24 12 2020 UN ESPACIO URBANO PARA DESCUBRIR Y VER

 


  No hace ninguna falta que mi voz se una al coro, que imagino mayoritario, por no decir unánime, de quienes se felicitan de que al fin haya abierto sus puertas la Colección Roberto Polo, bienaventurada noticia que imagino hace felices incluso a quienes no tienen ningún interés en el mundo del arte o a los que piensan (alguno hay) que aquí hacen falta más fábricas y menos museos. Opiniones hay y debe haber, siempre, para todos los gustos. Aparte tales individuos quedamos los demás, insisto, aparentemente formando mayoría, que sí creemos en la bondad de tales instituciones y en el beneficio, también económico, que de ellas se deriva para el lugar en que se implantan.

      Los impulsores de este proyecto han sido constantes (podríamos decir “cabezones”, utilizando un término que estos últimos días se ha puesto muy de moda) en mantenerlo en vigor hasta el feliz resultado final, pasando por alto obstáculos tan variados como la singular a la vez que sorprendente actitud entorpecedora mantenida por la anterior corporación municipal, disparate que solo ha servido para retrasar tres años la llegada efectiva de la Colección y que el precedente alcalde no pudiera disfrutar de los fastos publicitarios derivados de la inauguración, a lo que se unió luego la posterior y todavía vigente pandemia, que también ayudó a estorbar lo conveniente. Superados estos y otros obstáculos, el nuevo museo está disponible y recoge ya las primeras opiniones favorables.

      Pero como digo al comienzo no es de esto de lo que deseo hablar, al menos de una manera directa, sino de un factor estrictamente urbano que también me parece del máximo interés. Las ciudades, en general, y Cuenca es en ello un caso paradigmático, están sujetas a una serie de códigos que inciden en la forma en que los habitantes propios, pero sobre todo los visitantes, suelen visitarla o recorrerla. Hay lugares, calles, plazas, jardines, que se incluyen en un recorrido prioritario al tiempo que otros que permanecen apartados, olvidados, indignos de merecer la curiosidad de unos y otros. Siempre me ha llamado la atención el desapego generalizado hacia un circuito verdaderamente admirable, pleno de sugerencias visuales y de encanto y ese es, precisamente, el que forma el paseo exterior del casco histórico desde la Plaza Mayor, cruzando todo el barrio de San Martín y bordeando la espectacular formación urbanística de Los Rascacielos, hasta llegar a las inmediaciones de El Salvador. Para explicar este olvido tanto en paseantes individuales como en rutas turísticas organizadas se puede recurrir a dos justificaciones. La primera, que en ese trayecto hay un solo edificio monumental, precisamente la iglesia de Santa Cruz, de la que solo se podía contemplar la fachada; otra, mucho más prosaica, pero digna de tener en cuenta, que en semejante recorrido no hay ningún bar o restaurante, pretexto fútil, sin duda alguna, pero que tiene su importancia, porque las cosas cambian mucho cuando hay cerca un local de esa naturaleza.

      Así han sido las cosas hasta ahora y yo espero, con sólido fundamento, que cambien en adelante, porque la apertura de la Colección Polo en la iglesia de Santa Cruz proporciona el pretexto necesario para que los paseantes habituales de Cuenca, propios y extraños, encuentren un motivo suficiente para llevar sus pasos hacia uno de los más atractivos entramados callejeros que ofrece esta ciudad. La experiencia de caminar teniendo a un lado el considerable soporte edificado que ofrece la trasera de la calle Alfonso VIII y al otro el espectáculo siempre estimulante del río Huécar, con la admirable formación rocosa que se forma en la hoz, y a sus pies el bonito barrio de Los Tiradores, es tan saludable que bien merece la pena hacerla una y otra vez. Y eso salimos ganando.

 

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