CAÑIZARES, AGRUPADO BAJO LA SOMBRA DE UN POTENTE ROQUEDO

 


Durante siglos, hasta hace relativamente poco tiempo, el punto de entrada a los parajes situados en la Sierra de Beteta era el puerto de Monsaete, duro y resistente como pocos, temible en invierno, que salva la distancia existente entre Cañamares, a un lado, y Cañizares, al otro.  Una carretera estrecha y encrespada, varios barrancos, un paisaje siempre sombrío bajo los espesos pinares, convertían estos cinco kilómetros en un desafío para conductores. Afrontar la subida era un duro ejercicio, pero gratificante, al que puso fin la Comunidad Autónoma, terminando de construir la que ahora se llama CM-210 y en la que, de paso, se sustituyó el puerto por un oscuro túnel sin iluminar, pero que en apenas un par de minutos salva la distancia entre los dos extremos de la montaña. No obstante, yo recomiendo a los amigos de la naturaleza y a los viajeros sin prisas que hagan la travesía del puerto, sabiendo que desde él van a poder contemplar unos paisajes espectaculares. Por aquí se las vieron malamente los franceses, llevaron a cabo fechorías sin límite los carlistas y se desenvolvieron cómodamente los maquis antifranquistas, que estas abruptas montañas dan mucho juego en tales circunstancias.

A la bajada del puerto, en la salida del túnel, a la izquierda, hay un camino sin señalizar, sin ninguna pista visual que ayude al viajero desorientado con algún interés por penetrar en los misterios de la Serranía y llegar al más olvidado rincón habitado por humanos que pueda imaginarse. A falta de indicaciones oficiales, puede servir la que aquí señalo, con el objetivo de dar un paseo –para el que resulta muy recomendable llevar un vehículo todo terreno, sobre todo si el camino está embarrado- para llegar al perdido caserío de Santa Cristina y, ya que estamos en faena, disfrutar de los espléndidos panoramas del Estrecho de las Tejeras y la Hoz de los Toriles. Pero ese, desde luego, es un objetivo marginal. El que aquí interesa se encuentra en la carretera principal, siguiéndola hacia adelante unos cuantos kilómetros más, para apreciar en seguida cómo se delinea en el horizonte el atractivo perfil de Cañizares, al que el acercamiento se produce bajo la protección impresionante de un magnífico farallón rocoso, uno de esos espectaculares frontispicios cálcicos que se alzan en derechura hacia el cielo, dando forma a unas colosales paredes señaladas por las grietas que marcan la incontenible erosión milenaria. Al otro de la carretera, hacia la derecha, el paisaje es radicalmente distinto, porque ahí se sitúan las huertas tradicionales, ahora ya muchas en desuso, pero todavía es posible encontrar algunas en activo, quizá como entretenimiento para jubilados ociosos, pero también como propuesta muy meritoria encaminada a mantener vivas costumbres asentadas en la costumbre secular.

Todo ello es como un manto natural precursor de la villa, un recinto urbano que tiene todas las características fácilmente asimilables a un pueblo serrano, o sea, una serie de edificaciones adosadas a un cerro, lo que obliga al paseante a subir y bajar cuestas, porque apenas si hay algún que otro pequeño remanso, pero no se hace pesado ni cansado este saludable ejercicio de recorrido por las calles de Cañizares. Como ocurre en la práctica totalidad de lugares habitados de la Serranía de Cuenca, la edificación ha sido modificada con tal intensidad que apenas si quedan rastros de lo que fue; en su lugar, han surgido otras construcciones, casi todas en el último medio siglo, con las líneas sencillas y eficaces que son características de la época que vivimos. Entre ellas, la mirada puede recrearse en alguna otra que en su estructura de piedra y tejados permite la ensoñación hacia un tiempo ido e irrecuperable.

Las casas del pueblo se enroscan en torno a un montículo, formando como un anillo blanquirrojo; en el interior, las calles se encrespan abriéndose camino como pueden, en una suerte de ordenada anarquía urbanística. La plaza ha sido modernizada, con la construcción de nuevos edificios, incluido el Ayuntamiento. Cerca, la iglesia, dedicada a Santiago, tiene esa prestancia noble de lo popular anónimo. Los artífices que la hicieron no han pasado a la historia del arte, pero la obra es un prodigio de equilibrio y adaptación al medio en que se encuentra, acorde con las líneas habituales de la arquitectura popular serrana, elaborada por manos anónimas que supieron interpretar adecuadamente las normas técnicas de construcción y que, como detalle realmente meritorio, aportaron una elegante portada, de sencilla aunque muy bella textura, un detalle de coquetería decorativa cuya presencia sorprende en este lugar.

Pero si el cuerpo de estas gentes está en el pueblo, el corazón lo tienen en la ermita de la Virgen de los Casares, una edificación sorprendente porque su voluminosa presencia y elegante fábrica arquitectónica supera con mucho los límites que habitualmente consideramos propios de una ermita y ésta, ciertamente, es de una noble amplitud que abruma al espectador.

Casi al final del pueblo, tras subir por una empinada calle nos espera un espacio más desahogado, como corresponde a la Plaza Mayor. Amplia, irregular, desnuda de elementos decorativos, rodeada de edificios modernos pocos vistosos y, al fondo, el Ayuntamiento, que podría pasar desapercibido, como uno de tantos, si no fuera por un par de detalles muy significativos, el principal, la hermosa fuente adosada lateralmente al frontal del edificio, en lo que es un detalle digno de ser valorado, porque está claro que esa fuente alargada estaba ya antes y se respetó al construirse la actual sede municipal. El pilón para abrevadero de ganados es rectangular pero lo realmente valioso es el frontal, que corresponde a la fuente para uso humano, a la que llega el agua a través de dos caños que salen de las bocas de dos cabezas de león, labradas en piedra y encajadas en una moldura mixtilínea de sencilla belleza y admirable sentido popular.

Encima del abrevadero, o sea, en la pared del Ayuntamiento, una placa hace una afirmación ciertamente temeraria: “A la memoria del Príncipe de los Ingenios Españoles, Miguel de Cervantes, que cuando visitó la Herrería, perteneciendo a este término municipal y a su hijo político Luis Molina, inmortalizó esta histórica villa de Cañizares”. Si esa afirmación ilusiona y convence a los vecinos de Cañizares, dejémoslo estar, porque es una invención inocente, de las que no daña a nadie. Desde luego, no hay ni la más remota señal de que Cervantes estuviera nunca por aquí, como es absolutamente cierto que de su fecunda pluma no salió jamás ni una sola palabra sobre la Serranía de Cuenca.

Sin duda, lo más llamativo (atractivo también) del paseo por las calles de Cañizares es ver y sentir la proximidad del roquedal, que en momentos parece penetrar en el mismo recinto urbano, como si las piedras, tan cercanas, pudieran pasar a formar parte del callejero, sobreponiéndose a la altura de las viviendas. Si en todos estos lugares de la Serranía la proximidad del paisaje natural es un hecho inevitable, aquí alcanza unos niveles de cercanía que enlazan ambos factores para convertirlos en un todo de íntima complicidad. Y esa es, hermosa y potente, la visión final que uno se lleva en el alma y en la retina cuando llega la hora de salir de Cañizares.

 

 

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