CAÑADA DEL HOYO, AL AMPARO DE SU ESPECTACULAR CASTILLO

 


Mucho antes de llegar al pueblo es visible el conjunto urbano de Cañada del Hoyo, perfectamente agrupadas las viviendas al amparo del espectacular castillo que desde lo alto de un cerro domina con amplitud no solo el recinto habitado sino muchos kilómetros a la redonda, de manera que bien se puede decir, sin caer en un error, que es una de las fortalezas visualmente mejor colocadas de las muchas que hay en la provincia de Cuenca, ofreciendo una imagen muy atractiva, que nos viene acompañando desde hace cientos de años, porque a pesar de los sucesivos desastres con que la historia ha castigado a este país, el castillo del Buen Suceso permanece casi inalterable, aunque en los últimos años haya sido remodelado para servir ahora de residencia familiar.

El lugar se empieza a ver muy pronto, en cuanto la carretera deja atrás la zona amesetada en la que intenta arraigar un puñado de jóvenes pinochos, para precipitarse cuesta abajo (11% de desnivel se nos informa) en busca del cauce abierto por el río Guadazaón. Hay aquí un muy bello juego de niveles, de subidas y bajadas, de cerros, lomas y oteros que entretienen su ocio eterno en dibujar en el horizonte líneas que van y vienen. Desde una de ellas, en alto, contemplamos el dilatado paisaje que se extiende a nuestros pies y que se pierde más allá de las montañas, que imaginamos abruptas y severas, concentrando en su seno mágicos ensueños. Como en el fondo de una bolsa protectora está el pueblo, Cañada del Hoyo, situado en plena Serranía de Cuenca, en el extremo final de la sierra de Palancares. El término cañada es de uso común en el lenguaje ordinario y tiene varias acepciones. La que conviene aplicar aquí es la que se define como un espacio de tierra entre dos alturas poco distantes entre sí pero también es muy conocida la que tiene que ver con la trashumancia o transporte de ganados para hacer el recorrido anual desde las tierras frías a las templadas y viceversa.

Aldea de Cuenca a partir de la Reconquista, en el testamento del cardenal Gil de Albornoz es citado el Hoyo de Cuenca como una de sus posesiones, que años después, durante las turbulencias dinásticas internas que sacudieron el reino de Castilla, terminó por caer en manos del marqués de Cañete, encantado con esta posesión que cuidó con mimo y que utilizó a tiempo completo para zarandear en debida forma a todo el que se le pusiera al alcance de la mano. Luego llegaron tiempos peores, los de la Desamortización, y el castillo fue pasando de mano en mano hasta que los carlistas lo descubrieron y transformaron otra vez en fortaleza belicosamente activa.

La bienvenida al pueblo nos la da un calvario de los que aún permanecen en las inmediaciones de tantos lugares conquenses, punto de referencia antigua para la celebración de viacrucis penitenciales. Metros más allá, las ruinas de la ermita de San Sebastián aún alzan algunas señales visibles de su original estructura. La carretera se convierte pronto en calle que organiza dos sectores urbanos, uno a cada lado, más antiguo y popular el que queda a la izquierda, mientras la carretera sigue camino adelante, en busca de las lagunas y de Valdemoro de la Sierra.

El trazado del callejero urbano es muy irregular, condicionado por la situación topográfica del lugar, con una construcción, en general, de buena calidad, con ejemplos aún valiosos de la construcción tradicional de la comarca y ello a pesar de los ataques producidos últimamente por la modernidad arquitectónica, algo que parece inevitable. Dos plazas son los elementos esenciales definidores del espacio. Se llaman, con lógica esencial, Plaza de Abajo y Plaza de Arriba. Aunque está feo hacer distinciones en este terreno, no hay más remedio que reconocer que la Plaza de Arriba es más importante y no sólo porque resulta espacialmente de mayor amplitud, sino por los toques de distinción que en ella confluyen: el Ayuntamiento, un edificio de noble fábrica popular y la trasera de la iglesia, además de la fuente principal, adosada al antiguo lavadero público, sobre el que ahora se ha construido un digno edificio moderno, que sirve de centro social.

La iglesia no es un edificio especialmente destacado, enclavado en ese grupo heterogéneo al que se suele aplicar el concepto de arquitectura popular, sin padre reconocido. Está muy encajado en la estructura urbanística, en la parte alta de la población y hacia el exterior no ofrece ningún detalle de especial interés; la fábrica es de mampostería con cubierta a dos aguas y la puerta principal es de extrema sencillez, formada apenas por un arco de medio punto situado en posición lateral. Cerca se puede observar una ventana de arco apuntado, probable resto de la primitiva construcción. Hay otra puerta, cegada hace ya tiempo, en el muro norte, que da a la plaza. A los pies del templo se levanta la espadaña de dos ojos de medio punto sobre el que se alza otro más en el centro de ambos. Lo más valioso, según cuentan, está en el Museo Diocesano, donde conservan y custodian una valiosa colección de orfebrería religiosa, entre la que destaca una cruz gótica de bronce, con valiosos esmaltes y una cruz procesional de estilo renacimiento, de plata, obra del siglo XVI.

En el término de Cañada del Hoyo se encuentra también la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, situada en un espléndido paraje, al que se accede por un camino que sale de la población y bordea el castillo, para llegar a los bordes del ferrocarril, justo donde se encuentra el espectacular Viaducto del Milano. La imagen, de extraordinaria devoción en toda la comarca, fue encontrada por un pastor en un momento indeterminado, aproximadamente en el siglo XV acompañada por una de las inevitables leyendas piadosas que suelen acompañar a estos descubrimientos. De la importancia que esta imagen tiene en toda la comarca, incluida la capital, da cuenta un solo detalle: el primer viaje del ferrocarril Cuenca-Utiel se hizo para trasladar pasajeros desde la capital a la romería de los Ángeles. Qué tiempos aquellos, en que había un ferrocarril cruzando por estos hermosos paisajes.

Cerca quedan las lagunas, ya citadas; son siete y forman uno de los parajes más atractivos de cuantos hay en la Serranía. A pocos kilómetros está Los Oteros, un caserío que también nos lleva a tiempos remotos. Son visitas que merece la pena hacer. Solo hace falta encontrar el tiempo necesario.

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