NADIE QUISO SALVAR LA CASILLA DE SAN JOSÉ
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(Foto José Luis Muñoz) |
Leo en los papeles informativos que el Ayuntamiento de Cuenca ha abierto el periodo de información pública sobre el proyecto urbanístico previsto para llevar a cabo la denominada Unidad de Ejecución número 21, actuación promovida por una sociedad mercantil privada que, en definitiva, pretende urbanizar un paraje que alguien ha calificado como “una isla salvaje en medio de una ciudad moderna”. Se trata, como es fácil deducir, y saben quienes están más o menos al día sobre el funcionamiento burocrático y legislativo de las cuestiones urbanísticas, de poder disponer de una veintena de parcelas de buenas dimensiones en las que se podrán construir viviendas, esas que tanto se necesitan como oímos y leemos todos los días, además de otros equipamientos sociales como corresponde a cualquier polígono habitacional. Parece razonable señalar que la iniciativa no es nueva. Según mis datos, esto mismo ocurrió ya en abril de 2018, donde se produjo una iniciativa similar a la de ahora, aunque no estoy seguro de que sea el mismo agente urbanizador que entonces no siguió adelante con el procedimiento. Según los datos actuales, se actuará sobre un total de 22.250 metros cuadrados, de los que la mitad corresponden a viales y otros 5.000 a equipamientos y zonas verdes. El resto serán viviendas, con una altura máxima de cinco plantas.
Todo
ello va a ocurrir en un paraje que sigue conservando el nombre tradicional,
Casilla de San José, que por fortuna todavía nadie ha pensado en suprimir, como
por desgracia ocurre de vez en cuando en otras zonas que “modernizan” su
nomenclatura. Ese punto está en la intersección entre las calles Hermanos
Becerril y avenida Juna Carlos I, a la derecha y frente a la fuente ahora seca
que ocupa el espacio central de la glorieta dedicada al ingeniero Ángel Pérez,
aquel voluntarioso presidente de la Balompédica Conquense que soñó con utopías
futuras nunca realizadas. Se trata de un espacio urbano que ha experimentado
extraordinarias modificaciones; por ello sorprende más que este paraje haya
quedado aislado, incluso aparentemente olvidado, anclado en el tiempo, mientras
a su alrededor han ido creciendo bloques de viviendas, colegios, tiendas,
supermercados, jardines, parques infantiles y todo lo que tiene que ver con la
modernidad.
Lo que definía el paisaje de la calle, hasta mediado el siglo XX, fue la presencia de numerosos almacenes madereros, allí situados por su proximidad a la estación del ferrocarril. Donde terminaba la calle Fermín Caballero se abría el campo, en su más amplio concepto; allí estaban las fábricas de madera y sus complementos, almacenes, talleres, posadas. Conservo varias imágenes de hacia los años 50 del siglo pasado, gracias a la amabilidad de Francisco Piñas. Una de ellas nos ofrece una visión de conjunto de una calle amplia, sin árboles (algunos se ven al fondo) y sin coches, ocupada por varias personas que caminan tranquilamente por el centro del asfalto, sin que nadie ni nada les moleste; ni siquiera el humo de una chimenea que lanza la oscura columna al cielo sin temor a producir cambios en el clima; sólo se ven los postes del tendido telegráfico y, a la derecha una aislada construcción, la casilla de San José, cuando servía de observatorio meteorológico.
En 1969, la calle se dibujaba ya como una de las más importantes de la ciudad futura que entonces comenzaba a tomar forma, pero era también, si atendemos a los comentarios, una de las de peor presencia, una situación deficiente que se prolongó aún varios años más, hasta que en 1973 el Ayuntamiento decidió finalmente afrontar una reforma en profundidad para poner término al “aspecto infernal por lo que se refiere a pavimentación y otros detalles” como decía un breve comentario en el periódico a una foto ilustrando las obras en marcha.
El punto de referencia, desde todos los puntos de vista, era la Casilla de San José, una construcción aislada de dos plantas que pudo sobrevivir hasta los primeros años del siglo XXI, en que fue derribada dentro del proceso de urbanización de la zona en que se la podía ver ligeramente elevada sobre un pequeño montículo, frente a la actual rotonda del ingeniero Ángel Pérez. Con una vinculación inicial directa a labores agrícolas, fue utilizada como instalación de servicio para la protección de vuelos y primer observatorio meteorológico de Cuenca, aunque alcanzó triste fama durante los años siguientes a la guerra civil al ser utilizada como prisión militar. El escritor Meliano Peraile, que fue uno de los encarcelados aquí, dejó escritas sus experiencias en un libro muy recomendable, Lo que fuera mejor nunca haber visto: “Ya llegábamos a Cuenca, sin duda, porque las luces eran más que las de un pueblo. De pronto nos mandaron bajar, en plena carretera. La sangre, a oleadas, rompía contra mi pecho. A la vez, se vinieron abajo nuestros cuerpos, del camión, y nuestra esperanza, del corazón. Entrevimos una casa, un poco más allá. Mucho hube de oír y saber más tarde, sobre esta muy nombrada, con estremecida voz y escalofríos, Casilla de San José, infaustamente famosa”.
Me pregunto, todavía, a estas alturas, por qué decidieron derribar la Casilla de San José, que aparentemente no molestaba a nadie. La única explicación que se me ocurre es que en este caso, como en tantos otros edificios, la furia destructora que anida en buena parte de la sociedad conquense, decidió actuar sin contemplaciones y hacer tabla rasa de aquel inmueble que, en lugares más civilizados, se adaptan para que puedan prestar servicios útiles a la comunidad. Imaginemos, ahora que están a punto de urbanizar el paraje, qué bonita biblioteca podría ubicarse en ese recoleto edificio. Claro, que primero hace falta que los promotores piensen en que sería buena idea montar una biblioteca y a lo mejor semejante cosa no se les ha pasado por la cabeza con lo que mi teoría se viene estrepitosamente al suelo. Pero fuese para esa finalidad o para cualquier otra parecida, la bonita Casilla de San José luciría muy bien en el nuevo paraje urbanizado. Si no la hubieran destruido, claro.

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