CAÑAMARES, SABOR POPULAR A ORILLAS DEL ESCABAS
Lo primero que llama la atención de Cañamares es su extraordinaria ubicación natural, que seguramente tuvo un origen espontáneo, pero que parece establecida a conciencia por quienes quiera que fuesen los primeros pobladores de este asentamiento, quien sabe en qué momento de alguna remota antigüedad, aunque la certeza de su fundación debe situarse en los tiempos de la repoblación cristiana tras la conquista de la ciudad de Cuenca, allá por las postrimerías del siglo XII, aunque nunca se debe descartar la posibilidad de que hubiera existido previamente un poblamiento musulmán, teniendo en cuenta que se dan las condiciones adecuadas para que sucediera tal cosa. Como no es fácil adivinar lo que pudo ocurrir en ese remoto pasado, sigamos la pista de lo que sabemos con certeza. Fue pueblo vinculado desde sus orígenes a la ciudad de Cuenca, de cuyo alfoz formó parte, a pesar de lo cual fue uno de los escasos lugares de la Serranía que estuvo sujeto a un señorío nobiliario, el de los Albornoz, que pasó luego, a través de herencias, al marquesado de Ariza, si bien el marqués no tuvo residencia en el pueblo.
Desde
las inmediaciones, poco antes de llegar al pueblo, se aprecia en toda su
belleza el impresionante paisaje en el que Cañamares está inmerso. A la
izquierda se perfilan los farallones de potente caliza del estrecho de Priego;
a la derecha se perciben las primeras estribaciones de la Sierra de Beteta.
Entre uno y otro se extiende el amplo valle que aquí forma el Escabas,
probablemente el río más bello de los que cruzan la provincia, que viene
encajado desde Fuertescusa y que en este espacio se expande lo suficiente para
dar lugar a una llanura tradicionalmente dedicada al mimbre, que es todo un
espectáculo por sus variaciones cromáticas a lo largo del proceso de siembra y
recolección.
Cañamares
se encuentra en la ruta natural que conduce a las profundidades de la hoz y por
ello fue el camino necesario para que la corte viajara en dirección a los baños
de Solán de Cabras, aunque no tengo noticias concretas de que la comitiva
hiciera nunca parada y fonda en este lugar. El viaje más famoso de todos ellos,
como es bien sabido, es el que en 1826 hicieron Fernando VII y su esposa Amalia
de Sajonia, que necesitaban un hijo varón para garantizar la continuidad
dinástica. Desgraciadamente las aguas no hicieron ningún milagro y el trono fue
a parar a manos de Isabel II, embarcando al país hacia la serie de guerras
civiles que ocupan todo el siglo XIX. Una de ellas dio lugar a un violento
episodio aquí mismo, cuando en el puerto de Monsaete se dio una batalla de enorme
virulencia, el 2 de mayo de 1874, durante la tercera guerra carlista, en un
paraje que durante cierto tiempo fue llamado por los naturales del lugar “La
Matanza”.
Con
estas quisicosas que nos acercan a la historia hemos ido prolongando el momento
de entrar realmente en las calles de Cañamares donde, todo hay que decirlo,
vamos a encontrar pocas cosas de interés urbanístico, porque este es uno de los
pueblos de la Serranía de Cuenca que más ha sufrido la modernización de sus
estructuras urbanas hasta el punto de que en la actualidad no conserva nada de
su carácter serrano y rural, sustituido por una construcción moderna y
funcional.
El
espacio urbano se estructura en dos áreas principales en torno a dos plazas, la
Nacional y la de la Iglesia. Cerca de
esta última, por la calle del Arca, es posible encontrar todavía uno de
los escasos caserones del siglo pasado, la Casa de las Señoritas, de apariencia elegante, aunque muy
deteriorada; en cambio, por la que conserva el nombre de calle del Palacio no
es posible encontrar ningún edificio de esa tipología. Como recuerdo último de
su carácter popular, conserva Cañamares en sus calles varios nombres de
resonancias rurales: Rodeo,
Berlinches, Miravetes. El
Ayuntamiento, de nueva construcción, muy al gusto contemporáneo, no tiene
mérito especial, aunque resulta funcional para los vecinos. El centro urbano es
la Plaza Nacional, en la que se sitúa el Ayuntamiento y en la que confluyen las
calles principales, cruzadas perpendicularmente por las que se dirigen hacia la
carretera que bordea el pueblo. Al extremo N, dominando una plaza irregular, se
encuentra la iglesia parroquial, dedicada a San Millán, lo que permite adivinar
que los repobladores eran de origen riojano.
El
templo es un edificio exento, con una gran volumetría horizontal,
de la que apenas si sobresale levemente el cuerpo del campanario que se levanta
sobre el coro con el añadido posterior de una pequeñísima espadaña con la que
previsiblemente se quiso sustituir el cuerpo de campanas, arruinado. Otro
elemento moderno es el atrio delantero, con tres arcos de medio punto y
cubierta de teja a una sola agua, que es una aportación moderna, muy posterior
a la construcción original. En el interior tiene una sola nave de gran altura
que culmina en un presbiterio poligonal. Delante de la iglesia hay un rollo de
justicia, de forma cuadrangular con hendiduras en las esquinas, que se alza
sobre tres escalones; lo corona una cruz de hierro.
Sobre
la superficie en que se encuentra Cañamares se desarrolla una abundante
vegetación natural de pinos, encinas, robles y abundantes matorrales,
tradicionalmente generosos para la ganadería lanar, que ha contado con
importantes prados naturales. Cerca del límite urbano, donde comienza la subida
a Monsaete, el Escabas da lugar a una agradable playa fluvial y a escasos
metros se encuentra una magnífica dehesa, camping incluido, elementos que
contribuyen a dar un fuerte sentido turístico que aquí, como en tantos otros
lugares, es la gran esperanza para poder sobrevivir en aceptables condiciones.
Cañamares
tiene la enorme suerte de contar entre sus hijos naturales a una persona
profundamente interesada por investigar y conocer los matices de la historia
del lugar, Ignacio Bermejo Sanz, que ha emprendido la valiosa aventura de
editar una serie de cuadernos monográficos. El primero, “Los gancheros de
Cañamares”, ha visto la luz hace poco, mientras anuncia la inmediata
publicación del segundo, dedicado a las aventuras del maquis por estos parajes.
Con ellos, y con los que seguirán en el futuro, se podrán ir conociendo todas
las interioridades de este pequeño pero muy interesante lugar serrano.

Comentarios
Publicar un comentario