CARACENILLA, UN AMABLE RECINTO GASTRONÓMICO
Foto: José Luis Muñoz
No hace falta consumir en exceso las neuronas cerebrales para deducir que Caracenilla es un diminutivo de Caracena y con la misma obviedad se podría pensar que ambos lugares tienen entre ellos algún vínculo histórico que les ha relacionado a lo largo del tiempo. A pesar de que Caracena del Valle y Caracenilla están casi juntos, separados apenas por unos pocos kilómetros no parecen nada evidentes las relaciones, menos aún dependencia, que pudo haber entre ellos porque sus respectivas existencias han seguido caminos separados con una trayectoria final que los diferencia aún más. Porque Caracena del Valle, que fue villa de señorío y sede de un marquesado, título que el rey Felipe III concedió el 12 de febrero de 1606 a Juan Alonso de Sandoval (la titularidad actual corresponde a una marquesa), entró en tiempos recientes en acelerada decadencia, hasta desaparecer como lugar habitado, quedando subsistente solo una finca agrícola y, en sus inmediaciones, una preciosa ermita románica, castigada por la desidia de los seres humanos con un vergonzoso abandono que la ha llevado ya a una situación ruinosa de triste destino.
Mientras eso, dicho así, de prisa y en
resumen, ha sucedido con el que aparentemente era el lugar importante, el otro,
el humilde Caracenilla, sobrevive en condiciones bastante aceptables, eso sí,
habiendo tenido que sacrificar su independencia municipal para incorporarse al
término de Huete, con lo que se cierra el ciclo histórico, porque el origen del
lugar hay que vincularlo, precisamente, con el proceso de repoblación
emprendido por la ciudad optense en el siglo XII, que incorporó este pequeño
enclave a su alfoz y así fueron pasando los siglos, hasta hoy, con una
vinculación permanente a las tareas agrícolas, que en fechas modernas ha
encontrado una interesante derivación gastronómico-industrial que conviene
destacar, como haré dentro de poco. Antes de nada, entremos en el pueblo, a ver
qué nos encontramos.
En
el acercamiento a Caracenilla hay un punto que llama poderosamente la atención:
la ermita de la Concepción, situada en lo alto de un pequeño cerro, desde el
que ofrece una imagen poderosa y magnífica, un auténtico hito paisajístico, de
notable belleza. La carretera la separa del núcleo urbano, de manera que la
dejamos momentáneamente aparcada, para entrar en el caserío habitado y
encontrar un núcleo bastante bien conservado, dentro de la sencillez
urbanística, ocupando la ladera de un suave monte, en la vega del río Mayor, que define
toda esta comarca desde que lo encontramos a la bajada de los Altos de
Cabrejas.
El elemento central es la Plaza de la
Constitución, un tanto desangelada, con una amplia fuente rodeada de edificios
y en la que sobrevive el edificio del antiguo Ayuntamiento, dedicado ahora a
funciones sociales; en ella desembocan varias calles de agradable aspecto,
porque si hay algo que llama la atención aquí es la abundancia vegetal, que
convierte a varias de esas calles (la de la Oliva, por ejemplo, o el Paseo de
la Chopera) en auténticos senderos arbolados. Otra calle, la del Pilar Viejo,
tiene un agradable sabor popular, pero sin árboles; probablemente es la más
genuina del pueblo que, como sucede con todos, ha experimentado una rápida
evolución hacia costumbres modernas que han llevado a la práctica desaparición
de la arquitectura popular. Merece la pena destacar un gran caserón bautizado
como Casa del Canónigo, curiosamente dividido en dos sectores muy diferentes,
uno de ellos dedicado a la hostelería.
Como ocurre casi siempre en estos lugares,
el principal reclamo lo ofrece la iglesia, con una curiosa doble dedicación, a
san José y a santo Domingo de Silos que parece fueron los titulares de dos
iglesias antiguas existentes en el pueblo, por lo que cuando se hizo esta, a
finales del siglo XVIII, se unificaron los dos títulos. Los planos fueron levantados por Mateo
López y es de estilo neoclásico en su parte más moderna, adosada a los restos
que el arquitecto conservó de la anterior. La iniciativa de la construcción
corresponde a José Joaquín de León y Gascueña, natural de Caracenilla y
canónigo de Osma y de Cuenca, quien quiso dotar a su pueblo de un templo digno,
además de proporcionar salario a los trabajadores en años de escasez. Las obras
se iniciaron en noviembre de 1789 y se inauguró el nuevo templo el 23 de abril
de 1793.
Tiene planta de cruz latina, con tres
naves y una atractiva cúpula central sobre pechinas, en las que hay pinturas
dedicadas a la vida de san Julián. El patrón de la diócesis se repite en el
retablo del altar mayor, de mármoles jaspeados y blancos. En los extremos del
crucero hay dos capillas laterales, dedicadas, respectivamente, a
Tradicionalmente, el pueblo ha vivido de
la agricultura y la ganadería, actividades que aún se practican aunque parece
que con no mucha intensidad, pero
en los últimos años ha desarrollado también una pequeña estructura industrial a
través de la elaboración de un buen queso, de marca "Río Mayor", cuya
fabricación comenzó en 1986, pero que ha obtenido ya un notable prestigio. Los
aficionados a conocer en directo este tipo de instalaciones pueden visitar la
quesería, que se encuentra a la entrada del pueblo, mientras que en el
interior, en la plaza, los gastrónomos o, sencillamente, quienes tengan ganas
de comer, pueden disfrutar de uno de los espacios más apetecibles para esa
función, la Casa del Tío Venancio.
A la salida del
pueblo, el viajero atento y con los ojos despiertos puede encontrar un bonito
puente medieval sobre el rio Mayor. Al otro lado de la carretera, aislada sobre
un cerro, la ermita de la Inmaculada Concepción sobrevive, a pesar de algunas
dificultades de conservación. Fue levantada en 1802 por iniciativa de José
Joaquín de León y Gascueña, canónigo penitenciario en la catedral de Cuenca, en
el mismo lugar y en sustitución de otra mucho más antigua que existió en el
mismo sitio. Tiene planta de cruz latina con cúpula de media naranja. En su
interior hay retablos dedicados a
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