18 12 2016 EL TÍMIDO LAMENTO DE LA MOZA DEL CÁNTARO




El tímido lamento de la moza del cántaro 

No es solo que vivimos en un mundo material o materialista, sino que las cosas, la mayoría de las cosas, existen o se fabrican porque poseen una cierta utilidad, se aplican en la vida cotidiana para resolver alguna necesidad humana. Es muy triste ver cómo un tren pasa dejando al lado estaciones vacías, en las que nunca hay ningún pasajero y tampoco nadie muestra necesidad de bajar en ellas. Aunque alguien me dirá que más triste es entrar en un cine y encontrar que en la sala, con suerte, apenas si hay un par de personas. Y así podríamos seguir enhebrando ejemplos suficientes hasta agotar el espacio señalado para este artículo. Como encontrar una fuente sin agua, un surtidor que no mana.
        No todo es materialismo utilitario. Existen la belleza, el arte, los adornos, los detalles que hacen más amables los ámbitos urbanos. Una escultura, por ejemplo. No hay muchas distribuidas en las calles de Cuenca, que ha sido siempre una ciudad alérgica a este tipo de dotaciones urbanas pero alguna podemos encontrar, resistiendo con elegancia la poca atención que suelen prestarle los paseantes que, además, suelen preguntarse qué es o qué representa el símbolo situado en este o aquel rincón, porque ninguna está identificada con un letrerito ad hoc. Una de esas esculturas, además de ser muy hermosa como obra de arte, está dotada de una funcionalidad práctica que no cumple. Porque la escultura de la doncella de la plaza de San Nicolás es una aguadora que sostiene un cántaro de cuyo extremo, a través de un pitorro, debería manar el agua para caer sobre un pilón a sus pies. Pero no hay agua, la fuente está seca, el cántaro no vierte. Y eso también es algo muy triste.
       La plaza o plazuela de San Nicolás es una de las más encantadoras de las que existen en el repertorio del casco antiguo de Cuenca, capaz de conservar su belleza natural a pesar de la desdichada intervención urbanística que hace unos años alteró su disposición. Está cerrada por tres de sus lados mientras que el cuarto, a poniente, da a la calle Pilares mediante una barandilla y una escalera. En otro de sus lados, el que se orienta hacia la calle de San Pedro, se abre el Arco de San Nicolás bajo un edificio de viviendas conocido como Casa de Santaella en el que, se dice, vivió el escultor Jamete. Aquí también se encuentra la gran casona de los Cerdán de Landa (hoy Casa Museo Zavala, cerrada a cal y canto), la iglesia de San Nicolás (tan cerrada como la anterior) y la encantadora escultura de la moza de cántaro, obra de Leonardo Martínez Bueno en piedra caliza. Hasta aquí no se filtra apenas el alboroto generado por el tráfico, que amarga el paseo por la cercana calle de San Pedro. Un abeto y un olivo forman el mínimo aporte vegetal del recinto, sin duda uno de los que posee mayor contenido romántico, por no decir melancólico, de cuantos integran el recorrido urbano por las calles antiguas de Cuenca. La fuente, de inspiración absolutamente moderna, quedó instalada en ese lugar en la Semana Santa de 1952 y la hemos visto manar agua, o sea, que puede hacer tal cosa y si no lo hace es porque quien puede facilitarlo está descuidando sus obligaciones.
       Leonardo Martínez Bueno (1915-1977) fue uno de los grandes escultores españoles del siglo XX, en el que acertó a abrir un importante hueco a la modernidad, como evolución natural del clasicismo que había imperado en las generaciones anteriores. Eso explica que sus pasos para la Semana Santa local no despertaran inicialmente el entusiasmo de los cofrades, más amigos de las líneas barrocas y angustiadas de Marco Pérez, pero creo que aquellas primeras impresiones ya fueron superadas y hoy las cuatro hermandades que llevan imágenes del escultor están muy a gusto con ellas, conscientes, creo, de que aportan un estilo modernista y renovador a la estructura procesional.
       A la moza del cántaro de la plaza de San Nicolás le gustaría que por el pitorrillo manara agua. Estoy convencido de que lo desea, estoy seguro de habérselo oído decir, como en un susurro, mientras daba vueltas alrededor de ella buscando sus perfiles fotográficos. Claro que también las mujeres que suben cada lunes a ver a San Nicolás quisieran encontrarlo dentro de su iglesia, años ya cerrada a cal y canto por unas obras que nunca terminan, lo que ha obligado a la imagen a recibir refugio provisional en San Pedro. Estoy también seguro de que San Nicolás quiere volver a su iglesia, también he percibido ese rumor filtrándose a través de las ranuras de la puerta.
       Qué duros son los oídos de los seres humanos, insensibles a los lamentos de las estatuas.

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