03 02 2018 CAMINANDO HACIA EL AÑO CIEN



Caminando hacia el año cien

Hay una serie de lugares comunes, que se repiten -repetimos- de manera continuada, como si cada vez que se hace la afirmación fuera completamente nueva, un descubrimiento que el emisor de la idea transmite convencido de su originalidad. Pues no: son cosas que repetimos a pesar de ser bien conocidas. Por ejemplo, el incontenible deterioro del comercio local, apabullado por las grandes superficies de la periferia, la invasión de franquicias que igualan a todas las ciudades del país y la competencia, que dicen desleal, de los chinos sin horarios ni fiestas de guardar. Dentro de ese panorama hay un sector específico que genera lamentos, en especial de quienes tenemos especial afición por lo que en ellos se encuentra: las librerías. De vez en cuando nos llegan las noticias de alguna, incluso muy emblemática, que en cualquier lugar del país se ve obligada a echar el cierre, naturalmente por falta de clientes que han decidido ponerse en manos del Amazon de turno o, sencillamente, dejar de comprar libros.
       Conservo una pequeña joya literaria que su autor, José Luis Jover, me regaló hace un par de años. Buscando a Railowsky, se llama; es un librito de pequeño tamaño y apenas 30 páginas de texto pulcro y elegante, a la vez que extraordinariamente cargado de sugerencias que, en un estilo muy directo, nos transmite la impresión que le produjo encontrar en Valencia una singular librería cuyo ambiente recogido invitaba, sencillamente, a sentirse bien. Con la habilidad que caracteriza al buen escritor que es, Jover realiza un auténtico ejercicio de intriga narrativa en el desarrollo de sus experiencias íntimas en aquella librería, ante cuyo escaparate yo también he pasado algún tiempo.
        Cierran comercios y librerías, en toda España. En Cuenca, en los últimos años, han echado el cierre algunos antiguos establecimientos históricos, como Las Tres BBB, Mercería Alonso, Forriol, Almacenes González, El As de Bastos… Y, curiosamente (o, al menos, es algo que me resulta muy sorprendente) los dos más antiguos comercios de la ciudad siguen abiertos y, en el colmo de la sorpresa, son dos librerías. Como si en esta ciudad, tan contradictoria en naturaleza, urbanismo y carácter humano, también se quisiera llevar la contraria al resto del mundo en una cuestión tan delicada. La librería de Vicente Escobar, hoy de Fernando Evangelio, abrió sus puertas en 1924, en la llamada ahora Plaza de la Hispanidad; su dueño actual tuvo el buen gusto y mejor criterio de mantener la singular armazón de madera que forma un llamativo decorado natural cuya belleza no me canso de contemplar cada vez que entro en ese local. Cuatro años después, en 1928, otro Fernando Evangelio, sacerdote, abrió la Librería Católica, en el centro de Carretería, con la benemérita intención de regar con libros sagrados e imágenes el deteriorado ambiente religioso de la provincia y ahí sigue, con su título campando en la fachada, a cargo ahora de Juan Evangelio.
       A mí me parece muy emocionante, casi conmovedor, que los dos establecimientos comerciales más antiguos de Cuenca sean dos librerías y que ambas caminen, con los tropezones y esfuerzos consiguientes, hacia sus primeros cien años de vida. Si esta ciudad fuera de otra manera diferente a como es, se produciría alguna especie de declaración de utilidad pública para conseguir que se mantuvieran abiertas y vivas lo suficiente para llegar a cumplir esos cien años que ya ven casi a la vuelta de la esquina, como el corredor de la maratón percibe en la lejanía del estadio la pancarta de la meta. O que hubiera un complot colectivo, con participación activa de quienes amamos los libros y la escritura para mantenerlas vivas. Y que hubiera un Jover que, como a Railowsky, contara las emociones y vivencias que se esconden entre esos anaqueles.

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