CANALEJAS DEL ARROYO, A LA VERA DEL EMBALSE DE BUENDÍA

 


Nunca he ocultado (ni tengo por qué) unos sentimientos especialmente afectuosos hacia los pequeños pueblos que aparecen desperdigados por la Alcarria de Cuenca, envueltos casi todos ellos en una modestia histórica que ahora, en tiempos modernos, se une a otra más dolorosa, la del continuo empequeñecimiento de su población residencial, la permanente, que la otra, la de los fines de semana y fiestas de agosto sí que se mantiene pujante, como sabemos bien. Llegar a esos lugares supone tener que atravesar necesariamente un paisaje que invita al sosiego, nada que ver con la espectacularidad de otros ocupados por montañas portentosas o atrevidos cañones forzados por el ímpetu de aguas desbocadas. Camina uno por aquí, sin prisas, a través de lomas onduladas, cruzando entre campos por donde serpentean pequeños caminos rurales y donde se forman rodales de encinas y robles. La carretera es la nacional 320, en dirección a Guadalajara; poco antes de llegar al embalse de Buendía, un camino a la izquierda nos llevará hacia Canalejas del Arroyo, uno de los pueblos que forma parte de la Hoya del Infantado, esa comarca del norte de la provincia que fue señoreada por una de las familias más ilustres y poderosas que existió en este país

Canalejas del Arroyo se llama así desde el año 1916, cuando la Real Sociedad Geográfica, por encargo del gobierno, decidió ordenar la nomenclatura de todos los lugares del país para evitar repeticiones (había muchas) y a este Canalejas, que hasta entonces se llamaba así, le añadieron lo del arroyo, como le hubieran podido poner cualquier otro apelativo porque, la verdad sea dicha, la corriente de agua en cuestión es un pequeñísimo curso llamado Mierdanchel, afluente del Guadiela, al que vierte sus aguas por la margen izquierda, precisamente en el embalse, esa gran masa de agua cuya construcción tanto afectó a los pueblos que vieron sacrificadas sus tierras esperando unos beneficios que nunca llegaron, más bien se encontraron con el brutal expolio desarrollado al amparo del trasvase Tajo-Segura.

Del paisaje que envuelve el pueblo se puede decir todo lo que se quiera, según las ganas poéticas, geográficas o descriptivas que uno tenga; cosa muy distinta es lo que tiene que ver con la historia, prácticamente inexistente, como si los siglos hubieran pasado como de puntillas, no afectando para nada al lugar, aunque seguro que no fue así, porque las guerras, las calamidades y los problemas acongojan por igual a todos los seres humanos. Pero desde que el pueblo surgió a la vida, formando parte del alfoz de Huete, esos aconteceres inevitables quedaron inmersos en el relato de lo cotidiano, sin mayor trascendencia. Y, sin embargo, hay que recurrir a la imaginación para intentar adivinar o interpretar como en un pueblo tan aparentemente modesto se encuentran detalles de auténtico tronío. Por ejemplo, la iglesia, dedicada a la Asunción de la Virgen, sin duda uno de los templos de mayor volumen de cuantos se pueden encontrar por esta zona, con frecuencia equiparado a una fortaleza, tal es su estructura de potente apariencia, reforzada por una serie de contrafuertes que sostienen sus muros y en la que, sin embargo, como detalle contradictorio, la torre tiene muy poca elevación, con lo que contribuye a esa imagen maciza que ofrece este edificio. Pero si eso es lo que vemos por fuera, no anda a la zaga el contenido interior, donde se acomodan tal cantidad de retablos, casi todos barrocos, que uno puede quedar en suspenso de admiración. Entre ellos hay uno, muy elegante, financiado por un hijo del pueblo, Jacinto de Arana y Cuesta, que fue obispo de Zamora en las primeras décadas del siglo XVIII.

He ido directamente a la iglesia, cruzando las calles del pueblo que descansa acomodado en las laderas de una montaña, por lo que todo el recorrido urbano está ligeramente inclinado, norma que se interrumpe en la Plaza Mayor, bien urbanizada en tiempos modernos, con el Ayuntamiento en un lado y la Casa de los Alarcón en otro. Es esta la edificación más notable de Canalejas del Arroyo donde, por cierto, ha desaparecido cualquier vestigio de arquitectura popular. En cuanto a la residencia señorial, es una de las varias que la familia Alarcón tuvo en distintos pueblos de la provincia, aunque la escasa información histórica no explica por qué arraigaron en este lugar alcarreño, tan lejos del solar tradicional de la familia, en el Alarcón manchego. La casa se construyó en el siglo XVII, tiene dos plantas, con fábrica de sillería, un gran portalón en la planta baja, cinco balcones en la segunda y, por encima, el escudo de armas de la familia. Dicen que en el interior se conservan bellos artesonados y otras decoraciones.

Los Alarcón eran propietarios de un molino y de una pequeña capilla situada a cierta distancia del pueblo, hasta que la última dueña de todo, Florentina Ruiz de Alarcón, se casó y marchó a residir a Almoguer, dejando abandonada la ermita con la consecuencia final de su hundimiento, calamidad que pudo solventar el nuevo propietario, quien con energía y buena voluntad impulsó la restauración del edificio hasta darle el brillante aspecto que hoy tiene. Nuestra Señora de la Envía es el título de esta ermita, que como está lejos del pueblo se presta muy bien a que se haga una cosa que a todo el mundo gusta: ir de romería, una vez al año, el 8 de septiembre, con el jolgorio habitual en estos casos. Otra historia es la de la imagen de la virgen, que también se dio por perdida, dando todos por supuesto que la última Alarcón se la había llevado sin ganas para devolverla hasta que en los trabajos de restauración se encontró en un cuchitril entre muebles viejos y polvo.

No es esta la única ermita de Canalejas del Arroyo, donde hay nada menos que cinco, una de ellas dedicada al patrón, san Mamés, desde cuya ubicación se puede apreciar un espectáculo ciertamente muy atractivo, el de estas amistosas tierras de la Alcarria de Cuenca, en las que aquí y allá duermen sosegadamente pequeños pueblos como este Canalejas del Arroyo que hoy ha ocupado la atención de los lectores de esta página.

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