LA CUNA DE CAÑAVERUELAS ESTÁ EN ERCÁVICA

 


Hay lugares que terminan por quedar marcados por una circunstancia casual, geográfica, histórica o costumbrista, de manera que a partir de cierto momento su identidad propia casi desaparece para dejar paso a una identificación añadida que de alguna manera desnaturaliza su propia esencia. Ocurre con Cañaveruelas, que desde hace tres o cuatro décadas ha pasado a convertirse en el pueblo de Ercávica, desde el momento en que se fijó de manera ya definitiva la ubicación de esta antigua y potente ciudad hispano-romana, cuya existencia se prolongó en siglos posteriores hasta llegar al periodo islámico.

El pueblo se encuentra a pocos kilómetros del embalse de Buendía, lo que lo sitúa al norte de la provincia. El camino más directo para llegar hasta él discurre por Huete y Villalba del Rey, cruzando los fecundos y bellos olivares alcarreños, entre suaves lomas y nostálgicos paisajes que van acariciando visualmente al viajero en su progresiva aproximación al lugar que, todo hay que decirlo, tiene poco que ver como resultado del progresivo abandono de la arquitectura tradicional, proceso que ha desnaturalizado tantos pueblos.

Siempre fue villa de realengo, sujeta directamente a la corona formando parte de la Tierra de Huete y en esa vinculación con la cumbre del poder se produjo un suceso de interés que al final ha derivado en un hecho casi anecdótico, que por aquí parece que no se valora debidamente, como cosa olvidada del pasado. Y es que en el término de Cañaveruelas estuvo La Isabela, un Real Sitio dotado de una lujosa instalación de baños, que recibió tal nombre  por ser lugar de preferencia de Isabel de Braganza (1797-1818), esposa del rey Fernando VII que los puso de moda a poco de contraer matrimonio, en 1816. Fue la reina quien aconsejó a su marido la declaración de Real Sitio y ello impulsó el asentamiento de una nueva población; las obras continuaron después de la muerte de la reina, hasta ser concluidas en 1826, cuando ya el lugar había encontrado arraigo en la nobleza cortesana. En su momento de mayor esplendor llegó a contar con una población estable de más de 200 personas. Todo eso pasó a la historia cuando en 1943 desapareció bajo las aguas del pantano de Buendía.

El paseo por las calles de Cañaveruelas no proporciona especiales sorpresas, aparte la habitual de la iglesia, a la que luego haremos una visita o la antigua del Pozo que tiene abovedado con potentes sillares. Lo demás es una arquitectura convencional, adaptada a las necesidades de sus habitantes, que han ido modificando y renovando las viviendas al compás de los tiempos, según es costumbre aplicada en casi todos los sitios habitados.

La iglesia parroquial, que lleva el título de Nuestra Señora de la Paz, es obra del siglo XVI y ciertamente tiene un respetable valor. Se trata de una construcción muy sólida, con fábrica de sillería, en el que se inscribe una discreta portada de medio punto con doble dovela aunque el detalle más llamativo es la torre, situada sobre el Altar Mayor, de planta cuadrada y con tarjetones colgantes y sillares de roca caliza, que se levanta con una notable esbelteza que domina desde su altura todo el conjunto del pueblo.  El interior se estructura en tres naves separadas por arcadas de cinco pares de grandes arcos de medio punto, de sillería, sobre columnas de estilo dórico de grandes proporciones, para culminar en un cabecero cuadrado. En su interior, el párroco Fernando León Cordente se preocupó de instalar un interesante Museo en el que recogió piezas de orfebrería, mantos, cantorales y casullas.

 

La mención a este buen sacerdote, fallecido hace apenas un par de años, abre espacio en este artículo para recordar su inconmovible afición por la historia y por la información, que le llevó a ser, durante muchos años, corresponsal para el periódico y la emisora de Cuenca, a los que enviaba unas crónicas apasionadas sobre las bondades y hechos de la comarca alcarreña. Fue también Fernando León Cordente quien puso a los investigadores en la pista de que aquellas pocas ruinas informes podían ser la señal de que en ese lugar pudiera encontrarse algo más importante que unas piedras deslavazadas y con su insistencia (y sus crónicas) logró despertar el interés de Manuel Osuna, entonces director del Museo de Cuenca, que asumió con todo conocimiento la investigación del lugar hasta conseguir establecer que ese es el punto en el que se encuentra Ercávica, con lo que de paso puso término a un debate de siglos para intentar situar debidamente en su sitio las grandes ciudades de época romana existentes en la provincia de Cuenca.

Sobre la existencia de Ercávica hay algunas difusas insinuaciones en los cronistas antiguos. Así Madoz apenas señala que cerca del cauce del Guadiela “se ven vestigios de una gran población”, concepto que repite Larrañaga en su famosa guía, sin dar más detalles, como tampoco lo hace Torres Mena, que sobre este asunto guarda un silencio total. El debate ya tiene punto final, yo creo que definitivo y sin discusión como vienen confirmando los trabajos de excavaciones que, sin prisas, se vienen desarrollando en el paraje.

Hay también en Cañaveruelas una pequeña ermita dedicada a San Blas, el patrón del pueblo, un sencillo pero agradable edificio de planta rectangular, construido entre los siglos XVI y XVII, que tiene en su interior varios retablos de interés, una valiosa colección de muebles y una talla policromada del santo, original de Fausto Culebras. Pero la fiesta patronal por excelencia es la que tiene lugar en el mes de agosto, en torno a la Virgen de la Vega. El llamado "paseo de la Virgen" consiste en llevar la imagen, previa entrega de un donativo, a las puertas de las casas, a lo largo de un recorrido que se prolonga varias horas. El último día del programa festivo se celebra en honor de san Cristóbal, que corre a cargo especialmente de los conductores que tienen su sede en la localidad y que trasladan a este tiempo veraniego lo que debió celebrarse en julio. En el festejo participan las imágenes de la virgen y de san Blas, situadas en sendas carrozas que salen a la plaza, ante el balcón del ayuntamiento, siendo recibidas con el clamoroso repiqueteo de los claxones de coches, tractores, remolques y camiones. Costumbres populares y tradicionales que sirven para animar la monotonía que trae consigo la despoblación, animada por la alegría de vivir que trae consigo el veraniego mes de agosto.

 

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