11 04 2021 UNA RIQUEZA INAGOTABLE EN FORMA DE AGUA NATURAL

 


Una empresa industrial cerrará sus puertas a final de mes. Otra, de similares proporciones laborales, abrirá dentro de poco y con ambos hechos contrarios parece que las cosas quedan más o menos equilibradas. En la debilísima estructura empresarial de Cuenca las dos noticias tienen su importancia; se le ha dado a la que se va y se le ofrece también a la que llega. Este es un capítulo de nuestra historia, la antigua y la reciente, que se viene escribiendo con más amarguras que alegrías, sobre todo en la capital provincial, cuyo repertorio de pérdidas ofrece jalones que están en la mente de todos, incluso de los menos informados. Por fortuna, en algunos lugares de la provincia la situación se mantiene con cierta estabilidad, con varios títulos empresariales de evidente valor en el peso de la economía nacional.

            En una situación tan inestable es oportuno volver la mirada hacia la que es con mucha diferencia la más antigua y constante actividad asentada entre nosotros y que, además, como cuenta con una materia prima que parece inagotable, se podría predecir para ella un futuro continuista de muy positivo horizonte. Hablo de ese lugar de inhóspito acceso y bellísimo destino situado en el fondo de una de las más espectaculares hoces que jalonan el espacio de la Serranía, Solán de Cabras, donde brota un manantial que, si hacemos caso a las historietas más o menos fundadas, ofrecía ya virtuosos remedios a quienes bebían sus aguas en tiempos muy remotos. No hace falta ir tan lejos, dejémoslo solo en los dos últimos siglos o, si se prefiere, en el último, que ha sido el de la expansión y la fama, a caballo de algo que ahora se pone mucho en valor pero que en los duros años de la posguerra española fue una auténtica proeza: la imaginación, la innovación, la búsqueda constante de ideas creativas.

            A Solán de Cabras se iba a tomar las aguas, bebiéndolas allí mismo o mediante inmersión en unas artesanales piletas. A un personaje sin especial renombre en Cuenca, Pedro López de Lerena, se debe la idea de construir un edificio en el que los usuarios del sitio pudieran alojarse con cierta comodidad. El balneario, reformado, aún sigue existiendo (en la imagen se puede ver). Ocurría tal cosa en los por tantos motivos recordados tiempos del rey Carlos III. El sucesor, Carlos IV, firmó la declaración de Real Sitio y el siguiente, Fernando VII, con su mujer, María Amalia, fueron huéspedes del recinto durante una larga temporada, abriéndolo así al conocimiento universal.

            Pero es el tiempo más reciente el que ha sido en verdad sorprendente. Todo empezó cuando la familia del Pozo decidió romper el esquema histórico y lanzarse a la aventura, embotellando el agua y poniéndola en el mercado, primero en farmacias, luego en tiendas y finalmente lo nunca visto, en los supermercados. Se montó una red de distribución que empezó a llegar a los últimos rincones del país. Inventaron la popularísima botella azul que se convirtió en objeto del deseo para millones de coleccionistas. Y en una labor increíble de marketing (cuando aún no se conocía esta palabra) consiguieron colocarla en la mesa del Consejo de Ministros, en las más pomposas ruedas de prensa o en competiciones deportivas de alto nivel.

            En el corazón de la Serranía de Cuenca, en un bellísimo espacio natural, una cárcava de poderosa textura protege el pequeño manantial que desde el origen de los tiempos ofrece salud y, ahora también, riqueza, mediante una estructura empresarial que, pese a algunas tensiones antiguas, parece mantenerse con solidez y firmeza. Y eso, en época tan convulsa e inestable, sobre todo en economía, es un bien ciertamente muy preciado.

 

 

 

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