UN IMPORTANTE CAMBIO EN EL PAISAJE URBANO

Parece inevitable que el primer artículo del año debe referirse precisamente a eso, al comienzo del nuevo ciclo anual, ejercicio periódico que un periodista veterano, como yo, ha practicado ya docenas de veces, casi siempre con un resultado parecido, porque se trata de hacer predicciones más o menos científicas sobre lo que nos espera y tal como va el mundo y la ciudad (urbi et orbi) eso es cada vez más problemático, mejor dicho, es totalmente imprevisible mientras anden sueltos sujetos como Putin y Trump que han decidido hacer de su capa un sayo, para disfrute de sus respectivos grupos de corifeos (observación: ponen el grito en el cielo por lo de Venezuela los mismos que callan ante lo de Ucrania y a la inversa). Los demás, los que no somos más que espectadores atónitos de lo que está sucediendo, los que pensamos que tan deleznable es una cosa como otra (y otras muchas más, claro: estas dos no son las únicas) parece que vivimos en una isla absurda, la de la lógica y la razón, donde no tienen cabida los atropellos internacionales cada vez más a la orden del día

Habrá que dejar el tema, que un articulista provinciano no va a poder remediar, mucho menos corregir, por muy buenas intenciones que quiera desarrollar en sus palabras. Bajemos, pues, del olimpo internacional para acercarnos al escenario más cercano que tenemos al alcance de la mano y de la vista, ese paisaje embellecido estos días por las tímidas nieves, tan esperadas y por ello bienvenidas. Han durado poco, al menos lo suficiente para poder decir que este año sí la hemos visto y nada más empezar enero, sin que se hayan producido daños o molestias más allá de lo razonable y eso a pesar del alarmismo previo desatado por quienes están tan asustados (motivos tienen, desde luego) que en cuanto el cielo estornuda desatan todo tipo de precauciones técnicas y personales, por si las moscas, en aplicación del viejo dicho popular: más vale prevenir que curar.

Superado el trance navideño nos sumergimos en la cotidianeidad y ahí es donde surgen las incógnitas. Sabemos perfectamente cuál es la situación heredada, dónde estábamos hace apenas quince días y cuáles eran las preocupaciones que agobiaban a los ciudadanos, con mayor o menor fuerza, según detecta el termómetro de las redes sociales, que carece de rigor científico, como sabemos, pero que sí es un indicador que sirve para establecer una valoración temática, según el nivel iracundo que alcanzan los comentarios. En estos días, que yo sepa, no se ha solucionado ni una sola de las cuestiones pendientes, lo que significa que las volvemos a encontrar tal cual estaban. El depauperado antiguo mercado se va hundiendo ante los ojos de todos nosotros, ofreciendo una imagen deleznable de ciudad casposa y el mismo camino parece seguir el edificio de los Sindicatos, sin que uno pueda entender qué tipo de inercia (por no decir torpeza) acogota el ánimo de quienes tienen los medios para solucionarlo. Y así tantas cosas pendientes, en espera de una solución efectiva. ¿La traerá el nuevo año?

En el horizonte inmediato lo más notable que se espera es la entrada en funcionamiento de los famosos y tan proclamados remontes que los más optimistas del lugar piensan servirán para solucionar todos los problemas de movilidad hacia el casco antiguo de Cuenca y los más reticentes están convencidos de que va a ser un despilfarro sin utilidad práctica, además de poner en manos del Ayuntamiento un mecanismo que a ver cómo lo gestiona. Lo que sí sabemos es que las obras han producido un daño mortal en el hermoso paraje natural que formaban las laderas de Santa Catalina y San Martín y hay serios motivos para sospechar que eso no se va a poder recuperar, pero como todo, está por ver. Desde luego, está claro que esa instalación va a producir un cambio total en el paisaje urbano que nos ha acompañado en los últimos cincuenta años y lo que sí parece que no tiene remedio es el horroroso mamotreto de hormigón que servirá de entrada al artilugio. Aún no se puede apreciar exactamente cómo va a quedar el sitio una vez que las obras hayan terminado por completo, pero hay serios temores de que se esté preparando un serio golpe, uno más, al siempre delicado e inestable casco antiguo de Cuenca. Cuando uno insinúa esta preocupación recibe siempre la habitual respuesta consoladora que hemos oído en tantas otras ocasiones anteriores: ya verás cómo todo queda bien y no se nota el impacto. Y el oyente puede creerlo o dudarlo. La respuesta, siempre, la tiene el tiempo, y en este caso, ya queda poco.

Otras muchas cosas hay pendientes y habrá que ir desmenuzándolas con paciencia a lo largo de los próximos meses. El 2026 que está arrancando tiene un componente propio: es año preelectoral y en un país como el nuestro eso es un factor condicionante de primer orden porque aquí casi todo lo que se hace va en camino hacia las urnas. Además de entretenernos (o aburrirnos) con lo que va a pasar en varias Comunidades Autónomas, nuestro propio horizonte tiene fecha fija y el calendario ya ha puesto en marcha la cuenta atrás. Al menos, eso está seguro: no parece probable que en los planes de Trump para dominar el mundo se haya incluido este pequeño reducto ibérico. En eso podemos estar tranquilos, creo yo. Porque aquí, petróleo no hay y eso es una garantía de sosiego.

 

Comentarios

  1. Muy bueno tu articulo Jose Luis. Me presento me llamo MIguel y soy conquense y al hilo de esto publique un piost en descubriendo cuenca que lo han capado en los comentarios, porque parece que suscita cierta polemica. Creo yo que en Cuenca la gente es muy quejica, y que independientemente de los colores politicos hay que hacer cosas y moverse, los remontes son para que el casco antiguo sea mas accesible y antes de que se hagan ya hay gente protestando. Cuenca es un remanso de paz iberico como bien dices pero si no se mueve morirá lentamente. UN saludo Jose Luis

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  2. En Toledo se hicieron y los toledanos estan mu contentos

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