CARBONERAS DE GUADAZAÓN, TERRITORIO MOYANO Y POÉTICO





 Foto: José Luis Muñoz

Voy a empezar con una obviedad: Carboneras de Guadazaón es la puerta de entrada al marquesado de Moya. Lo es en sentido real y figurado. Aquí mismo arrancan las dos carreteras que, por distintas direcciones, se introducen en el territorio moyano, pero también en este mismo punto, al borde de la carretera, en el interior de un magnífico edificio de bellísima portada del gótico isabelino se encuentran las humildes tumbas en que reposan lo que pueda quedar de los restos humanos de los primeros marqueses de Moya, Andrés de Cabrera e Isabel de Bobadilla. La iglesia, dedicada a la Santa Cruz, se mantiene precariamente en pie gracias a que de vez en cuando las fuerzas políticas que rigen este país hacen inversiones, nunca suficientes, para conseguir que el espacio ofrezca un mínimo de dignidad, aunque lo justo es que se hiciera un esfuerzo titánico para llevar a cabo su restauración total, porque los parches, desde luego, no son suficientes, pero me da que semejante objetivo no figura entre los propósitos latentes ni a corto ni a medio plazo. Como consuelo, es muy recomendable a los viajeros detener unos minutos su presuroso caminar y contemplar, con todo el arrobo que sea posible, la impresionante portada de la iglesia; como curiosidad complementaria pueden mirar al lado las paredes ruinosas de lo que fue poderoso convento de dominicos, hoy almacén de aperos agrícolas.

Este complejo está a los pies del recinto urbano. Enfrente, cruzando la carretera, sale un camino que lleva hasta el también ruinoso Castillo de Aliaga, del que hay poco que ver y, además, está en una finca privada. De manera que más vale ir a lo práctico y entrar directamente en el pueblo para encontrar un entramado urbano muy interesante, en disposición semicircular para adaptarse las construcciones a las laderas del cerro que les sirve de soporte, de manera que la villa aparece compacta, agrupada, con la potente estructura de la iglesia dominando uno de los extremos, orientado hacia el valle por el que corren las aguas del río Guadazaón, que cruza parajes en los que hay señales de poblamiento humano desde tiempos muy primitivos, habiendo sido localizados restos arqueológicos del neolítico, algunos enterramientos de la Edad del Bronce y otros del periodo ibero-romano, con ejemplos variados que se pueden ver en las vitrinas del Museo de Cuenca.

La construcción se encuentra muy renovada, consecuencia no solo del afán modernizador imperante en todos los pueblos sino, en este caso, por motivos lógicos, ya que el incendio provocado por los carlistas en el siglo XIX ocasionó enormes destrozos y la natural reconstrucción. La parte más cómoda de transitar es la que se encuentra en las zonas bajas, pero a medida que se avanza por la calle de las Escuelas hacia el meollo del casco antiguo, el callejero se hace más intrincado, con dificultades si se pretende hacer en coche. A lo lejos se va perfilando la espadaña de la iglesia, que pronto domina todo el entramado de tejados y cubiertas: no en vano es el elemento más alto de todo el casco urbano. Y quedan también algunos hermosos portalones de madera que resisten, nadie sabe por cuánto tiempo, el peso de la modernidad que todo lo suele arrasar. Todo ello da lugar a un casco antiguo que, aunque muy retraído de su carácter original, mantiene cierto valor.

El objetivo a alcanzar con este paseo cuesta arriba es alcanzar la plaza, que si no le han cambiado el nombre (cosa que los Ayuntamientos tienen la costumbre de hacer de vez en cuando) llevará todavía el título de Carlos de la Rica, el sacerdote poeta que fue incombustible párroco de Carboneras de Guadazaón durante toda su vida, desde que se ordenó sacerdote, que tuvo sobre el pueblo (y los de alrededor, que también estuvieron a su cargo)  una influencia extraordinaria y que fue capaz de hacer de este lugar poco menos que el epicentro de un movimiento poético ciertamente singular. Delante del templo hay un atrio ajardinado con un monumento en piedra que no hace adivinar las singulares características de esta iglesia-fortaleza, condición que aún permanece visible en el muro exterior almenado que se orienta hacia el valle y que se ha mantenido a pesar de las modificaciones posteriores a su origen medieval, del que también se conserva el artesonado primitivo.

La iglesia, titulada de santo Domingo de Silos, es un típico ejemplo del románico rural, perceptible todavía en algunos de sus elementos constructivos, como los ya citados y el ábside semicircular, tan propio de ese estilo. Es iglesia de planta basilical con tres naves. En el siglo XV se levantó el arco triunfal que da acceso al presbiterio; más tarde se realizaron otras modificaciones, como enyesar todas las paredes, cubriendo las pinturas que debían existir en ellas pero en la nave de la derecha se abre una capilla donde se conserva un fragmento del antiguo retablo de los dominicos. El altar mayor, de estilo barroco, sustituye al anterior, gótico.

En la nave de la izquierda (capilla del Evangelio) se venera la Santa Hijuela, uno de esos curiosísimos elementos que la tradición religiosa ha ido sembrando por los pueblos de España y que aquí se ha celebrado hace apenas unas semanas, a mediados de mayo, con la concurrencia procesional de las imágenes de los pueblos inmediatos. El origen de esta reliquia se sitúa en el año 1239, en fecha incluso exacta, 23 de febrero, frente a los muros del castillo de Luchente (valle de Albaida), cuyo asalto proyectaban las tropas cristianas dentro de la campaña militar emprendida por Jaime I para controlar el que habría de ser reino de Valencia. Como me parece que el relato es bien conocido y se ha aireado de manera suficiente un año sí y otro también, ahorro entrar en más detalles, que el relato es largo y algo premioso.

Volvamos a la realidad del presente. En la parte, baja y moderna, podemos encontrar grandes caserones de utilidad industrial, en los que se adivinan antiguas labores ya en desuso y que fueron surgiendo en torno a un punto de atracción fundamental, la estación del ferrocarril, que activó la economía de toda la zona, en el se cruzaban el Ter y el Talgo en aquellos tiempos felices en que existían tales vehículos. Los de ahora ofrecen un panorama completamente distinto. Con pretextos sin ningún fundamento racional ni lógico, la línea férrea ha sido suprimida de un plumazo y la que fue activa estación de Carboneras de Guadazón languidece en silencio y soledad, como tantas otras. Arriba, el pueblo sigue manteniéndose vivo, buscando cada día la mejor manera de sobrevivir a las situaciones adversas.

 

 

 

 

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