20 11 2016 EL ÚLTIMO CACHARRO DEL MAESTRO ALFARERO




El último cacharro del maestro alfarero

Asisto, estupefacto, a la bizantina discusión sobre si son galgos o podencos, singular forma de entretener el tiempo a que se dedican los políticos de aquí, convencidos, imagino, que de esa manera obtienen simpatías populares y sin caer en la cuenta, pienso yo, que realmente lo que están provocando es el hastío generalizado de la ciudadanía. No es solo que esas discusiones banales y superficiales son totalmente estériles, sino que con ellas lo único que se consigue es que el tiempo vaya pasando sin misericordia alguna, implacable, o sea, perdiéndose.
      Pedro Mercedes murió en febrero de 2008. El año anterior había surgido la primera noticia del proyecto, impulsado desde las instituciones, la regional y la municipal, de transformar el viejo y ya cerrado horno alfarero en un museo que fuera a la vez exposición y taller experimental para los más jóvenes. No mencionaré aquí los nombres de quienes, una y otra vez, han anunciado triunfalmente, foto incluida (faltaría más) la puesta en marcha de ese proyecto, con cargo a tal o cual presupuesto que a la hora de la verdad se ha ido esfumando sin dejar disponible ni un solo euro para aplicar en este caso y sin explicar (porque esas cosas nunca se explican) a dónde han ido a parar los dineros previstos para hacer la obra. Con lo que llegamos al último episodio conocido, el de ahora mismo, en que la papeleta se quiere endosar al Consorcio de la Ciudad de Cuenca, panacea a la que se acude en remedio de todas las penurias que nos acechan y donde sí parece que hay fondos disponibles pero, miren por dónde, no todos están de acuerdo en cómo se pueden utilizar, o sea, por los pruritos y suspicacias que andan siempre a la vuelta de la esquina, mientras unos y otros proclaman la importancia de ponerse de acuerdo, colaborar y poner siempre por delante el bien común.
       La foto que ilustra este comentario fue tomada por José Luis Pinós el 27 de diciembre de 1987, el día en que Pedro Mercedes apagó definitivamente su tradicional horno de alfarero, tomando en sus manos, para enseñárnosla, la última pieza que salió de aquel fuego creativo. Ese día pudimos recibir del maestro la definitiva lección sobre la naturaleza del barro, la ductilidad de la materia blanda transformada en duro recipiente, la bondad del trazo, los misterios de las líneas raspadas sobre la superficie alisada, el sentimiento que le producía cada una de las piezas tan delicadamente, tan imaginativamente elaboradas. No había amargura en sus palabras al tener que dejar los rescoldos apagarse para nunca más volver a encender la llama purificadora que durante tantos años le había servido para dar a luz millares de cacharros (la palabra que Pedro siempre empleaba para referirse a lo que otros considerábamos obras de arte).
       Lo visité en su casa-alfar, por última vez, unos meses antes de morir, cuando yo preparaba la exposición pública de las placas del mercado municipal, esas que nunca llegaron a estar colocadas en su sitio previsto y que el propio alfarero casi había olvidado, pero de una manera instantánea, con aquella considerable viveza que animaban en él la voz y la mirada, recuperó la memoria y trajo al presente aquel episodio adormilado. Ya no pudo venir a la inauguración de la muestra, como tampoco pudo recibir en persona el título de académico de honor, que le llevamos al hospital.
       Puedo asegurar, porque lo oí directamente de sus labios en repetidas ocasiones, que la promesa recibida de que su alfar sería mantenido como ejemplo a mostrar a las futuras generaciones, fueran jóvenes estudiantes o turistas curiosos, animaba sobremanera el tramo final de la vida de Pedro Mercedes, sin imaginar, por supuesto, que sobre tal proyecto caerían de inmediato los amargos avatares que ya van formando parte de la naturaleza de las cosas en esta ciudad. Ya se que las comparaciones son odiosas, sobre todo porque molestan, pero son incontables las ciudades que mantienen abiertas las viviendas en que tuvieron morada personas destacadas en la vida del lugar: Unamuno en Salamanca, Alberti en El Puerto de Santa María, Blasco Ibáñez en Valencia, Falla en Granada… hasta cientos de ejemplos. En Cuenca se ha dejado arruinar, sin piedad alguna, el hocino de Federico Muelas y se permitió, también con indiferencia total, transformar la casa y jardín de Julio Larrañaga en bloque de pisos; menos mal que las palmeras fueron trasplantadas al jardinillo de la Plaza de la Hispanidad. No debería pasar mucho más tiempo para recuperar la casa-alfar de Pedro Mercedes. Antes de que se arruine y la cosa ya no tenga remedio.


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