea a la que contribuye el que ni siquiera tiene un rótulo identificador pero su carácter se deduce de la presencia de las banderas y esos adminículos oficialistas (el buzón de correos, el tablón de anuncios) y el que, al fin y al cabo, está en la calle del Ayuntamiento, con lo que no hay lugar a las dudas.

Bajando por estas calles, alguna ciertamente enrevesada y con cierto sabor clásico, al menos en sus denominaciones: de las Encomiendas, del Conde, del Póxito (así, con x), aunque no queda señal alguna del establecimiento que debió haber en tiempos y del que, como en tantas otras cosas, se ha perdido por completo la memoria, al menos de las personas a las que pregunté por el histórico granero recibiendo la consabida respuesta de que “aquí, mire usted, no hemos tenido nunca de eso”, por más que el nombre de la calle contradiga semejante afirmación. La que no admite discusión ni confusión es la Plaza del Árbol, que ocupa aproximadamente una posición central en el entramado de calles hasta el punto de que hace funciones de Plaza Mayor, sin serlo ni tener ese título. Es un espacio amplio, algo irregular, al que vierten varias calles; tiene su pequeña fuente, bancos modernos en los que poder sentarse, una farola, también de diseño reciente, y con una presencia dominante, la de una gran casona de elegante traza y noble apariencia, decorada externamente con varias figuras quijotescas. No es difícil adivinar que antiguamente fue una casona de labranza, netamente manchega, con dependencias para vivir la familia y otras para albergar los aperos necesarios para el campo. Todo ofrece una sensación de plácida apariencia.

Desde este rincón urbano, subiendo unos metros, se llega al centro social, donde está el único bar del pueblo, pero bordeando la citada casona, por la calle que de manera muy explícita se titula del Molino, siguiéndola todo derecho se llega a la carretera y, continuando por ésta, a unos tres kilómetros, a uno de los más hermosos ejemplares de molino hidráulico que es posible contemplar todavía por estos andurriales. Molino El Blanco, se llama y aparece citado en la Relación Topográfica de Villaescusa de Haro, como propiedad de la Encomienda de la Orden de Santiago. Se encuentra situado en la ribera del Záncara y aún hoy se conserva en perfecto estado, manteniendo útil toda su maquinaria. El agua se toma del río y se conduce por unos canales hasta llegar a los rodetes de piedra que hacían la función de turbina para mover las piedras de moler. Naturalmente, ya no hace esa función, pero sí otra igualmente útil, porque sus propietarios lo han adaptado para que proporciones servicios turísticos, que es la panacea que tanto está ayudando a nuestros pueblos. Junto a sus atractivos culinarios cuenta con una granja anexa en la que se pueden contemplar gallinas y un encantador grupo de simpáticos asnos. Todo ello, por qué no decirlo, en un paisaje espléndido.

 

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