14 11 2020 EL ARTE DE BIEN COMER EN UN SITIO AGRADABLE

 


El arte de bien comer en un sitio agradable

     Después de muchos meses de espera, se ha desvelado el presunto misterio de poder conocer al fin el nombre del adjudicatario del mesón de las Casas Colgadas, que es justamente el que se esperaba desde el primer momento, por lo que no ha habido sorpresa alguna y el laborioso trámite se podría haber resuelto en un santiamén, pero hay gente aficionada a mantener estos teatrillos de ficción, enlazando informes, propuestas, análisis, valoraciones, puntuaciones, baremos, opiniones de expertos y demás ingredientes de la parafernalia burocrática para llegar finalmente al punto de partida. Aparte este juicio, que es de mi propia cosecha, como se puede comprender, la noticia es positiva porque abre el camino a lo que verdaderamente importa, que el que fue emblemático restaurante de Cuenca vuelva a abrir sus puertas, con la intención, segura, de recuperar pronto el papel predominante que tuvo y acceder a una posición destacada en el ranking nacional.

      Todo lo que tiene que ver con el arte de preparar los alimentos y servirlos de manera adecuada en un lugar público ocupa en estos momentos un espacio destacadísimo en el cuadro donde se anota el interés popular. Basta con ver la incontenible sucesión de espacios televisivos dedicados a semejante cuestión para tomar conciencia de que la cocina ha superado con mucho el papel tradicional de cubrir una necesidad cotidiana y colectiva. Es todo un mundo de fantasía, creatividad, técnica y sabiduría, un auténtico placer para los sentidos y, por supuesto, para el estómago.

       No soy un experto, ni mucho menos, pero disfruto cuando tengo la ocasión de vivir alguna interesante experiencia culinaria, de esas que añade un punto de novedosa experimentación, en la que se juega con los productos naturales para extraer de ellos sugerencias muy apetitosas. Hasta donde llega mi limitado conocimiento de tal materia creo poder decir que en los últimos años, en pocos, han surgido en Cuenca y en bastantes lugares de la provincia, varios restaurantes que han venido a dignificar este sector, superando aquellos conceptos que lo vinculaba a la cocina tradicional. Que bien está ensalzar las maravillas del cordero, el morteruelo y la trucha, pero hay otros muchos recursos merecedores de estar en los platos, tratados con imaginación y gusto.

       Fue el mesón de las Casas Colgadas, abierto en 1966, el singular punto de referencia que comenzó a situar a Cuenca en el mapa de la restauración, pequeño milagro que hicieron dos artífices de la cocina local, Pedro Torres y Julián García, al dar un primer paso abriendo la Hostería de la Trucha, en Tragacete, el único lugar en que se podía comer bien por entonces en los pueblos de nuestra Serranía, experiencia que luego trasladaron al restaurante Togar, de donde dieron el salto a las Casas Colgadas. Luego ambos se separaron y siguieron caminos diferentes, Julián más conservador, Pedro más atrevido y con un notable don de gentes, que le llevó a abrir el histórico Figón de Pedro, auténtico cenáculo gastronómico conquense, empresa que complementó poniendo en marcha el no menos histórico certamen periodístico del Tormo de Oro (la foto, de Pinos, corresponde a la presentación del concurso en la Ciudad Encantada, bajo el Tormo de piedra), galardón que se entregaba cada año al final de una Semana Gastronómica, en la que participaban también cocineros de otros lugares del país.

      Esto es sólo un ligerísimo apunte sobre la evolución del arte del bien comer en esta ciudad. Ahora, como he dicho antes, hay un buen repertorio de sitios en que se puede estar a gusto. A ellos se une, recuperado, el mesón de las Casas Colgadas. Y está muy bien.

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