LA ABENGÓZAR, UN BONITO RECLAMO TURÍSTICO

 


Todo el mundo (bueno, casi todo, siempre hay algún discrepante) cuenta maravillas del nuevo hospital. Amplio, cómodo, luminoso, bien señalizado, dotado con elementos tecnológicos de última generación y con un personal que, si siempre ha merecido el respeto de los ciudadanos, ahora se ha esforzado un punto más para adaptarse a la nueva situación y que el cambio se haya podido realizar sin especiales molestias. El punto negativo, como casi siempre, viene de los problemas (la verdad, increíbles) del aparcamiento y el catastrófico funcionamiento del servicio de autobús.

No se ha hablado mucho en este tiempo del paraje en que finalmente se ha ubicado la nueva instalación sanitaria y bien merece que se diga algo de él, porque se trata de uno de los espacios más entrañablemente ligados a la ciudad de Cuenca, que con tantas ínfulas urbanísticas se olvida con frecuencia de que alrededor hay un inmenso territorio natural en el que caben muy variados matices. El Terminillo es ese paraje, propiedad de la Diputación Provincial, cita que podría dar lugar a otro comentario más exhaustivo para explicar, con datos y citas históricas, de qué manera tan laboriosa la institución provincial fue laborando, cual hacendosa hormiguita, para hacerse con un enorme patrimonio de suelo, que en tiempos modernos está sirviendo para resolver no pocos problemas de la ciudad. Por ejemplo, este, el del nuevo hospital.

La finca procede, como tantas otras, de la Desamortización decimonónica y fue adquirida inicialmente por Lucas Aguirrre. A comienzos del siglo XX, la Diputación gestionaba con el ministerio de Agricultura la disponibilidad de una finca rústica que pudiera destinarse a montar un campo de experimentación agrícola. Los trámites estaban estancados cuando apareció la intervención salvadora. El presidente Francisco Torralba encontró la oferta generosa del propietario de la finca, el científico Ángel del Campo Cerdán, que proponía la venta en 70.000 pesetas. Dicho y hecho: con una rapidez pasmosa (que sorprende teniendo en cuenta las torpezas burocráticas actuales) en quince días se resolvió el trámite y el 20 de agosto de 1934 se aprobó la compra de la finca, con una superficie de 116 hectáreas de cereales y monte, parte de ella con regadío, que ofrecía inmejorables condiciones para cumplir el objetivo pretendido.

Sobre la llanura en que se extiende el Terminillo, a orillas del río Júcar, zona feraz de huertos, otea como si fuera una atalaya de vigilancia la hermosa torre de La Abengózar, en lo alto de la loma que separa los términos municipales de Cuenca y Villar de Olalla, a 1.090 metros de altura. En la otra vertiente descansa el caserío que también lleva el nombre de La Abengózar, pues este es el topónimo que campa sobre todo el paraje, por más que algunos relatos torpes mencionan otro título absurdo.

La torre de La Abengózar es una de las que formaron la red de telegrafía óptica que se instaló en España a mediados del siglo XIX, con un ramal que cruzaba toda la provincia de Cuenca, para comunicar Madrid con Valencia. El sistema sobrevivió poco, porque en seguida llegó la telegrafía eléctrica y la óptica fue suprimida, pero como extraordinaria muestra de lo que fue, permanecieron en pie las torres que se habían levantado para prestar el servicio. La provincia de Cuenca cuenta con el mayor conjunto de torres de telegrafía óptica del territorio nacional, situadas todas en parajes generalmente en alto y dando lugar a un patrimonio singular con un valor histórico y paisajístico indudable. Son 16 torres en forma de atalaya y una de ellas es esta de La Abengózar que, como la mayoría de sus hermanas, muestra evidentes signos de deterioro, aunque aún se mantiene orgullosamente en pie, como eficaz observatorio de todo el paraje circundante. Como algunos pensamos que estos edificios, aparentemente inútiles, forman parte importantísima del patrimonio industrial y también del paisajístico, años atrás se promovió la oportuna campaña para impulsar su protección, antes de que el implacable paso del tiempo las llevara a todas a la ruina. Fue sensible la administración autonómica, competente en este asunto, y por decisión del Consejo de Gobierno de la Junta de Comunidades, del 14 de julio de 2020, todas las torres fueron declaradas Bien de Interés Cultural con la categoría de Sitio Histórico.

Como complemento de esta benéfica actuación administrativa, se hicieron las oportunas declaraciones oficiales anunciando la puesta en marcha de medidas de protección para impedir que avanzara el deterioro y, por el contrario, proceder a la recuperación de estas atractivas torres para que pudieran seguir cumpliendo su papel de bellísima implantación visual en el paisaje. Parece innecesario decir que no se ha hecho nada de tal promesa y que las torres continúan sometidas a un progresivo deterioro.

A esta de La Abengózar se llega por un camino un tanto abrupto, que se puede hacer andando o en coche y que tiene su origen precisamente por detrás del nuevo Hospital, de modo que en unos pocos minutos, con más o menos esfuerzo, según la naturaleza de cada cual, se puede llegar a lo alto de la loma y allí mismo, junto a la torre, contemplar el inmenso paisaje que se extiende a los pies de la ciudad de Cuenca. Imagino que es fácil adivinar cuál es la intención final de este comentario: el Ayuntamiento de Cuenca tiene recursos suficientes, propios o recibidos de otras instituciones, nacionales o europeas para, con una discreta inversión, arreglar el camino y ponerlo en condiciones para un uso cómodo, reparar igualmente la torre (sobre todo para impedir que avance el deterioro), limpiar y adecentar la zona y habilitar un pequeño mirador para facilitar la contemplación del paisaje. Todo ello, insisto, con muy poco dinero podría conseguir un resultado espectacular que vendría a completar con otros fines el importante regalo que, en forma de hospital, hemos recibido.

Y de esa forma se abriría otro circuito turístico con el que completar los ya existentes en las hoces y en la subida al Cerro del Socorro.

 

 

 

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