28 01 2017 NUBARRONES SOBRE LA SEMANA DE MÚSICA RELIGIOSA



Nubarrones sobre la Semana de Música Religiosa

Desde hace 56 años, la Semana de Música Religiosa viene siendo uno de los pilares esenciales en que se apoya no sólo la actividad cultural de esta ciudad sino también una íntima característica definitoria de lo que es Cuenca, como lo confirma el hecho, cierto y constatable, de que personas que jamás han pisado un concierto proclaman su beneficiosa presencia y la recomiendan calurosamente a conocidos y visitantes. La fortaleza de esta actividad ha sido suficiente para poder salir incólume de cambios políticos y crisis económicas, situaciones críticas en las que nunca se puso en duda su continuidad. A estas alturas, pasado ya el medio siglo de vida, creo que nadie discute la necesidad, conveniencia y utilidad de que siga existiendo la Semana de Música Religiosa de Cuenca.
      Llegados a este punto parece conveniente aportar una nota personal, para que nadie se pueda llamar a engaño, pues es un dato que no debe ocultarse para que todo sea diáfano. Durante 14 años fui el director del Teatro-Auditorio de Cuenca y en cinco de ellos ejercí, además, la función de gerente de la Semana, en un momento que resultó ser especialmente brillante y no tanto por mis méritos (que alguno debió haber) sino por la excelente labor desarrollada por quien era el director artístico, Antonio Moral. Aquello pasó, porque la vida (y la actividad pública) se estructura a partir de momentos que se van sucediendo unos a otros, pues nada es eterno y sí todo contingente.
      Vive ahora la Semana de Música Religiosa otro tiempo de transición y eso, que debería ser algo normal, desarrollado pacíficamente, como en tantas otras ocasiones anteriores, parece estar derivando hacia situaciones traumáticas que, en su confusa difusión, están empezando a crear un estado de alarma generalizada, en la que se mezclan hechos reales con otros supuestos o inventados sin que falten los timoratos que advierten ya de consecuencias dramáticas que pudieran llegar nada menos que a la desaparición de la Semana y al embargo de todos sus bienes, si es que alguno tiene.
       Hay una obviedad que, sin duda, no necesita discusión: todo ser humano está en su perfecto derecho de reclamar lo que cree se le debe y, si no se le acepta a la primera, tiene igualmente la plena libertad de acudir a los tribunales, faltaría más. En nuestro feliz sistema, los derechos individuales merecen y tienen un respeto absoluto. Otra cosa es que, por una discrepancia personal, que también puede llamarse cabreo, o incluso por la coincidencia agrupada de varias de ellas, pueda ponerse en cuestión una institución sólida y solvente, perfectamente arraigada en la sociedad y cuya trayectoria a lo largo de medio siglo no ha despertado hasta ahora duda alguna.
       A esta situación alarmista está contribuyendo, como viene ocurriendo últimamente, el disparatado uso de las llamadas, no se por qué, redes sociales, capaces de contener y multiplicar cualquier tipo de infundio, y no son tampoco menores los pecados de los medios digitales, en los que no tienen valor alguno viejos principios de la profesión periodística como la veracidad, el contraste de las fuentes utilizadas y la confirmación rigurosa de lo que se cuenta. Aquí todo vale: la mentira, el insulto, la distorsión, la calumnia. Supongo yo también, como tantos otros articulistas, que algún día se podrá poner coto a este desmán generalizado en el que a río revuelto, ganancia de pescadores.
       Hecho en falta, en todo este lío, una respuesta activa de las instituciones implicadas en el mantenimiento de la Semana de Música Religiosa, que son todas y que, en este caso, a diferencia de lo que sucede en otros, parecen ser coincidentes en sostener y potenciar el gran festival musical centrado en Cuenca. Probablemente sus responsables están algo desconcertados por lo que está pasando y, sobre todo, por lo que se dice y corre por ahí. Reaccionen y salgan a la palestra para poner las cosas en su punto. Incluido el obispado, que también anda envuelto en el lío y al que se atribuye, nada menos, la intención de prohibir conciertos de música religiosa en las iglesias, incluida la catedral. Estoy seguro de que semejante disparate no se le ha podido ocurrir a ninguna mente sensata pero basta que corra por las redes para que muchos lo den por cierto.
       La Semana de Música Religiosa vivirá este año su edición número 56. Se vivirá, sin duda, la viviremos, y también otras cincuenta más.

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