26 03 2026 LA SEMANA MÁS ESPERADA EN CUENCA
El calendario tiene la costumbre invariable de cumplir a fecha fija sus compromisos. Pase lo que pase, haga frío o calor, vivamos en paz o en un ambiente bélico, se cumple el inexorable ritual que hace que la noche suceda al día, las estaciones cumplan su periodo trimestral, la cita con Hacienda llega cuando se ha fijado y así podríamos seguir hasta el infinito. En este ritual firme e inamovible, la Semana Santa también llega con absoluta puntualidad, cuando toca, con un complemento añadido: la tensa espera con que miles de ciudadanos aguardan el momento. Pues ya está aquí; cuestión de un par de días y el mecanismo se pone en marcha.
Sobre
este proceso se han escrito ya ríos de tinta y me temo que la contenida en este
artículo no va a aportar muchas novedades, aunque es cierto que, como testigo
narrador de acontecimientos cotidianos, me ha tocado vivir la llamativa
evolución de los últimos años hasta llegar a establecer el sistema organizativo
que hoy está en vigor y que, desde luego, es el resultado de mucho trabajo y no
pocos esfuerzos en quienes llevan el peso de la Junta de Cofradías, cuyo
puntilloso cuidado por los detalles es algo digno de meritorio reconocimiento.
Probablemente todos tenemos a la vista alguna de las muchas fotografías tomadas
en las primeras décadas del siglo XX, que nos transmiten una procesión muy
humilde, sin apenas participantes, con un desfile desvaído y escaso interés en
las aceras. La imagen más llamativa es la de las turbas, reducidas a la mínima
expresión, como un complemento escénico del que pocos conquenses se sentían
orgullosos. Lo que va de ahí a hoy es bien simbólico de cómo ha evolucionado la
organización.
Quizá
el aspecto más llamativo es el que se refiere a la participación colectiva no
solo en las procesiones sino en todo el trabajo previo. Estos días hemos podido
ver cómo docenas de hermanos van a las iglesias, cada uno a la suya,
transportando los elementos necesarios para llevar a cabo el montaje de los
pasos, un proceso en el que también hay una gran participación, como yo mismo
he comprobado en más de una ocasión, al colarme en algún templo en tarde de
faena y poder contemplar a gusto las maniobras y oír los comentarios que ilustran
esa actividad. Si hubiera que sintetizar lo ocurrido en la Semana Santa de
Cuenca en estos últimos años, quizá el factor más a destacar sea el de cómo se
ha producido una implicación social muy llamativa, nada que ver con la
minoritaria presencia de antaño. Por cierto, que lo que pasa en la capital se
va extendiendo también a otros muchos pueblos de la provincia, en porfía
amistosa a ver quién lo hace mejor.
Otros
aspectos son igualmente llamativos y que reflejan con nitidez ese avance es el
que tiene que ver con la escenografía. Las procesiones, como algunas voces bien
intencionadas se encargan de repetir, tienen una dimensión interna, espiritual,
quizá no siempre bien perceptible, pero lo que sí está al alcance de todos es
la visión del espectáculo callejero, donde se ha alcanzado una vistosidad
ciertamente muy llamativa, empezando por el cuidado de las imágenes, casi todas
muy bien ensambladas en el conjunto y pasando por la uniformidad de los nazarenos
y el orden en los desfiles, asuntos ambos que hace unos años merecían severas
críticas posteriores en los periódicos y que ahora, con algunos desajustes
puntuales, ha experimentado una notable mejora. El gran teme pendiente es la
cansina, desesperante lentitud de algunas procesiones, que eternizan su
presencia en las calles para desesperación de quienes están en las aceras.
La
Semana Santa de este año tiene una dimensión especial que no se si las
cofradías están teniendo en cuenta a la hora de los preparativos y no es otra
que la angustiosa situación bélica que se vive en una parte muy concreta del
mundo pero que nos afecta a todos. Hay algo contradictorio, algo que chirria,
entre esas bombas, misiles y drones que están machacando países enteros y la
presencia en las calles de muchas ciudades de una figura entrañable y sencilla,
la de Jesús de Nazaret, que vivió su corta existencia difundiendo un mensaje de
paz y tolerancia, precisamente en esas tierras ahora arrasadas. Los cofrades y
nazarenos deberían salir estos días a las calles sintiendo en sus corazones que
esas imágenes que van a transportar a hombros representan un momento histórico
concreto, en los primeros años de nuestra era y que las figuras que
representan, especialmente la de Jesús, tienen que estar muy en desacuerdo con
lo que está sucediendo en Oriente Medio. Quizá esta Semana Santa de Cuenca,
aparte todos sus significados religiosos, sociales y visuales, sirva también
para alimentar la conciencia colectiva de que se está cometiendo un atentado
salvaje e injusto que, lamentablemente, nadie parece estar en condiciones de
parar.
Mañana
es Viernes de Dolores, buen día para iniciar el ritual con la visita a la
ermita de las Angustias. En seguida, la alegre algarabía de los ramos y las
palmas, un día muy divertido y juvenil, si no fuera por los lamentables
episodios vividos en los últimos años y que en este, dicen, van a intentar
controlar; ojalá lo consigan. Y ya, en seguida, todo lo demás, pendiente, como
siempre, de que las bondadosas nubes tengan la amabilidad de dejarnos en paz y
no fastidiar la fiesta. La ciudad se llenará de forasteros, el tráfico será un
caos, encontrar un sitio para comer, una aventura sujeta a la buena fortuna. En
todo ello nos vamos a sumergir con el mejor de los ánimos, dispuestos a
transitar plácidamente la semana, hasta llegar a su culminación el próximo
domingo. Que ustedes lo pasen bien.
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