07 01 2021 DE NIEVES, CAVA Y ROSCÓN

 


     A uno, el firmante de estas palabras, articulista de toda la vida, le gustaría ser siempre original, atrevido, buceador de universos ignotos en los que pudieran encontrarse atrevidos misterios que con estas palabras pudieran quedar descubiertos a la curiosidad del público lector, pero la búsqueda de ese difícil territorio choca en ocasiones como ésta con la cruda realidad de un tiempo concreto y unas circunstancias determinadas de las que resulta imposible escapar. Solo queda desear que pase de una vez esta especie de paréntesis festivo que se nos cuela cada año en el calendario para interrumpir el normal devenir de los acontecimientos y eso que este año hemos contado con la impagable ayuda de la operación vacuna anti coronavirus que ha permitido escenificar un nuevo sainete, de los muchos que ya van y que debería provocar el jolgorio colectivo si no fuera porque el asunto es tan serio y dramático que no quedan muchas ganas de reír. Y eso a pesar de los repetidos esfuerzos que hace la presidenta de la Comunidad de Madrid con sus repetidas payasadas y estrambóticas salidas de tono.

     En nuestra ayuda han venido las nieves, abundantes en la Serranía, como es cosa natural y apropiada y leves en la capital provincial, donde apenas si hubo suficiente para cubrir el Cerro del Socorro y los tejados de los barrios que tienen ese tipo de cubierta, además de los parques y jardines, ofreciendo así el amable pretexto para que los niños (y sus papás) acudieran a experimentar el entretenido juego de hacer bolas heladas y tirárselas al vecino más próximo. Son cosas que pueden sobrevivir, quizá en decadencia, pese a la tecnología que todo lo invade. El leve argumento níveo ha dado lugar a que se repita por doquier eso de año de nieves, año de bienes, no se si por convencimiento o como íntimo deseo de que, por una vía o por otra, lo que está llegando pueda desterrar a lo que se fue, trayéndonos bonanza donde hubo tantas calamidades. El transcurso de los días nos dirá si hay alguna posibilidad de que el refrán se transforme en realidades.

     Gracias a la presencia del elemento nevado, las Navidades han respondido parcialmente a lo que de ellas se espera. En cambio, otras cosas han desaparecido del repertorio habitual de estos días. Me ha sorprendido de manera extraordinaria (quizá otras personas también lo hayan percibido) la total ausencia de anuncios de cava en las cadenas televisivas, donde otros años competían, sobre algunas marcas muy conocidas, por convencernos de las bondades de sus espumas. Este año, ni una, si quiera aquella famosa que nos sorprendía siempre con sus espectaculares (y carísimos) anuncios. Por un motivo que me resulta incomprensible, todas, como de colectivo acuerdo, han renunciado a hacer publicidad de sus productos, como dando por supuesto que no hay nada por lo que brindar. La cosa, en verdad, me ha parecido muy sorprendente.

     Casi tanto como la acción contraria, por parte de todas las grandes superficies, anunciando a bombo y platillo sus propios roscones de reyes elaborados de manera industrial, pretendiendo así competir con la autenticidad encantadora y bien sabrosa de las pastelerías artesanales, expertas en elaborar este tipo de productos. Supongo que, como ocurre en todo, habrán podido convencer a muchos consumidores, pero esa es una cuestión que se va repitiendo a todos los niveles. Creo, y confío, en que, sin embargo, continuaremos siendo muchos los que preferimos el valor de lo auténtico y bien hecho por encima de la producción en masa. Alguna ventaja, pienso, debe tener el vivir en sitios pequeños, con casi todo al alcance de la mano.

 

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