UNA SORPRENDENTE ERMITA RUPESTRE EN CAMPILLOS DE LA SIERRA


Casi todos los pueblos quedan identificados por un detalle concreto, un monumento, un paraje, una costumbre social o folklórica. Campillos de la Sierra no es una excepción y tiene también su elemento definidor con el añadido, no menos curioso, que la conservación del paraje no solo está a cargo del pueblo, sino también de otros tres, en una suerte de responsabilidad colectiva que todo el mundo acepta con normalidad.

Campillos de la Sierra es un lugar del marquesado de Moya, en el sector nororiental de la provincia de Cuenca, en una de las posiciones de mayor altitud que haya en la provincia, 1.253 metros, en el corazón de las sierras de Cañete y de Valdemeca. De su historia se sabe poco, porque escasos han sido los acontecimientos que por aquí han tomado forma a lo largo de los siglos. Con toda seguridad, se trata de un pueblo surgido al amparo de la tarea de repoblación emprendida en los páramos serranos tras la conquista cristiana del territorio, a finales del siglo XII, si bien no está bien definido desde dónde se impulsó esa repoblación, porque parece que la capital, Cuenca, no tuvo mucho que ver en un proceso que le quedaba muy lejos.

No hace falta invertir muchas palabras para hablar de la magnífica disposición natural del paisaje que da carácter a estos espacios serranos, sobre los que crecen abundantes masas de pinos y quejigos, con algunas sabinas aisladas que han podido resistir la masiva destrucción de este hermoso árbol y entre los cuales corren multitud de arroyos pero sobre todo el que al llegar aquí recibe el nombre de río de Campillos, que en realidad es el mismo que en su primer tramo recibe el nombre de La Laguna, al atravesar los términos de Laguna del Marquesado (donde nace) y Huerta del Marquesado. A ambos márgenes del recorrido fluvial surgen gran cantidad de fuentes y manantiales. Estas montañas hoy ya están prácticamente despobladas de seres humanos, pero todavía sobreviven en estado más o menos ruinoso, algunos de los rentos que sirvieron para dar ocupación y vivienda en tiempos antiguos. También hay inconcretas noticias sobre posibles yacimientos mineros, cosa común a otros muchos lugares de la Serranía, en que durante décadas se alimentó el utópico sueño de poder encontrar generosos veneros de los más variados minerales, incluyendo oro y plata. Al final, como suele ocurrir siempre, todo queda en un sueño.

La realidad es la que nos lleva de la mano al interior del pueblo, que se articula en torno a un gran espacio de perímetro irregular, la Plaza Mayor, de considerable amplitud espacial, formada por edificios particulares y el Ayuntamiento, de moderna arquitectura. El conjunto de la edificación ha sido totalmente renovado, de manera que apenas si quedan ejemplos de la construcción tradicional, salvo un excelente repertorio de pajares, en el sector próximo a la ermita de San Antonio, una espléndida colección de elementos aislados, destinados en origen al almacenamiento de aperos de labranza y grano, edificados en mampostería vista y casi todos con cubiertas a dos aguas, sin huecos en la mayoría y con una sola puerta para el acceso. Entre estos elementos, la iglesia parroquial destaca poco, porque es una construcción de carácter popular y planta marcadamente rectangular con cubierta a dos aguas sobre la que se alza una pequeña espadaña. El interior, de una sola nave, carece de ingredientes decorativos pero sí hay que poner énfasis en la bóveda constituida por cerchas de madera que, al parecer, estuvieron policromadas anteriormente. En el presbiterio se encuentra un retablo de bastante interés, como también lo tiene la pila bautismal, labrada en una sola pieza, seguramente de origen románico o gótico.

Pero es hora de satisfacer el posible interés que haya despertado en el lector la alusión inicial contenida en este artículo a una singular ermita que es, ciertamente, algo muy sugerente. Entre los ríos Campillos y Tejadillos se alza el cerro de Altarejos, que destaca en el ámbito de un profundo valle, a 5,4 kilómetros del pueblo. Al pie del cerro se encuentra la ermita, construida en un cerro de blanda arenisca, que tiene dos cuerpos: uno exterior, de mampostería, con cubierta a dos aguas y cerchas de madera y otro posterior pero enlazado directamente con el anterior, excavado en la arenisca, tal y como, según la tradición, pidió la Virgen, Nuestra Señora del Pilar de Altarejos, al pastor de Valdemoro al que se apareció. El recinto está formado por el lugar en que se sitúan los fieles, una sacristía y un pasillo que circunda por detrás el altar, que así queda aislado. Al fondo se sitúa la imagen titular cuando es trasladada desde la iglesia de Campillos donde ahora habitualmente reside. Por detrás se abre una pequeña oquedad también labrada en la roca en la que, previsiblemente, estuvo situada la imagen original (de ahí el título de “pilar”) ampliándose posteriormente el espacio mediante la labra completa de la cueva. Al lado de esta oquedad se encuentra el origen del también primitivo manantial, al que se ha practicado una salida para verter al exterior, donde ahora se puede efectuar el suministro de agua.

Delante de la ermita quedan todavía restos de la que fue casa del ermitaño. La ermita estaba al cuidado de catorce pueblos de la comarca, cada uno con su día de peregrinación además de la general de la festividad pero en la práctica, el culto y el cuidado de la ermita queda hoy circunscrito a solo cuatro lugares: Campillos de la Sierra, Huerta del Marquesado, Valdemoro de la Sierra y Tejadillos. Había también un albergue de peregrinos, con cuatro entradas independientes, una para cada uno de los pueblos citados.

La tradición repite, de manera incansable y con absoluta convicción, que el día 1 de septiembre del año 1208, en un montículo rocoso y forestal, en el paraje conocido como Altarejos, al lado del río de Tejadillos, el pastor José Gil Páez, vecino de Valdemoro de la Sierra, que estaba allí custodiando su rebaño de corderos, vio abrirse una gran piedra en la roca y dentro, resplandeciente, luminosa, apareció la imagen de una Virgen. Alertó al vecindario más próximo, que era el de Campillos, que se trasladó en pleno, con el cura párroco, al lugar y así se produjo la confirmación colectiva de cuanto había contado el pastor. En ese mismo lugar se construyó la primitiva ermita, que a lo largo de los tiempos y los cambios ha llegado a ser la que hoy vemos, y en torno a la que se mantiene con idéntica firmeza la devoción de los pueblos de la comarca. En su interior posee un excelente retablo barroco, del siglo XVII, restaurado a finales del XX.

 


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