UNA INTERESANTE VILLA MEDIEVAL TRAS LAS MURALLAS DE CAÑETE
Mencionar el nombre de Cañete es señalar directamente, con el dedo y la palabra, a uno de los puntos históricos sobre los que se asienta la provincia de Cuenca, que se estructuró, en sus orígenes, a partir de varios elementos de referencia que dieron lugar a los ocho partidos judiciales en que se dividió el territorio. Uno de ellos fue Cañete, situado en el sector nororiental, en lo más abrupto de la Serranía de Cuenca, tocando con la de Teruel. Durante más de un siglo existió aquel partido judicial, suprimido, como otros, por el desmedido afán de hacer economías (ya saben: el chocolate del loro) pasando todos sus pueblos a engrosar el de la capital.
A Cañete se llega, como vía lógica, a
través de la N‑420
norte, que proporciona un recorrido de extraordinaria belleza paisajística, en
especial a partir de Pajaroncillo, donde el camino encuentra al río Cabriel que
desde entonces será compañero del asfalto hasta el paraje de Ayuntaderos, en
las inmediaciones de Boniches. Se trata, con mucho, de uno de los más
espectaculares paisajes que tenemos al alcance de la mano y cuando lo menciono
siempre me surge la misma duda, si la ciudadanía conquense es consciente de que
tal maravilla existe y acude a disfrutarla. Lo repito ahora, con el mismo
resultado dubitativo.
Parece obvio que estos parajes fueron
poblados en la más remota antigüedad y desde luego en tiempos de los árabes,
que aquí levantaron el castillo que, ruinoso, aún sobrevive en lo alto de un
espolón rocoso a cuyos pies se extiende la villa actual. Pasó a la Castilla
cristiana con Alfonso VIII y desde ese
momento desempeñó un papel de enorme importancia, como plaza fronteriza de
primer orden en el secular conflicto de límites con Aragón. Por eso el nombre
de Cañete aparece mencionado repetidamente en los primeros documentos
medievales relativos a Cuenca que se conservan. Eso y otras muchas cosas son
historias del pasado, que conviene recordar de vez en cuando sobre todo cuando
oímos y leemos afirmaciones que dan fe del amplísimo desconocimiento (o
confusión) que muchos paisanos tienen en relación con hechos que fueron y deberían
ser bien conocidos. Pero como lo que aquí interesa es el presente, aparco esas
elucubraciones y vamos a lo que hay.
Es
una villa amurallada de Cañete, de las pocas que aún tienen ese carácter en
nuestra provincia. Situada a una altitud de
El
elemento urbanístico fundamental es la Plaza Mayor, de la que hay que lamentar
las modificaciones erróneas que sufrió en la década de los 80 del siglo XX. Por
fortuna, se conserva una fachada porticada con gruesos pilares de piedra y
madera, en los que destaca una serie muy interesante de capiteles. De la plaza
nacen seis calles, que forman la estructura radial de la población; algunas de
ellas son extraordinariamente interesantes, de estrecho trazado y largo
recorrido, en que se conservan en buena medida valiosos ejemplos de
arquitectura popular serrana. Otra calle digna de seguir es la del Palacio, en
la que estuvo situado el palacio de los Hurtado de Mendoza. Una parte de ese
trayecto urbano desemboca, en una y otra dirección, en la muralla que protegía
el casco inicial y que se puede cruzar a través de varias puertas, varias de
ellas felizmente restauradas.
El
templo parroquial, dedicado al apóstol Santiago es uno de los más curiosos
ejemplos de iglesia-fortaleza, adosada a la muralla. Desde lejos se pueden
apreciar perfectamente sus poderosas dimensiones y su carácter de elemento
esencial del recinto fortificado. Parece que inicialmente fue de estilo gótico,
pero las modificaciones posteriores han alterado por completo aquel carácter.
Los Hurtado de Mendoza, marqueses de Cañete, que cedieron parte de su palacio
para esa ampliación, en el siglo XVI, no cuidaron en exceso que la iglesia de
la villa fuese una obra de arte propia del Renacimiento. En la Plaza Mayor hay
otra iglesia, la de San Julián, que formó parte de un colegio fundado en el
siglo XVI y que hoy sirve para diversas funciones culturales. En la misma
plaza, un busto dedicado a Álvaro de Luna, obra de Javier Barrios recuerda a
quien fue sin duda el hijo más ilustre de la villa, un clarísimo ejemplo de que
fue fugaces son las glorias humanas. Un día todopoderoso dueño de el poder del
estado y al otro con la cabeza rodando por el cadalso.
Su
nombre, ligeramente modificado, sobrevive cada año en la festiva celebración de
la Alvarada, a primeros de agosto, desde el año 1999, lo que significa que es
una de las más antiguas de la provincia de carácter cívico, es decir, no ligada
directamente a una celebración religiosa. Tres son los ejes básicos en que se organiza la
fiesta: conferencias y/o exposiciones alusivas de carácter cultural; un torneo
medieval y el montaje de un mercadillo igualmente de inspiración medieval
aunque en él, como en todos, se acepten productos contemporáneos. En este
esquema, que merece la pena detallar, el torneo es un factor muy llamativo. Hay
otras fiestas, dedicada a la Virgen de la Zarza, cuya ermita está precisamente
al lado de una de las puertas recuperadas, comunicando el interior de la villa
con los alrededores. Y como el espacio no da para más, es preciso poner el
punto final reiterando lo que dice el título: una interesante villa medieval,
que merece ser conocida en detalle.

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