AGUA QUE NO HAS DE BEBER, DÉJALA CORRER
La riada del Júcar en el año 2019 |
La pregunta del millón, desde hace muchos días,es intentar saber, comprender, explicar, de dónde, cómo y por qué sale tanta agua. En condiciones normales, parece que una cosa tan aparentemente sencilla no requiere sesudas explicaciones. Hay manantiales por los que el agua brota del subsuelo, hay nubes que van cargadas de agua que sueltan de vez en cuando donde les parece oportuno, hay ríos que transportan el agua procedente de arroyos y torrentes en cantidad generalmente suficiente para que puedan llenarse los embalses y así podría seguir desgranando una serie de obviedades y simplezas, un esquema tan sencillo que, sin embargo, de pronto se ha visto alterado no solo con violencia desusada en algunos territorios sino creando una incomodidad generalizada en todos los demás, ante la persistente lluvia que nos viene castigando en tiempo ya demasiado prolongado. Menos mal que los sectores agrícolas han reconocido que tanta agua le viene muy bien al campo, lo que significa que los próximos meses hasta las futuras cosechas van a ser muy positivos, con la que notable excepción del olivar que, por lo que cuentan, sí que está pagando los platos rotos.
La
abundancia de esa agua que no para de caer y que viene acompañada de otros
elementos igualmente desagradables (rachas de viento, socavones, árboles
caídos, parques cerrados, las queridas terrazas bien recogidas y sin uso) tiene
probablemente su reflejo más destacado en el crecido caudal que llevan los
ríos, que por aquí suelen ser bastante pacíficos, como sabemos, pero en estas
circunstancias climáticas la normalidad se altera y el habitual espectáculo
cansino del Júcar deslizándose mansamente se ha transformado en todo lo
contrario, con el caudal al límite y marchando con una velocidad desusada,
arrastrando de paso toda la porquería acumulada desde hace años en sus riberas,
lo cual está muy bien. Aunque he buscado con algún interés la documentación necesaria
para poder escribir y opinar sin cometer errores, me parece que este tema no ha
sido estudiado debidamente por los especialistas meteorólogos o geógrafos que
pueda haber entre nosotros, de manera que me remito a mi propia información, de
la que deduzco que la última inundación del Júcar, antes de ahora, fue la del
20 de diciembre de 2019, un fin de semana en que el río hizo lo habitual en
estos casos, o sea, salirse de madre. Esa fue la crecida más alta desde 1978, según los datos que
ofrece el Ministerio para la Transición Ecológica. Ese año, el caudal del río
se disparó el último día de febrero y alcanzó el 1 de marzo los
El
tema de las crecidas y avenidas del Júcar sí que ha sido estudiado de manera
abundante en los espacios científicos de la Comunidad Valenciana, donde estos
asuntos interesan sobre manera, por la cuenta que les tiene. En uno de esos
estudios encuentro el dato de que desde el año 1100 se produjeron un total de
217 desbordamientos del río con la natural secuela de inundaciones en campos y
pueblos. La mas terrible fue la que provocó el 20 de octubre de 1982 la rotura
de la presa de Tous, que no pudo resistir el empuje de la tremenda fuerza del
agua del río y que aparte los abundantes daños materiales ocasionó ocho
muertos. Días después, el papa Juan Pablo II, de visita en España, se acercó a
saludar a los damnificados.
Como
se puede deducir, lo que estos días estamos viendo que sucede al paso de la
impetuosa corriente del Júcar, sobre todo desde el embalse de La Toba hasta
Cuenca pero también aguas abajo, hasta que se tranquiliza un poco al entrar en
el embalse de Alarcón, no es nada nuevo ni será la última vez que ocurra,
porque estos desajustes de la naturaleza son incontrolables por más invenciones
tecnológicas, incluida la inteligencia artificial, que el ser humano ponga en
juego. Está claro que las nubes no están dispuestas a obedecer ningún mandato;
como mucho, podemos contar con las predicciones de los técnicos, que nos
avisan, con cierto margen de error, de lo que va a ocurrir en los días
próximos, pero sin ninguna capacidad para modificar el curso de los
acontecimientos.
Aunque
las avenidas más llamativas son las del Júcar, por aquí la más famosa, incluso
con cierto toque de humor es la que provocó el Huécar el 13 de agosto de 1947.
No era la primera vez que ocurría tal cosa, porque a pesar de la pequeñez de su
cauce y del escaso caudal de agua que transporta por lo común, el Huécar es un
río peleón cuando cree que ha llegado la hora de llamar la atención. Lo
recuerda Muñoz y Soliva en su Historia, donde menciona lo ocurrido el 10 de
junio de 1804 en que pese a que no llovió en la capital, sí lo hizo en Palomera
con la consecuencia inmediata de que llegó violentamente, arrastrando
materiales que sirvieron para obstruir los puentes de la Puerta de Valencia y
del Postigo e incluso arrastró a dos jovenzuelos atrevidos que en su osadía
ante el ímpetu de las aguas perdieron la vida. Pero la riada buena es la que ya
he citado de 1947, que arrastró todo lo que encontró a su paso, incluidos los
melones que estaban a la venta en la Plaza de los Carros, un relato tan
repetido, fotografías incluidas, que no merece la pena volver a insistir aquí
en lo que todo el mundo conoce.
En
las circunstancias de estos días, el Huécar no ha cometido ningún desmán,
limitándose a incrementar de manera considerable su velocidad de marcha, junto
con un aumento notable en el volumen de sonido, detalles, por cierto, que son
de agradecer porque vienen a demostrar que este pequeño cauce, tan enraizado en
la estructura urbana de Cuenca, está vivo y con buena salud. Como también lo
está el rio Cuervo, que nos ofrece -y las redes sociales, tan vilipendiadas por
otros motivos y con razón, se encargan de multiplicar- imágenes maravillosas
con las cascadas fluyendo generosamente, como hace tiempo no se las veía. Son
imágenes bellísimas, que nos pueden ayudar a pasar el trago de la incomodidad
que la persistente lluvia está produciendo, mientras cruzamos los dedos
esperando que pase de una vez el mal trago.
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