CON CRISTÓBAL HARA, PASEANDO POR EL MUSEO
Foto: José Luis Muñoz
Es verdad que el nivel expositivo
alcanzado por las salas que en Cuenca se dedican a esa actividad se encuentra
en posiciones más avanzadas y sólidas de lo que pudieron estar en tiempos
pasados. Hay algunos matices a tener en cuenta. Prácticamente todas tienen
carácter público, con una institución oficial que las respalda y que, como es
lógico, asume los gastos derivados de ese mantenimiento. En cambio, han casi
desaparecido las galerías privadas que tuvieron un destacado protagonismo en el
último cuarto del siglo XX, cuyo recuerdo (Toba, Alta, Honda, Pilares) alimenta
la nostalgia de quienes las conocimos y disfrutamos. Como dicen los clásicos
amigos del refranero, los tiempos cambian que es una barbaridad y cosas que
tuvieron vigencia la pierden a las primeras de cambio y pasan a engrosar el
cajón de los recuerdos.
El Museo de Arte Abstracto es una
institución privada desde sus mismos orígenes (imposible no citar a Fernando
Zóbel, figura ejemplar, sobre todo en su dimensión humana) y ese carácter lo
mantiene a través del organismo que ahora lo gestiona, la Fundación March, de
la que cabe decir también que mantiene con relación al Museo y a la ciudad de
Cuenca una actitud tan positiva como meritoria, cosas ambas muy de reconocer,
en tiempos algo convulsos como los que estamos viviendo en no pocos órdenes de
la vida. Estos días se recuerda que ahora mismo, en este día primero de julio,
se cumplen sesenta años desde que abrió sus puertas para dejarnos boquiabiertos
al ver lo que había tras aquella puerta tantos años cerrada mientras se
realizaban las obras de reconstrucción del singular edificio. Lo se y lo puedo
decir, porque yo estaba allí y dos días después escribí el primero de los
cientos de comentarios que desde entonces he dedicado al Museo de Arte
Abstracto Español.
En esas entrañables, casi mágicas paredes,
hay un espacio dedicado a exposiciones permanentes de las que nos han ofrecido
extraordinarios ejemplos y que ahora están dedicadas a una colección
fotográfica excepcional, con la firma de Cristóbal Hara, sin lugar a dudas uno
de los más notables fotógrafos españoles de los últimos años y que en su
destacada biografía puede incluir un pequeño párrafo para señalar su residencia
habitual en un pequeño pueblo de la Alcarria de Cuenca, lo que es como decir
que casi vive aquí mismo, en la capital provincial, donde es fácil encontrarlo
de vez en cuando, con su mochila al hombro y la mirada siempre atenta a lo que
hay a su alrededor, dispuesto siempre a sacar la cámara y captar cualquier
momento instantáneo que le ha llamado la atención.
Premio Nacional de Fotografía en 2022,
Cristóbal Hara cuelga ahora en el Museo una colección retrospectiva de su
trabajo a la que de manera muy significativa ha titulado “Principiante” porque
de eso va, precisamente, de sus inicios en el mundo de la imagen, actividad a
la que llegó de manera inesperada (él suele decir que impresionado por el
conocimiento de la obra de Henri Cartier-Bresson) porque su destino laboral era
otro muy distinto, más prosaico, el de las empresas, y no si más rentable de lo
que le haya podido resultar el de la fotografía. Ahí, en esas paredes, hay una
considerable muestra, 60 fotografías, de las que hizo en los comienzos de su
actividad, todas ellas en un deslumbrante blanco y negro, muy lejos de su
tardía incorporación al color. Hay una serie deliciosa, la de su etapa en el
servicio militar, con imágenes nada marciales de la vida cuartelera y hay otras
de una de las especialidades más reconocidas en la labor de Hara, la de las
fiestas populares, a las que ha dedicado un seguimiento constante y que, entre
otros detalles, nos permite ver un Rocio marismeño mucho más auténtico y
expresivo que el ofrecido, con machacona repetición anual, por las cámaras
televisivas.
Entre esas fotografías están,
naturalmente, las de Cuenca, que nos traen hasta el presente una serie de
imágenes que corresponden a un momento ya inevitablemente perdido y no solo
porque muchas de las personas que aparecen en ellas han dejado de existir, sino
porque las mismas calles, los edificios, los escaparates, las tiendas, ya
tampoco son ni están. Imagino al joven fotógrafo que entonces daba sus primeros
pasos con la inicial cámara que tuviera, muy diferente a los mecanismos
sofisticados que hoy manejamos, dejándose llevar por su propia intuición para
captar ese momento único, el que ofrece un segundo, y en él obtener un instante
de realidad envuelto en una construcción, la del encuadre, que apuntaba ya la
vocación artística de quien paseaba por estas calles, casi todas silenciosas,
la mayoría empedradas, pobladas por unos personajes irrepetibles, que hacen
tertulia en una plazuela o son niños jugando en cualquier rincón. Intuición
para captar el momento y sensibilidad para hacerlo con una mirada crítica, la
de un observador implacable.
Adentrarse en la colección fotográfica de
Cristóbal Hara expuesta en el Museo de Arte Abstracto es un ejercicio de
conocimiento, sobre todo si uno pasea en solitario entre las paredes que
albergan la obra y se deja envolver por esas cálidas imágenes que parecen
cobrar vida, como si realmente estuvieran animadas, tal es la fuerza que se
desprende de esos rostros, tan vivos y expresivos. La experiencia, además,
tiene un componente notable, porque como he dicho antes, todas las fotografías
son en blanco y negro y el fotógrafo ahora lo hace en color, en lo que hace
años supuso un cambio radical en su concepto de la creación artística, ahora
más elaborada y consciente, con la pérdida de aquel toque de espontaneidad que
tenía en sus orígenes de principiante y que con tanta fuerza está de relieve en
esta exposición excelente, de la que solo me queda por decir que estará
disponible todo el verano, hasta los primeros días de octubre, margen
suficiente para que los perezosos dejen atrás la molicie y acudan a pasar un buen
rato contemplando estas excelentes imágenes de una Cuenca que ya no existe.

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