08 09 2022 LA ALEGRÍA DE VOTAR SIEMPRE Y VARIAS VECES

 


No se muy bien por qué al comienzo de las actividades políticas cuando llega septiembre se le llama inicio del curso político, entre otros motivos, según mi modo de entender estas cosas, porque iniciar significa reanudar algo que ha quedado interrumpido (como ocurre, por ejemplo, con la actividad docente, las competiciones deportivas, las temporadas teatrales y cosas semejantes)  pero en el caso de los políticos, suelen estar permanentemente en activo, sin distinguir entre invierno o verano, ni días laborables o festivos, ni mañanas o noches. Pero, en fin, ese término es uno de los latiguillos tópicos que están en uso y así habrá que aceptarlo, de manera que debemos considerar que a partir de estos momentos los que va a ocurrir es que la constante paliza verbal con que se nos obsequia diariamente va a ser incrementada a artir de ahora y quien sabe hasta qué niveles.

            Fue Aristóteles quien sentenció que el hombre es un animal político; lo dijo cuando aún no se había inventado lo del lenguaje inclusivo. En estos días tendría que corregir sus palabras y usar una expresión acorde con lo que mandan los cánones de lo vulgarmente correcto. En cualquier caso, lo que el filósofo griego pretendía decir es que la preocupación e interés por lo político se encamina a mejorar las condiciones de vida en las ciudades, y eso nos diferencia de los animales, pobres seres inferiores que desconocen las ventajas de participar en los mecanismos de organización de sociedades civilizadas. No estoy seguro de que la definición aristotélica tenga una plena aplicación en el mundo actual, pero desde un punto de vista teórico, vale. Sí es totalmente cierto que la política es uno de los elementos más activos de nuestra existencia, hasta el punto de que se encuentra presente de manera abrumadora allá donde quiera que dirijamos las miradas, lo mismo si es la tertulia de una barra de bar que el contenido de cualquier medio informativo. Las apelaciones que hacen algunos asegurando que tales temas no les interesan no pasan de ser brindis al sol, presunciones ficticias por llamar la atención, poses artificiosas. En realidad, no creo que haya ni un solo ser humano despreocupado por las cuestiones políticas.

            Mientras escrito este artículo, el presidente del gobierno y el líder de la oposición están discutiendo en el Senado. Es un encuentro muy esperado, de los que generan expectación. Cuando llegue la hora de que estas líneas sean públicas, ya todo el mundo sabrá cuál ha sido el contenido del debate y el resultado de la contienda, aunque eso está cantado: cada uno de los grupos proclamará la victoria propia. Así ha sido siempre y así será también en este caso, pues nunca hay excepciones ni cabe la remota posibilidad de que un partido reconozca méritos al contrario.

            Tenemos por delante un horizonte animado que nos va a llevar alegremente de una elección a otra y conviene estar preparados para tolerar estoicamente lo que se avecina sobre una sociedad seguramente cansada y, me temo, algo desencantada. Están ya muy lejos los días de la inocencia, cuando una generación entera, más muchos integrantes de la anterior, nos lanzamos con la más desprevenida de las ilusiones a disfrutar de la democracia, repitiendo, una y otra vez, que la principal manifestación del nuevo sistema era, precisamente, ir de elecciones, poder votar, estar en condiciones de elegir. Ya se que ahora está de moda que los nuevos voceros de los partidos que se autotitularon emergentes antes de mostrarse tan viejos y tópicos como los que ya había tienen a gala denostar los tiempos de la transición, aquel proceso que se desarrolló en España de una manera eficaz, brillante y creativa. Tanto que en un brevísimo tiempo se le dio a este país la vuelta como si fuera un calcetín.

            Quienes estuvimos allí recordamos, creo que con unánime o al menos mayoritaria concurrencia, las primeras elecciones democráticas, las del año 1977. En ese recuerdo tienen cabida las personas que entonces las protagonizaron. Ver, oír y poder hablar con políticos de la talla de Felipe González, Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Enrique Tierno Galván y tantos otros configuran una experiencia única, imborrable para quienes la vivimos. Como también eran únicos los comportamientos, el educado y correcto intercambio de opiniones, la pegada de carteles, el envío de propaganda electoral, los mítines, las reuniones informativas, la calidad de los mensajes, las abrumadoras colas en los colegios electorales, la tensión del recuento de votos en la noche decisiva, que se prolongaba durante horas y horas e incluso hasta el día siguiente. A esa noche, en la sede de UCD en Cuenca corresponde la imagen que he elegido para ilustrar este comentario. Me enternece la máquina de escribir del primer plano, una ya histórica Olivetti, tan lejos de los ordenadores, los portátiles y los móviles. Al fondo, los carteles nos devuelven imágenes de quienes ese día eran candidatos y fueron elegidos. Dos de ellos, Andrés Moya y Rafael Mombiedro, murieron hace años. Los otros dos son muertos recientes, de hace unos meses, Rodrigo Lozano y Gervasio Martínez-Villaseñor. Allí, en aquel día, se abrió el camino que nos ha traído hasta aquí. Me gustaría creer que en esta agitada temporada política y electoral que ahora se pone en marcha aún sería posible recuperar algo de aquella inocencia ilusionada con la que entramos de sopetón y sin pensarlo dos veces, en la democracia.

 

 

 

 

 

 

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