EL PINO LORITO, SÍMBOLO DE CAÑADA JUNCOSA
Estos días pasados, el nombre de Cañada Juncosa ha salido del cómodo estado de anonimato en que se encontraba para alcanzar un cierto, inesperado protagonismo. Ocurrió que en la autovía A-3, a la altura de Honrubia, chocaron entre sí dos camiones, con la secuela de un espectacular incendio que obligó a cortar durante unas horas el tráfico por ese lugar. La solución, desviarlo durante unos kilómetros por la antigua carretera nacional para enlazar nuevamente con la autovía precisamente en Cañada Juncosa, el pequeño lugar que es hoy protagonista de esta columna y que cuando aparece en el horizonte proporciona una estampa humilde y una apariencia de cierto desorden urbanístico, resultado de la precipitada evolución desde la arquitectura popular de antaño a los requerimientos de la modernidad. Hay que abandonar el asfalto para entrar en estas calles con el ánimo predispuesto a lo que se pueda encontrar. Un campo de cereal, en plena granazón, nos acompaña hasta la entrada del pueblo, lo que evidencia, sin necesidad de mayores averiguaciones, que aquí campo y urbe están ligados con total intimidad. En cuanto al nombre del lugar, puesto que son términos de diáfano castellano no parece haber muchos problemas de identificación ni hay que recurrir a etimologías complicadas: una cañada, como se sabe, es el lugar acotado para el paso de los ganados mientras que juncosa deriva sin problemas del sustantivo junco, planta cañiza.
Aunque en algunos lugares
se afirma que es un pueblo de construcciones blancas, la realidad no se
corresponde totalmente con ese aserto; quizá lo fue en lo antiguo pero en estos
tiempos el cromatismo invade todos los lugares y en el caso de Cañada Juncosa
la tonalidad predominante es la ocre o marrón, como se detecta fácilmente en la
primera visión de conjunto con la techumbre de la iglesia dominando claramente
por encima de los tejados de las viviendas. Luego, entrando en el pueblo, sí se
pueden encontrar algunas viviendas blancas, muy luminosas y, por eso mismo, de
imagen agradable.
Desde su primitivo
poblamiento, seguramente a partir de la Reconquista, Cañada Juncosa fue aldea
de El Cañavate hasta que a finales del siglo XVI aparece como lugar
diferenciado, pero con un matiz muy curioso, que recoge el político y cronista
Madoz en su popular Diccionario: “Esta población ha sido
hasta el año 1835 anejo de 4 villas, estaba dividida en igual número de
barrios, uno de ellos sujeto a la villa de Alarcón, otro a la de El Cañavate,
otro a la de Honrubia y otro a la de Vara de Rey; cada uno se gobernaba por su
alcalde pedáneo y desde dicho año, en razón de la nueva ley de Ayuntamientos,
se reunieron los cuatro barrios y forman una sola población”, con la corrección
de que, donde dice Vara de Rey, en realidad debe decir Tébar. Y así llegamos al tiempo
actual, en que el pueblo, disminuida su población, como en tantos otros sitios,
dormita apaciblemente esperando algún acontecimiento que le haga salir de la
monotonía.
Hay tranquilidad en las
calles, bien ordenadas y tranquilas. La iglesia tiene una noble y sólida
apariencia. Es obra del siglo XVI y encaja en ese estilo ecléctico que se
ampara bajo el concepto de “arquitectura popular”, sin autor conocido, pero el
que hizo este templo aportó un par de detalles dignos de consideración, que dan
al edificio una singularidad especial. El primero es la sencilla a la vez que
elegante portada, muy atractiva; se forma con un arco de medio punto, sin
aditamentos decorativos para cubrirlo, hay una cornisa de cuyos extremos
cuelgan dos pedestales que caen hasta media altura pero es que por encima de la
cornisa y envolviendo la cabecera del arco aparece un alfiz del que transpira
un inconfundible aroma arábigo. Ese es un detalle. El otro se encuentra en la
espadaña de sillería, bellísima en su concepto, con una composición ciertamente
equilibrada. Y para rematar, miremos a un originalísimo ventanal enrejado en
esquina, elemento sorprendente del que se encuentran pocos ejemplos por estas
tierras y que revela, como he dicho ya antes, que el maestro de obras que
realizó ésta era sujeto de luces suficientes como para salir de las normas
establecidas y dejar su seña de personalidad en una obra marcada por la
severidad austera. Dentro de la iglesia, que es de una sola nave, sin excesos
decorativos, conviene detener la mirada en el artesonado del presbiterio, en el
que quienes entienden de estas cosas encuentran una cierta influencia mudéjar.
El pueblo tiene, como es
natural, su Plaza Mayor, que no responde a los cánones establecidos para estos
recintos urbanos. No es cuadrada ni rectangular, más bien tiene una traza
disforme, como si la hubieran ido elaborando a empujones, lo que ha venido a
despersonalizarla del todo. Aquí se encuentra el Ayuntamiento, nuevo y por
tanto, sin ninguna gracia. Delante, captando el protagonismo del lugar, hay una
especie de plazoleta vegetal, con unos pocos árboles y una escultura que, como
la anterior, tampoco tiene identificación de autor y que parece representar,
según me dice un amable señor que sestea a la sombra del mediodía, la figura de
un segador, con un tenedor en una mano y una bota de vino en la otra.
No hay monumentos que ver
en Cañada Juncosa, aparte la iglesia, pero sí un elemento natural muy
atractivo, el espectacular Pino Lorito, que se encuentra en las afueras,
siguiendo el camino del Calvario. No solo es llamativa su textura, con una copa
de más de cuarenta metros, y también su edad, pues se le calculan más de
doscientos años, sino quizá sobre todo por su extraordinaria ubicación, en un
campo sembrado, en el que destaca sobremanera la presencia de este soberbio
ejemplar solitario, que en estas tierras manchegas aporta una imagen
verdaderamente notable, como si por aquí no pudiera haber árboles de esta
naturaleza. Pues los hay y el Pino Lorito es un buen ejemplo. Pertenece a la
especie pinus pinae y tiene un tronco recio que va aumentando en anchura a
medida que se eleva en altura, de donde salen tres grandes ramas que se
subdividen y dan lugar a una copa muy extendida. El nombre le viene, por lo que
me cuentan en el pueblo, de un antiguo propietario del terreno, a quien se debe
la buenísima idea de indultar este árbol cuando decidieron talar todos los
demás, dejándolo como está ahora, solitario, orgulloso, mostrando imperturbable
la dignidad de la especie. Al fondo, en la lejanía, se percibe más que se ve el
tráfago de la A-3.
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