MÁS VALE DEJAR LAS COSAS COMO ESTÁN Y NO TOCAR EL JARDÍN
Me parece algo verdaderamente sorprendente y llamativo que la habitual mansedumbre de la ciudadanía conquense, capaz de soportar con impertérrito estoicismo cualquier desafuero que cometan los poderes públicos haya podido producir una tan intensa movilización popular por una cuestión en apariencia menor, la de salvar la permanencia en su actual estado de un pequeño jardincillo situado en el espacio más céntrico de la población. Sin duda, los promotores de esta operación debieron pensar eso, que como aquí todo viene bien, podría llevarse a cabo esa disparatada intervención y la gente diría tranquilamente amén. Pues resulta que no y en su lugar se ha producido esta maravillosa reacción colectiva que, al menos, debería servir para hacer pensar a quienes habitualmente no lo hacen.
El caso debería merecer la atención de
sociólogos y politólogos que se dedican a analizar el comportamiento de los
seres humanos. Con lo que está cayendo en el mundo y especialmente lo que nos
está acompañando día a día en este disparatado país (no mencionaré casos
concretos: están abrumándonos en periódicos y emisoras), que en una pequeña
ciudad provinciana el problema fundamental planteado tiene que ver con la
amenaza de destrucción que se cierne sobre un, en apariencia, insignificante
jardín interior, es un factor sin duda contradictorio con la preocupación
generalizada a la que parece interesar solo los grandes problemas geopolíticos
o judiciales. La situación me ha recordado lo que pasaba en una emblemática
aldea gala, cuyos caudillos, Astérix y Obélix, eran capaces de poner en jaque
al todopoderoso imperio romano encabezado por Julio César. También aquí, un
tema menor ha puesto en jaque el inmovilismo de las estructuras oficiales. Lo
que quiere decir que no hay que desdeñar las cosas menores, porque en los
comportamientos sociales hay algunas cuestiones, en especial la emotividad, que
los fríos planificadores urbanísticos no tienen en cuenta, pero existen y
tienen su importancia. En este caso lo estamos viendo.
La ciudadanía no ha reaccionado
abruptamente (al menos, por ahora) contra el plan general que aspira a
modificar, una vez más, como ocurre cada veinte años, la esencia de Carretería.
Dejándose llevar por una especie de fatalismo, casi todo el mundo lo asume y
toma fuerzas para adaptarse a los meses de obras que van a poner patas arriba
el pavimento de la calle principal de la ciudad, con la utópica esperanza de
poder devolverle el espíritu que tuvo antaño, sin querer aceptar que los
tiempos y las costumbres han cambiado sustancialmente, aquí y en todas las
ciudades y pueblos de España, de manera que va a ser difícil recuperar lo que
existió, entre otras cosas porque para lograr tal objetivo habría que demoler
varios de los mamotréticos edificios modernos que han sustituido, sin control
municipal alguno, a las construcciones de arquitectura popular que dieron
carácter a la calle. Lo que se va a hacer es lavar la cara y si el resultado es
satisfactorio, bien venido sea.
Pero para conseguir tal propósito no hace
falta poner las manos en el jardín de San Francisco o de la Hispanidad, con un
proyecto que parece hecho con el propósito de fastidiar. Es lo que se puede
deducir de la intención de eliminar la romántica verja que lo rodea y que tanta
personalidad aporta al reducido espacio, como me parece un absoluto disparate
la pretensión de cruzarlo con unos paseos interiores para que el público pueda
caminar por ellos sin tener en cuenta que nada más empezar a recorrerlos ya se
ha llegado al final. Por no hablar de la amenaza que se cierne sobre el
riquísimo aporte vegetal que hay en su interior, con piezas botánicas
excepcionales, como algunos expertos han hecho ver estos días, incluyendo la estimulante presencia de las palmeras de
don Julio Larrañaga, que dan al jardín un exótico toque mediterráneo.
Todo esto ocurre cuando el jardín y el
entorno que lo rodea cumplen cien años, cifra que debería haber animado a los
responsables del Patrimonio a emitir una declaración oficial para proteger el
recinto, con lo cual no se hubiera planteado este problema, pero últimamente
parece haberse cerrado el grifo de tales actuaciones oficiales: hace años que
no se declara en la provincia de Cuenca ningún Bien de Interés Cultural. El
jardín de San Francisco debería ser uno de ellos.
Es comprensible la humana colectiva
reacción tan pronto se ha conocido el proyecto de intervención y antes incluso
de que se inicie todo el procedimiento administrativo que debe dar forma a lo
que se pretende. Las instituciones, en general, y los Ayuntamientos en
concreto, incluyendo el de Cuenca, son muy partidarios de sostenella y no
enmendalla, pero en este caso pienso que debería ofrecerse la reacción
contraria y dejar el jardín en paz, tal como está. Pueden entretenerse entrando
a saco en Carretería e incluso modificando el otro extremo de la calle, la
plaza de la Constitución, otro sitio que ha sufrido ya tantos cambios que los
amantes de fotos antiguas se divierten mucho colocándolas en las redes
sociales, jugando a las adivinanzas para ver a qué década corresponde cada una
de ellas. Todo eso, y más, la ciudadanía parece dispuesta a aceptarlo como algo
inevitable. Eso sí, sin toca el jardín.
Mientras, y por si acaso, yo voy a
invertir los próximos días en recorrer detenidamente el perímetro triangular
(esa es una de sus originalidades) del jardín y observar con toda atención sus
elementos estructurales, para guardarlos en la memoria por si la suerte es
adversa y finalmente hacen lo que no deberían. Ahí está, como factor central
destacado, el monumento a los soldados conquenses muertos en la guerra de
África, una excepcional obra escultórica, más allá de la simbología que
representa y a cuyo lado ahora ondea la bandera nacional. Lo envuelve un
encantador repertorio floral y el magnífico manto vegetal al que ya me he
referido y que es como un pequeño botánico en el centro de la ciudad. Imaginaré
que es navidad y han llegado el portal de Belén, los pastores y los Reyes
Magos, para ofrecer ese toque sentimental, infantiloide si se quiere, que ayuda
a que el asfalto sea menos frío. E imaginaré, poniendo mucha fantasía en juego,
que han pasado los años y el jardín sigue tal cual porque en un rapto de sensatez
han decidido dejarlo como está.
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