20 02 2025 ENTRE POTENTES HOCES Y AMABLES BAÑOS, ALCANTUD

 


Alcantud es casi un punto perdido en el sector más septentrional de la provincia de Cuenca, tanto que casi se sale del mapa y, sin embargo, a pesar de su arriscada situación fuera de los caminos más usuales, hasta allí llegaron los romanos (algo por otra parte, nada extraño porque según parece aquellos señores pusieron sus pies en todas partes). Aquí, además, dejaron constancia de su presencia: a pocos kilómetros del pueblo, siguiendo el camino que va paralelo al río Guadiela hasta penetrar en las angosturas de la Hoz de los Toriles, se llega a un paraje tan duro como bellísimo, conocido con el nombre de Huerta Bellida, en el que se encontraron algunos restos de ruinas antiguas que dieron lugar a que pudieran ser confundidas con Ercávica, en aquellos tiempos de indecisiones y entelequias. Pues ahí mismo, junto a la central eléctrica, una gran piedra ennegrecida ofrece todavía la difusa lectura de una leyenda latina cuya parte central, en vertical, está machacada lo que impide leerla con precisión pero los expertos han logrado fijar una transcripción aproximada de la que se deduce que un ciudadano llamado llamado Julius Celsius, hombre rico y con cierto poder en la época (siglos II-III después de Cristo) ordenó y financió la construcción de 11,84 kilómetros de la calzada que pasaba por el lugar, e igualmente estableció que quedara constancia de este hecho, como así sucedió. Más allá de la posibilidad de que esta historia sea totalmente cierta o que en ella se encierren algunos errores, lo que sí está al alcance de la imaginación humana (virtud que al parecer todavía tiene alguna consistencia) es dar forma a deslumbrantes elucubraciones que permitan inventar lo que pudo suceder, incluyendo la primera pregunta, la que da origen a todo: qué podían buscar los romanos en uno de los parajes más intrincados de la Serranía de Cuenca, donde no hay aparentemente nada que pudiera interesar a los soldados del imperio.

   Pero es un lugar viejo, de prosapia antigua, como lo demuestra el hecho de que su nombre aparezca citado por primera vez en un documento del año 1176, cuando el rey Alfonso VIII marca los límites del concejo de Atienza y en esa relación de hitos está la mención de Alcantud que a continuación fue incorporado a la tierra de la ciudad de Cuenca y así, como aldea dependiente de la capital pasó sin especiales sobresaltos por los siglos medievales sin que ninguna calamidad cayera sobre ella, manteniéndose con sobriedad en la hondonada de una meseta rodeada por altas montañas y prácticamente en el punto central de su término municipal, ocupando un espacio llano que contrasta con el paisaje agreste que acompaña al viajero hasta la llegada al pueblo.

    Así fue, hasta que en un momento ya tardío del siglo XIX el nombre de Alcantud salió de su discreto anonimato y alcanzó cierta fama en torno a sus baños, que merecieron la atención de los cronistas, generando una cierta corriente de visitas que tuvo poca consistencia. El complejo se puede ver un par de kilómetros antes de llegar al pueblo, por la carretera de Priego, ubicado, como escribió Madoz, “a la falda de un cerro poblado de pinos y carrascas, en sitio apacible y alegre; el agua sale hirviendo de un hoyo de bastante capacidad y su porción es del grueso de una pierna; la pila pequeña y enlosada está al aire libre, de manera que no hay comodidad alguna para los bañistas, ni en esta parte ni en lo relativo a edificios donde poder recogerse; las aguas se toman bien solas, bien en bebida y baño, o embarrándose la parte afectada de la dolencia y sus resultados son admirables, especialmente en los dolores reumáticos y afecciones herpéticas”. Eso decía el cronista en una descripción poco favorable pero las cosas empezaron a mejorar décadas después si bien con intermitencia, hasta quedar cerrado en los años siguientes a la guerra civil. Parecía que los baños de Alcantud habían pasado a la historia pero el 10 de julio de 1978 el ministerio de Sanidad y Seguridad Social volvió a autorizar su funcionamiento, preparándose entonces 32 apartamentos con dos camas, cuarto de baño y cocina cada uno de ellos, además de seis bungalows con seis plazas, y otras instalaciones complementarias.

Las aguas de Alcantud fueron declaradas de utilidad pública en 1869, pero solo muy recientemente (1989) comenzó un intento de comercialización embotellada, que fracasó en poco tiempo. Durante un par de años, las botellas con esta marca se pudieron ver en las estanterías de algunos supermercados intentando competir con otras más poderosas. No fue posible y desaparecieron, como los baños, cerrados hacia el año 2010.

Dormitan los baños ahora, alimentados quizá por el rumor de las gentes que hasta aquí llegaron en busca de consuelo para sus males. Cerca está el pueblo, que se presenta recogido, agrupado, con el pavimento de las calles casi recién puesto en su sitio. El lugar es pequeño y no demasiado deteriorado en sus construcciones, que conservan aún parte de su sabor popular, aunque ya muy deformado. La estructura urbana es anárquica, con una amplia plaza dominada por la presencia de la iglesia, cuya trasera da a la vega inmediata, y en la que se encuentra el edificio del Ayuntamiento y, delante, una bonita y enérgica fuente de piedra. Alrededor, un ambiente de silencio, casi recogimiento, acompaña a quienes, en horas normales del día, se encuentran en la calle o pasan por ella, sin tener mucho que hacer. Aludir aquí a la despoblación de estas tierras del interior de Castilla es como un mantra que se repite de manera rutinaria, como si con solo decirlo y por birlibirloque apareciera el remedio, sabiendo a ciencia cierta que tal cosa no va a ocurrir. En Alcantud la población ha bajado ya hasta los 50 habitantes que tienen como patrona a Nuestra Señora de los Afligidos, título ciertamente muy significativo pero que da lugar a alegres aunque sencillas fiestas primaverales.

Como sucede en casi todos estos lugares intermedios entre la Alcarria conquense y la Serranía, el edificio más llamativo es la iglesia parroquial, dedicada a la Asunción y que responde a la tipología rural, en posición tangencial al Ayuntamiento, en la plaza del pueblo. Produce la impresión inmediata de una gran austeridad en la construcción, sin aditamentos o adornos de ningún tipo, aunque se pueden observar algunos detalles de interés, especialmente en las dos muy diferentes portadas que ofrece. Ello ha sido resultado de una delicada tarea de restauración realizada en tiempos modernos, que ha permitido poner al descubierto los elementos procedentes del periodo protogótico, lo que otorga a esta sencilla iglesia un especial valor. Sin embargo, la construcción básica es obra del siglo XVI y fue entonces cuando debió desaparecer un amplio atrio con cerca de barbacana” del que ahora no hay rastro alguno.

La que sí permanece, intangible y abrumadora, es la Hoz de Tragavivos, que desde aquí también se puede recorrer hasta llegar al otro lado de las montañas, en las cercanías de Vadillos. Cerca del pueblo, ya en la salida por la carretera, la Laguna ofrece una imagen más placentera aunque tuvo fama antigua por ser criadero de sanguijuelas, bichejos muy apreciados por los curanderos de antaño y que hoy, bondad de los tiempos, no tienen ningún predicamento.

 

 

 

 

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