CAMPILLOS PARAVIENTOS, UN PARAÍSO JUNTO AL CABRIEL

 


Los aficionados a buscar complicadas explicaciones etimológicas a los nombres un tanto extraños de algunos pueblos, lo tienen fácil al llegar a Campillos Paravientos, cuyos elementos nominativos son tan sencillos y claros que no admiten teorías arriesgadas. Un lugar de campos pequeños alzado en un montículo combatido por todos los vientos imaginables. Esa fue la idea inicial de quienes bautizaron el lugar y esa sigue siendo, en buena medida, la característica básica de este bonito pueblo que podemos encontrar en las tierras del marquesado de Moya, en la carretera de Cañete a Landete. Los cronistas del territorio y en concreto de este pueblo, aseguran que en los repertorios medievales aparece citado como Campillos de Gormaz pero a partir de 1440 y sin que haya ninguna explicación aparece el título definitivo que ha llegado hasta nosotros, lo cual abre las puertas a cualquier tipo de especulación. Por mi parte, y sin tener la menor intención de entrar en discusiones seudohistóricas, diré que entre este pueblo y Fuentelespino de Moya, se encuentra la torre de Ben Gomar; la similitud de este nombre con Gormaz puede hacernos pensar en una directa relación entre ambos, probablemente en tiempos islámicos hasta llegar a la situación actual, por vericuetos muy poco conocidos.

Aparcando pues esas cuestiones, que aquí no tienen más que un interés tangencial, conviene detener la mirada en una topografía sumamente atractiva, con todos los ingredientes de los paisajes serranos, en una agitada sucesión de cerros y colinas entre los que se abre paso la hoy cómoda carretera, que sustituye con ventaja a los históricos caminos carreteros, que antes, como ahora, avanzaban entre bien poblados rodales de pinos laricios y sabinas albares, junto con abundantes matorrales, como chaparros, aliagas, espliego, romero, enebros y todo lo que la naturaleza es capaz de ofertar sin que nadie se lo exija, pero el elemento clave, al menos para mi particular gusto, es la presencia del río Cabriel, que cruza el término en su práctica totalidad y que al llegar a Campillos Paravientos lo rodea por una profunda hondonada en la que construyeron un puente, hoy ya en desuso, porque el nuevo camino asfáltico va por otros senderos, ahorrando tiempo y esfuerzo al tráfico moderno. Pero el puente sigue ahí, espléndido en mitad del paisaje, seguramente deteriorándose día tras día porque no creo que nadie se esté cuidando de mantenerlo. El Cabriel, que es río bellísimo y muy generoso, alimenta con sus aguas una fecunda vega hortelana, tradicionalmente bien reconocida en la comarca.

Eso, dicho a bote pronto, es lo que hay por fuera, rodeando el casco urbano, que está encaramado sobre una colina, a 1175 metros de altitud muy respetable, en el que todavía y pese al avance de las modernidades, se puede encontrar el espíritu serrano visible sobre todo en sus calles, por lo general estrechas y dificultosas para el tránsito rodado. La bienvenida la ofrece, nada más entrar, una fuente de rural encantamiento que da paso a la pomposa calle Real que cruza el lugar de parte a parte. Pero junto a esta advocación de fiel devoción a los fervores monárquicos están otras apelaciones más ajustadas al carácter del pueblo: La Pozuela, Herrería, Carasol, Eruela, La Fuente..., la plaza de la Iglesia, también y, frente al edificio religioso, un nombre sugerente, digno de llamar la atención: calle de La Rochana. Como soy de natural curioso y algo preguntón (cosas del oficio de periodista) espero encontrar un paseante desocupado para preguntarle por el significado de tan peculiar denominación callejera, temiendo, como en efecto sucede, que la respuesta no sea satisfactoria. Y no lo es, porque los vecinos consultados se miran unos a otros, intentando encontrar mutuamente la solución conveniente al dilema, pero solo hay una salida: no lo saben. Siempre se llamó así y así se sigue llamando. La memoria colectiva anda en avanzado proceso de descomposición por estos pueblos que en aras de precipitarse en manos del progreso van perdiendo las señas de identidad y el recuerdo de lo que fueron.

La iglesia, que está aquí, frente a la calle de misterioso nombre, es de muy sencilla arquitectura, a lo que se añade su arriesgada ubicación en el ámbito urbano, en lo más alto del lugar, desde donde se puede contemplar todo el valle del Cabriel y las inmediatas sierras que forman el notable paisaje de este territorio, todo él arbolado.  El edificio religioso, que al cabo termina por ser el único elemento destacado del urbanismo local, está precedido y acompañado de un espacio ajardinado, muy cuidado, como todo el pueblo. Aunque también la iglesia ha sido muy modificada en tiempos modernos, conserva algunos elementos de la primitiva construcción, que parece correspondía al siglo XVI. El mismo arco de medio punto de la puerta de entrada y otro, de carácter triunfal, que divide en dos partes el interior, son de esa época histórica, además de otros pequeños detalles casi inadvertidos.  La entrada se hace por una sencilla portada de arco de medio punto con decoración de bolas. A su lado queda la espadaña que forma por completo el piecero, con una curiosa moldura de escocia en la base y dos ojos de medio punto en lo alto, para recibir las campanas; entre ellos hay una pequeña ventana y una aspillera, que también proclama un origen antiguo.  En el interior, la verdad sea dicha, hay poco que ver, porque nos encontramos ante una iglesia modesta, sin especiales alardes, ni arquitectónicos ni artísticos.

La fuente del lavadero proclama la fecha de su construcción y apertura para el uso público: 30 de noviembre de 1939, año de la Victoria. Hay otra fuente, mucho más moderna, a la entrada del pueblo, conocida como fuente de la Cuesta. Son pequeños detalles, quizá intrascendentes, que marcan el carácter del lugar. Aunque, realmente, lo que más y mejor caracteriza a Campillos Paravientos es la curiosísima fiesta del grillo, que tiene lugar el día del patrón, San Sebastián, 20 de enero. Tras la misa en la parroquia se emprende la romería hasta llegar a un paraje llamado La Mesilla, donde parece que hubo una ermita dedicada al santo. Una vez allí, el cura bendice un mantel blanco con un pan en cada esquina y a continuación sueltan sobre él una respetable cantidad de grillos; y entonces pueden ocurrir varias cosas: si los grillos no saltan es porque el sacerdote tiene poca fe; si saltan, será un buen año de salud, dinero y cosechas. Pero los más viejos del lugar aseguran que siempre los bichos han dado alegremente sus saltos. Lo cual, sin duda, es muy tranquilizador para el cura.

 

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