04 11 2017 LA AUTOVÍA QUE NADIE QUIERE VER




La autovía que nadie quiere ver

Lo normal, lo habitual, es que todo el mundo quiera mejorar, conseguir la realización de obras que ayuden a superar la situación inicial, carreteras, puentes, ferrocarril, un aeropuerto, si es posible. Los poderes públicos, conscientes de que a eso aspiran tanto los individuos particulares, como los colectivos sociales y, por supuesto, los ayuntamientos, llevan siempre en sus carteras las promesas necesarias que ayudan a mantener, siquiera sea momentáneamente, la esperanza en que alguno de esos señuelos podría llegar a ser realidad en un indefinido tiempo futuro.
        Lo insólito es que se produzca lo contrario, o sea, la renuncia voluntaria a querer disfrutar de alguna de esas bondades, tan apetecibles por regla general. Parece que eso es lo que transmiten no se si todos, pero al menos algunos de los pueblos implicados en el complicado trayecto de la carretera que enlaza Cuenca con Teruel y que llevan años, una década ya, esperando la hora feliz de que se construya un autovía cómoda y rápida que, por cierto, se viene prometiendo de manera repetida. Ya no la quieren. Se conforman con que les arreglen un poco la actual carretera para que todo siga más o menos como está.
         La carretera es la N-420 que discurre por un trazado ciertamente complicado entre Carboneras de Guadazaón y el Rincón de Ademuz, en la parte que toca a nuestra provincia, atravesando uno de los más hermosos y espectaculares parajes de la Serranía. Cuando surgió la idea de hacer una autovía, en aquellos tiempos felices de alegrías temerarias antes de la crisis, el proyecto inicial seguía el mismo trazado ya existente, con una obra que obligaría a intervenir de manera muy agresiva en ese delicado paisaje, lo que, como es natural, encontró la firme oposición de todos los estudios medioambientales y de esa forma el asunto quedó aparcado. La alternativa se dirigió entonces a buscar un recorrido diferente que pudiera obviar el insalvable obstáculo de los hermosos cañones que forma el río Cabriel en esa zona, incluyendo Las Corbeteras. Y aquí es donde ha surgido el problema, porque ese otro trazado, por parajes diferentes, se aleja de los pueblos que están vinculados a la carretera y que de ninguna manera quieren perder la cercanía del asfalto que, incluso, en algunos casos, pasa por el mismo interior de las poblaciones.
        Curiosa disyuntiva y lógica, además, sobre todo en unos momentos en que todos nos estamos sensibilizando de manera muy acusada por el serio problema de la despoblación de amplias comarcas de la provincia, entre ellas precisamente la que se ve afectada por este caso. Con razón, los pueblos implicados temen quedar aún más aislados, con menos recursos para defenderse de la amenaza demográfica que se cierne sobre ellos. Con un arreglo de la carretera para suavizar algunos tramos y hacerla más segura, se conforman.
         Sin embargo, el objetivo de una autovía, como de un tren de alta velocidad, es facilitar la comunicación entre los dos puntos extremos, no satisfacer necesidades intermedias. Menos mal que, en este caso, la relación entre Cuenca y Teruel es tan escasa, que seguramente nadie va a protestar en un sitio ni en el otro, exigiendo a toda costa la construcción de esa obras. Eso juega a favor de los pueblos, como también lo hace las pocas ganas que el Estado tiene de invertir unos cuantos millones de euros en una infraestructura a la que, desde luego, se le ve poca utilidad y menos rentabilidad. Con lo que, entre unas cosas y otras, seguramente nos podemos ir despidiendo de ver en unas cuantas décadas la famosa y tantas veces postergada autovía.

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