07 11 2020 LA CASI IMPOSIBLE POSIBILIDAD DE UN MERCADO

 


      Uno de los más deprimentes espectáculos que se puede contemplar en Cuenca en estos momentos (por cierto, nada propicios para el optimismo, como todo el mundo sabe o presiente) se encuentra en el interior de un agonizante edificio calificado irónicamente como mercado municipal, por más que, en un rasgo de prudente discreción, tal título no aparece explícito por ningún sitio de las fachadas. Este es el primer síntoma de que el promotor y dueño de la instalación, el Ayuntamiento de la ciudad, nunca se ha sentido especialmente orgulloso de sus características, a diferencia de lo que sucede en el resto de lugares donde, si mis recuerdos no fallan, siempre hay un letrero bien visible que proclama públicamente la naturaleza del inmueble.

      Con independencia o no de que exista tal rótulo, el edificio al que todos conocemos como mercado ha derivado con el paso de los años en cualquier cosa, menos en mercado, en un proceso imparable que finalmente nos puede llegar a concluir en la afirmación de que en Cuenca no existe tal establecimiento, consustancial en cualquier otra ciudad que se precie. En buena parte de ellas, el edificio es uno de los monumentos cívicos más valiosos, que se muestra con orgullo a los visitantes, no solo por sus características arquitectónicas sino también por la variedad y originalidad de los puestos interiores y el tipo de productos que se ofrecen. De todos los que conozco, probablemente el más vistoso y sugerente, una delicia para la vista y el olfato, es el Mercado Central de Valencia, en cuyo interior puede estar uno paseando horas y horas contemplando maravillas de todo tipo. Recuerdo también, por su original disposición, el de Santiago de Compostela e igualmente el último incorporado a mi repertorio personal, justo cuando llegaba la pandemia, el de Burgos. Son solo unos nombres, entre otros muchos de España y del exterior.

      Cuenca lo intentó primeramente con el mercado que se montó en el solar resultante del derribo de la iglesia de San Vicente y fue un fracaso. Luego, ya a comienzos del siglo XX, construyeron el situado en la Plaza de los Carros, que sí llegó a ser un auténtico mercado. Hasta que surgió la desdichada idea de sustituirlo por otro, más moderno (falacia que siempre se usa para estropear lo que ya existe y funciona) y así tomó forma el desdichado mamotreto, incómodo y disfuncional, que ahora se cae a pedazos, abandonado por sus presuntos usuarios y, desde luego, por los consumidores.

      Entrar ahora allí produce una impresión desoladora. Abandonados ya por completo los pisos superiores (gravísimo error de quien pensara semejante disparate) sólo quedan abiertos un par de puestos de frutas en la planta baja; poca cosa, apenas nada, que sirven para abastecer a los pocos fieles compradores que aún se acercan hasta allí. Mientras, la incontenible avaricia burocrática municipal ha ido apoderándose de todos los espacios posibles, pero en situación de evidente incomodidad y disfuncionalidad.

      Esto que digo no es ningún descubrimiento ni encierra sorpresa alguna para nadie. El Ayuntamiento lo sabe de sobra y por eso lleva años, docenas de años ya, anunciando reformas que nunca llegan entre otras cosas porque, probablemente, ya son innecesarias. Y es que, a mi juicio, los conquenses hemos perdido por completo la costumbre cotidiana de ir al mercado, sustituido por los centros comerciales. Es muy dudoso que un nuevo edificio construido con esa finalidad fuera capaz de romper la actual inercia y conseguir que volviéramos a un lugar en el que encontrar frutas, verduras, carnes, pescados, salazones, bebidas y todo lo demás, servidos por un amable dependiente que nos informa, da conversación, nos conoce, pregunta por la salud y la familia. Lo que se llama la cercanía del dependiente con el consumidor. Lo que ofrecía el mercado que, me temo, nunca más volveremos a tener.

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