13 03 2025 EL IMPOSIBLE SUEÑO DE ALTEIA, EN ALCONCHEL DE LA ESTRELLA
Es muy hermosa la visión de Alconchel de la Estrella desde las eras inmediatas a la carretera, que permiten ver el conjunto del pueblo en toda su espléndida configuración. Luego, en el interior, se sufre una pequeña desilusión porque siguiendo la costumbre implacable enraizada en estas comarcas, se ha dejado perder el espíritu constructivo tradicional para sustituirlo por lo común y vulgar que es signo de los tiempos aunque, al menos, conserva un par de puntos de interés a los que prestar atención, porque es un lugar muy agradable de pasear, moderno, todo nuevo y amistoso. Las calles se organizan de modo totalmente desordenado, subiendo y bajando, con espacios muy estrechos por los que es difícil hacer circular el coche, de manera que es conveniente dejarlo en cualquier rincón y hacer el paseo a pie.
Los
amigos de bucear en los orígenes de los tiempos, entre los que hay algunos que
reparten localizaciones al buen tuntún, quisieron que aquí mismo estuviera la
histórica Cértima, de lo que discrepan otros, llevándose por la etimología,
para identificar Alconchel con otro lugar no menos legendario, Alteia, la
desconocida capital de los olcades, sin que ni unos ni otros aporten señal alguna
que permita dar credibilidad a tanta fantasía. Ya se sabe que en este asunto de
localizaciones de lugares antiguos casi legendarios hay que recurrir más a la
imaginación que a los datos reales. Y como la imaginación es libre, según el
dicho popular, cada cual puede pensar lo que quiera, pues es un entretenimiento
que no hace daño a nadie.
Lo
que sí hay en Alconchel de la Estrella es un castillo, o lo poco que queda de
él, situado en lo más alto del pueblo, como es cosa natural y en esa posición
elevada está también la iglesia, y en las alturas, en un cerro enfrente del
casco urbano, hay una hermosa ermita, con dedicación mariana y firmes
costumbres romeras. Pero antes es
conveniente hacer una escala en la Plaza Mayor, símbolo muy efectivo de la
renovación sufrida en la configuración del pueblo, porque aquí todo es moderno,
incluyendo la fila de moreras que aporta un poco de verdor al frío escenario.
Lo es también el Ayuntamiento, que se asoma a la plazuela y ocurre lo mismo con
las viviendas, algunas en bloque de dos plantas, otras individuales. Incluso la
que fue Posada ha sufrido sobre sus carnes la mano reparadora que, pese a todo,
acertó a conservar un ligero toque tradicional, suficiente para hacer que la
mirada del paseante se fije en ella. Por dentro, me cuentan, no hay nada que
ver: todo está destrozado, sin que la intención renovadora pasara de las
fachadas, sin llegar al interior.
La iglesia de Alconchel, dedicada a Nuestra Señora de la Estrella, está en lo más alto del pueblo, dominándolo; a su alrededor se ha formado un entorno bien urbanizado, agradable, como una invitación a la estancia y el descanso, aunque es altamente improbable que hasta aquí se lleguen los vecinos a pasar la tarde. Solitario, erecto, un miliario romano cumple seriamente su función ornamental en este recoleto ámbito urbano. El volumen edificado es ciertamente muy consistente, alternando un vistoso trazado de líneas que rompen la posible monotonía del conjunto, en el que se inscribe, en posición lateral, la hermosa portada, formada por un arco de medio punto adovelado, con enjutas decoradas que bordean dos pilastras dóricas sobre las que se apoya el entablamento que incluye el socorrido frontón triangular rematado por pináculos y una hornacina de concha en la que se situó en 1997 una nueva imagen de la patrona
Ya que estamos aquí, si el cuerpo tiene fuerzas y ganas, es momento propicio para llegar hasta el castillo, lo que queda de él, que es bien poco. Por detrás de la iglesia surge el empinadísimo camino, reservado a quienes, por edad y preparación física, están en condiciones de hacerlo. Superada la dificultad, la llegada a lo alto permite contemplar un amasijo de piedras que la imaginación debe poner en orden para recrear la presencia de una fortaleza del siglo XIII, por tanto levantada por los cristianos. Los que saben leer en las piedras nos explican que aún se puede apreciar el basamento de dos de los muros y el arranque de cinco cubos, edificados con la técnica de cal y canto. Todo lo demás está en el suelo, aunque algunas excavaciones arqueológicas que se vienen realizando de manera esporádica están intentando desentrañar los misterios silenciosos de este remoto pasado.
En cualquier caso, fue una fortaleza pequeña, apenas quizá un elemento de vigilancia de los campos próximos que, eso sí, desde aquí pueden admirarse en toda su plenitud, en cualquiera de las direcciones que la mirada elija. Es un paisaje magnífico, pleno de tonalidades cromáticas y variedades ambientales. Abajo, a los pies, los tejados de las viviendas contribuyen también a formar el gran escenario de la vida.
Desde aquí se aprecia, enfrente, el cerro donde se sitúa la ermita de la Virgen de la Cuesta. Por la calle que baja, eficazmente llamada calle Honda, hay que buscar la salida inferior del pueblo por un camino vecinal muy bien acondicionado, en dirección a Fuentelespino de Haro. A un kilómetro, a la izquierda, otro camino, este ya de tierra, orienta su dirección hacia el cerro donde, envuelta en un frondoso pinar, se asienta la ermita, que a pesar de su sencillo título es una construcción compleja, pues incluye también la hospedería, articulada en torno a un patio, con las necesarias dotaciones para atender a los viajeros. Las paredes, de mampostería, están cuidadosamente encaladas, de manera que la blancura del conjunto destaca sobremanera en el ambiente del paisaje. La portada, de trazo sencillo, refleja también su carácter barroco. Todo ello es perfectamente visible desde el exterior: hay una maravillosa conjunción de líneas delimitando los espacios y la cubierta, de teja árabe, bien conservada, traduce los espacios que hay bajo ella, ofreciendo a la vista una muy sugerente manifestación de bellas proporciones. Es obra levantada en el siglo XVIII sobre un castro anterior de origen primitivo, que fue casi destruido, aunque excavaciones en el lugar han permitido reconstruir parcialmente aquel pasado.
La virgen, como todas,
tiene su rito anual de celebraciones que, en este caso, aporta una singularidad
muy llamativa. La tradición popular
afirma que la imagen fue encontrada por un pastor de Las Pedroñeras, que trabajaba
en los campos de Alconchel. Ocurrió el suceso allá por el siglo XIII,
fecha en que se data la talla románica, una virgen sedente policromada. Cada
año, en la noche del 6 al 7 de mayo, cientos de peregrinos pedroñeros viajan
hasta Alconchel, en buena parte a pie, recorriendo así los casi
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