OTRA VEZ, LA MUSEALIZACIÓN DE MANGANA

Que las cosas de palacio van despacio es algo bien sabido desde que no se quien acuñó la frase en cuestión. Pero si el palacio está en Cuenca las cosas van más despacio todavía, también se sabe y no por ciencia infusa sino por acumulación de experiencias. Entre los variados ejemplos que se podrían utilizar para cubrir el espacio de este artículo voy a tomar como referencia un asunto bien reciente, planteado hace apenas unos días.

El 27 de julio de 2011 se constituyó el nuevo órgano rector del Consorcio de la Ciudad de Cuenca (Real Patronato) al incorporarse los nuevos dirigentes locales, coincidiendo todos ellos en la mejor voluntad de colaboración y anunciando su propósito de que el proyecto estrella de los siguientes cuatro años sería la recuperación definitiva de la Plaza de Mangana con la musealización de los restos arqueológicos encontrados en la investigación sobre el alcázar de Cuenca. Algo se hizo: se construyó un edificio acristalado que cubre los restos bajo el pavimento, se pusieron los inevitables carteles anunciadores que los turistas leen con atención buscando dónde está lo que ahí se dice y poco más.

Hubo que esperar hasta el mes de julio de 2025 (catorce años después) para que el Consorcio anunciara el encargo del proyecto de musealización al arquitecto José Leandro Sánchez Sahuquillo, el único que se había presentado al concurso, por un importe de 17.968,50 euros. La intervención proyectada incluye tres espacios arqueológicos, dos bajo la Plaza de Mangana, donde se encuentran restos del palacio andalusí, la sinagoga judía, la iglesia de Santa María y la residencia palaciega de los Hurtado de Mendoza, que dan forma a dos yacimientos, uno con acceso por la calle de Santa María y otro por la calle del Alcázar. El tercer recinto se encuentra en los sótanos del Museo de las Ciencias y lo previsto es que este sector no sea visitable sino cubierto con una cristalera para poder ser contemplado desde la zona superior.

Ha pasado un año más (y van quince desde el inicio de esta historia) y ahora se nos anuncia (o se nos dice) que el proyecto de musealización del entorno de Mangana ya está listo, o sea, que los técnicos redactores han concluido su trabajo por lo que en breve empezará la otra parte del proceso, esa que tantos quebraderos de cabeza está dando últimamente a la administración municipal, enmarañada en una complejidad burocrática de la que no acierta a desprenderse, sin contar con la sombra latente siempre de que en algún recoveco del camino habrá alguien dispuesto a presentar un recurso por cualquier motivo y añadir varios años de retraso a lo que ya viene retrasado. Con lo que no quiero introducir aquí ningún elemento condicionante, porque cualquiera está en su derecho, faltaría más, de recurrir, apelar y estorbar todo lo que le parezca oportuno en uso del sacrosanto principio de libertad individual.

Alejemos de nosotros cualquier sombra de pesimismo y afrontemos el inmediato futuro con la necesaria dosis de confianza en que la cosa va a entrar en la recta final y el viejísimo proyecto, anunciado en los correspondientes cartelones adosados al espacio acristalado ahora sí encontrará el camino de la resolución definitiva. Animados por los mejores espíritus, podemos imaginar el espacio amplio de la Plaza de Mangana, bien conocida por todos, en la que esos restos por ahora ocultos a la mirada del ser humano (los cristales en el suelo están tan sucios que prácticamente no se ve nada) puede convertirse en ese maravilloso museo formado por murallas que sirven para diseñar un recorrido museístico que nos puede ayudar a entender la Cuenca medieval. Por encima, sobre el pavimento de la plaza, se alza la singularísima torre de Mangana, que se levantó con la única finalidad de sostener en lo más alto el reloj de la ciudad y que también lleva lo suyo esperando que termine la dichosa rehabilitación, en este caso poniendo en servicio la escalera interior que permitirá llegar hasta las alturas, al menos a quienes tengan fuerzas juveniles para subir el centenar de escalones. Puestos a ser optimistas y confiados, podemos igualmente esperar que los dos ascensores funcionen para salvar los desniveles de la plaza. Y de esa forma, quizá con algún otro detalle añadido, se podrá disfrutar colectivamente de uno de los espacios urbanos más agradecidos, desde el que se contempla, bien lo saben todos, el magnífico espectáculo de la ciudad moderna y el bellísimo conjunto del barrio de San Antón, con el Júcar pasando a su lado con un elegante ritmo verdoso. En el acceso a la plaza, desde la plaza de la Merced por la calle de Santa María, el recibimiento lo ofrece el monumento a la Constitución que concibió Gustavo Torner y que parece ya haber sido aceptado sin mayores discusiones, superado el tiempo en que sí se discutía por quienes no entendían la presencia de esa modernidad estética al lado mismo del espíritu barroco de una ciudad antigua.

Estos esfuerzos, junto con otros que también se anuncian en forma de intervención reparadora de las murallas, son necesarios para que Cuenca recupere plenamente el carácter de ciudad fortificada concepto, no lo olvidemos, por el que recibió el título de Patrimonio de la Humanidad, sin que nadie quisiera caer en la cuenta del pequeño detalle de que por aquí fortificaciones quedan pocas pero si algo se puede recuperar, bien venido sea, ya que no queda prácticamente nada del castillo y poco de las murallas. Todo esto lo digo mientras aparco mentalmente los funestos pensamientos que siempre acompañan a cualquier proyecto que se quiera llevar adelante en esta ciudad tan despaciosa, que mide el tiempo por lustros o decenios con lo bonito que sería planificar de hoy para mañana. Al menos para que, quienes como yo, nos dedicamos a comentar las cosas que pasan, podamos librarnos del castigo de tener que repetir las mismas cosas de vez en cuando.

 

 

 

 

 

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